La batalla del presupuesto

En el último minuto. Literalmente. El acuerdo alcanzado a la enésima hora el viernes por la noche entre los líderes del Partido Demócrata y Republicano en el Congreso evitó, por ahora, el cierre del gobierno.

Si en política existen thrillers que tienen al espectador en el filo de la butaca hasta la última escena, que sólo permiten volver a normalizar el aliento hasta aparecidos los créditos, la negociación para aprobar el presupuesto federal ha sido uno de ellos.

Dentro de la enorme complejidad de la negociación y aprobación de un presupuesto de estas dimensiones (3,7 billones de dólares), lo sucedido en el Congreso en las últimas semanas tiene otro componente más fácil de comprender y que en muchos sentidos apunta no sólo hacia las disfunciones del sistema político pero, sobre todo, al extremo que ha alcanzado la ideologización de los partidos.

Por un lado, lo sucedido es una consecuencia directa del triunfo electoral Republicano en noviembre pasado. Con cómoda mayoría en la Cámara de Representantes y control de muchos de los comités encargados de establecer la agenda y los plazos en las negociaciones, la primera gran oportunidad de los Republicanos de hacer sentir su poder era la discusión del presupuesto. Por otro, la ocasión era la idónea para hacer gala del único tema que hoy defiende el partido: la reducción del tamaño del Gobierno —en todas sus manifestaciones: ingresos, programas, competencias—.

Así, para el líder de los Representantes, John Boehner, la apuesta era clara: exigir drásticas rebajas en el presupuesto de la Casa Blanca y chantajear a Obama con el fantasma del cierre del Gobierno hasta conseguirlas —en el camino, incluso, manteniendo rehén la marcha del Gobierno con temas como el apoyo federal a la salud reproductiva de las mujeres y los programas que investigan el calentamiento global—.

Del lado Demócrata la ecuación es un poco más compleja. La mayoría en el Senado y los representantes en la Cámara en principio están con Obama. Sin embargo, existen fisuras: sobre todo por parte de un grupo conocido como Blue Dogs —conservadores fiscales—. Aunque Obama ha sido un líder efectivo en muchos ámbitos, el manejo de su partido no ha sido su carta más fuerte, y se nota. Su manera de encarar negociaciones, de subir o bajar apuestas —por lo general baja, rara vez sube—, de dar pasos pequeños que no terminan de delinear por completo el marco amplio del programa político que lo haría el líder transformador que ambiciona ser.

Las negociaciones se llevaron hasta el límite y el acuerdo alcanzado el viernes sólo garantizó que el Gobierno tuviera recursos para seguir operando unas semanas más. Pero ni la batalla del presupuesto ha concluido ni tampoco el fantasma del cierre del Gobierno se ha disipado. En total y sólo por ahora, 38.500 millones en recortes que trasquilan y dejan tocados importantes programas de la Administración.

El lunes, en una durísima columna titulada “The President Is Missing”, Paul Krugman, cuestiona el liderazgo de Obama y pone en duda su capacidad de negociación. “Quizá el acuerdo, en el que los Republicanos terminaron consiguiendo más de lo que comenzaron pidiendo, es lo mejor que se podía conseguir. Pero, desde mi perspectiva, parece que el presidente comienza negociando con él mismo, haciendo concesiones preventivas que después llevan a rondas subsecuentes de negociación que se saldan con más concesiones a las posiciones Republicanas”.

Para Krugman —como lo viene advirtiendo desde las primarias de 2008— el problema es el estilo de negociación de algunos Demócratas. Tímido, poco realista,  incapaz de ocupar el espacio político del rival, siempre a la saga discursiva.

Por ahora Obama ha intentado tomar cierta distancia de los detalles del debate y posicionarse por encima de ambos bandos; de ejercer como una figura capaz de trascender las líneas ideológicas en Washington; y de implantar un estilo que termine por diluir el bipartidismo rancio de siempre.

Es una apuesta loable y osada. Es una apuesta, también, que debido a la rudeza del rival se tiñe de un aire de ingenuidad y podría terminar sepultando al presidente. Quizá, en el fondo, es sólo una parte de una estrategia más amplia. Por ahora, sólo Obama y su círculo más íntimo lo saben.