Las lecciones de periodismo de David Leonhardt

El fallo de los premios Pulitzer el lunes brinda una excelente ocasión para hablar de uno de los periodistas galardonados por el que tengo una admiración especial.

En realidad, mucho más que periodista, se trata de un matemático experto en política económica que ha decidido usar el periodismo como vehículo de discusión de los temas e ideas económicas más importantes del momento. Su trabajo define perfectamente el tipo de contenidos por los que los diarios inteligentes y con visión de futuro deberán apostar si no quieren que las nuevas tecnologías les alcancen y vuelvan irrelevantes.

En el fallo del premio los organizadores se limitan a explicar: “A David Leonhardt de The New York Times, por su penetrante análisis de los temas económicos más complicados; del debate del déficit público a la discusión de la reforma sanitaria”. La categoría en la cual ha sido premiado es Comentario.

Léase correctamente la categoría. No dice ni opinión, editorial u otros términos que se suelen utilizar intercambiablemente para referirse a la sección de los periódicos que contienen los textos que no son estrictamente noticia. Los Pulitzer lo llaman Comentario y premian sobre todo la investigación, el análisis y la capacidad de conjuntarlos de una manera en la que temas y decisiones complejas se logren explicar de manera sucinta y comprensible.

Y eso, precisamente, es lo que David Leonhardt hace estupendamente bien. Una combinación de los temas económicos más complicados a los que se enfrenta el país —el déficit, el desempleo, la inversión en I+D, los malos resultados educativos y sus consecuencias económicas, entre muchos más— tratados de una manera en la que no solamente informan el debate público, también incorporan perspectivas que trascienden el mundo estrictamente político.

En julio del año pasado, por mencionar un ejemplo, Leonhardt lanzaba este dardo a la miopía de la clase política: “The Case for $320,000 Kindergarten Teachers”. Una columna finamente tejida que pone en perspectiva los beneficios de largo plazo de apostar por la mejor educación posible desde la temprana infancia. “¿Qué influencia tienen los maestros  y compañeros que tuvimos en la guardería durante el resto de nuestras vidas?”, se pregunta el articulista. En síntesis, mucha. Y, por ello argumenta, es fundamental darle un vuelco a la forma en la que se recompensa la enseñanza.

La cifra a la que llega —$320.000 dólares— no es aleatoria. Es un cálculo de economistas de la Universidad de Harvard basado en el aumento en ingresos futuros que tendría un niño que reciba una buena educación desde la guardería. Lo que Leonhardt hace no es otra cosa que informar el debate y exponer la ignorancia de las posiciones políticas que le han dado sustento —comenzando por los gremios sindicales del sector de la educación—.

En otra columna en mayo del año pasado, Leonhardt abordó la batalla por elevar los impuestos a los refrescos. Además de demostrar claramente que los precios de estas bebidas han caído en más del 30% en los últimos 30 años respecto a una canasta de bienes de alimentos básicos —incrementando significativamente, por tanto, su consumo—, desmitifica los argumentos de lobbies que viven de confundir la discusión pública con argumentos complicados. “Cuando una actividad impone costes en una sociedad, los economistas siempre han aconsejado imponer una tasa”, resume Leonhardt. Con ello se consiguen dos cosas: desincentivar el consumo y conseguir recursos para ayudar a cubrir los daños. El caso del consumo de refrescos y la salud pública no debería de ser mucho más complicado que eso.

Y así podría continuar, con incontables ejemplos de temas económicos bien documentados, argumentados y expuestos. Una rara avis en un escenario en el que la prensa generalista apuesta cada vez menos por la calidad —prefiere el opinionismo—. En palabras de otro de los comentaristas económicos más brillantes de su generación, Ezra Klein —que no me queda la menor duda que algún día ganará el Pulitzer—, lo que hace Leonhardt “no es opinión, tampoco es información en sentido estricto. Es análisis juicioso y sosegado fundamentado en investigación rigurosa”. En las antípodas de lo que hoy hace la mayor parte de la prensa impresa.

Leonhardt sigue ahí y ahora ha sido premiado merecidamente. Una oportunidad, pues, de elegir entre el buen y el mal periodismo.