Obama, Silicon Valley y el futuro de EE UU

“Somos el país que puso el automóvil en los garajes, y los ordenadores en las oficinas; el país de Edison y los hermanos Wright; de Google y Facebook. En Estados Unidos la innovación no solo cambia nuestra forma de vida, es la forma en la que nos ganamos la vida”.

El que habla es Obama, ante el Congreso, en el último discurso del Estado de la Unión en enero pasado. Once menciones de la palabra “innovación” en la alocución más solemne del año.

No es fortuito; mucho menos fútil.

El jueves, el presidente tomó rumbo al oeste para una reunión con algunos de los innovadores más importantes de Estados Unidos. Una reunión inusual: un jefe de Estado, empresarios  —que en rangos de edades iban de los 26 hasta pasados los 60—, y una cena en un domicilio privado. ¿En el menú? Cómo escribir el próximo capítulo de éxito en la historia de la innovación estadounidense; cómo relanzar al país en una época en la que la fórmula investigación, desarrollo y creación de conocimiento se vuelve en la moneda de cambio universal; la fórmula, la única quizá, para impulsar el verdadero desarrollo económico.

Merece resaltar la visita de Obama a Silicon Valley por dos razones. Por la creciente importancia que tiene la región en la ecuación política y electoral —uno de los principales sectores de financiación de campañas— y, mucho más importante, por la relevancia que cobra la innovación en el desarrollo estratégico de largo plazo del país.

Obama lo entiende mejor que nadie. Entiende la importancia de invertir ahora para cosechar en el futuro; entiende que el país no podría obtener mejor ventaja comparativa que desarrollar hoy las tecnologías que mañana van hacer funcionar al mundo; y entiende también que el Estado juega un papel fundamental como facilitador de las condiciones que crean ese fermento —un aspecto fundamental que pocos entienden en el clima políticamente cargado que vive el país—.

Desde leyendas vivientes como Steve Jobs y Larry Ellison (Apple y Oracle) hasta nuevas incorporaciones como Mark Zuckerberg y Dick Costello (Facebook y Twitter), estuvieron en la cena con Obama. En el encuentro se habló del papel de las tecnologías de las información en el desarrollo del siglo XXI, del impacto de las redes en la política exterior y los movimientos civiles y sobre la importancia de que el Gobierno no posponga decisiones críticas para el país —la reforma del sistema de inmigración para seguir atrayendo a las mentes más brillantes, por ejemplo—.

Aunque formó parte fundamental del programa político de la campaña de 2008, la innovación no ha sido central hasta ahora en la agenda política de la Administración. Las malas condiciones económicas y la pila de problemas heredados del gobierno anterior han impedido implementar las propuestas con la decisión necesaria.

Y eso, en parte, es lo que Obama se propone corregir.

El objetivo más inmediato de la reunión es asegurar la lealtad de la comunidad científico-tecnológica en anticipación de la reelección el año que viene —este grupo fue el primero que se sumó sin reservas a la candidatura en 2007, su apoyo fue crítico para derrotar a su rival de partido, la entonces senadora Hillary Clinton—. Obtener su apoyo financiero y asegurarle que sus preocupaciones siguen siendo parte de su agenda —de manera más general, Obama ha hecho un esfuerzo importante recientemente para fortalecer los lazos con la comunidad empresarial del país—.

El objetivo más amplio, y aquí me aventuro y hago algunas conjeturas con informaciones que circulan en estos días en algunos think tanks en Washington, es sentar las bases del segundo mandato. Con la economía estabilizada, los asuntos más urgentes abordados y sin el corsé que impone una campaña de reelección, el tema central de un segundo Gobierno bien podría ser lanzar la agenda de innovación tecnológica más radical de la historia. Convertir el tema en un asunto de Estado y poner al Gobierno al servicio de la transformación de las instituciones y el sistema productivo.

Fotografía: © Pete Souza/White House