EE UU: el actor minoritario de más peso

El debate sobre el nuevo papel de Estados Unidos en el orden internacional continúa —quizá el tema más relevante que se discute en estos momentos para el futuro de la política internacional—. Lo comenzó Paul Kennedy a finales del año pasado, le siguieron Fareed Zakaria y Joseph Nye en una serie de intercambios, y ahora, la Brookings Institution, que presentó ayer en Washington su última publicaciónLargest Minority Shareholder in Global Order LLC: The Changing Balance of Influence and U.S. Strategy”.

Las posiciones, de manera muy resumida, se dividen así. Paul Kennedy: Lo que atestiguamos es la vuelta a la normalidad, la anomalía había sido el dominio descomunal que alcanzó el país durante la segunda mitad del siglo XX; Fareed Zakaria: el que más se alarma por la perdida de centralidad; Joseph Nye: Estados Unidos, con pequeñas diferencias, sigue y seguirá al frente; Bruce Jones de la Brookings: lo que está cambiando no es el poder de Estados Unidos, sino la forma y los contextos en los que se ejerce.

Así, con esta mezcla de argumentos y posturas, se perfila la difícil tarea de intentar descifrar hacía dónde se dirige el enorme capital —político y económico— que sigue teniendo Estados Unidos.

La bipolaridad de la segunda mitad del siglo XX, sin ninguna duda, se ha ido; la marcada unipolaridad del cambio de siglo, también; así que, ¿dónde nos encontramos? ¿En el sistema multipolar soñado por Jaques Chirac y otros despistados? No exactamente.

Jones lo enmarca mejor: lo que estamos atestiguando es el paso de la hegemonía estadounidense —especialmente en los asuntos políticos— y el surgimiento de un rol en el que simultáneamente se convierte en el actor minoritario de más peso. Un matiz importante que cambia el rol de las potencias y apunta hacia una nueva manera de balancear el poder.

Y aquí viene la parte realmente novedosa e interesante. Las potencias emergentes —China, Brasil, India, Turquía a su manera—, ¿presentan un reto directo o indirecto al dominio estadounidense? No. Por el contrario, cooperan de manera cercana en diversos ámbitos —de la financiación de la deuda por parte de China al intenso intercambio científico con Brasil—.

Si miramos cuidadosamente el estado de la política internacional en la última década descubriremos que los países que importan hoy en día tienen una característica en común. Trabajan en sintonía con Estados Unidos; cooperan; se involucran. No tienen dudas, en otras palabras, de que está en su interés propio hacerlo. ¿Quiere decir esto que coinciden en todos los temas y no tienen desacuerdos? Por supuesto que no. Pero tienen claro que sus intereses estratégicos de largo plazo se alinean con el éxito de Estados Unidos.

La lucha que estamos viendo, entonces, no es un pulso directo por la hegemonía; es una disputa por influir en un sistema en el que se da por descontado el liderazgo estadounidense. Y es justamente allí donde, paradójicamente, Estados Unidos pierde influencia —más no poder—. Sobre todo para conseguir determinados objetivos políticos y tomar decisiones unilaterales que afecten al conjunto del sistema. Cuando la disputa por el poder no es vis a vis, cambian drásticamente las herramientas con las que se ejerce.

Cuenta menos, por ejemplo, el poder militar, el dominio económico y los recursos naturales. Cuenta más, por el contrario, la adaptabilidad interna de los países, su capacidad de innovación y su habilidad para actuar en coordinación en un sistema global más amplio del cual necesariamente dependen.

Lo que hemos visto hasta ahora es sólo el comienzo de esa reconfiguración. La política de Estados Unidos ante las revueltas en Egipto, o ahora en Libia, son sobretodo reflejo de esta posición más acotada, de la exigencia que le impone el propio sistema de demarcar mejor sus intereses y elegir.

Queda constatado, pues, el declive de la hegemonía estadounidense; queda establecido, también, el surgimiento del orden apuntalado y que funciona gracias a…Estados Unidos.

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