Los Papeles de Guantánamo y la Historia

Y van cinco. Los nuevos documentos clasificados publicados el lunes ahondan y ensanchan una de las colaboraciones periodísticas más fructíferas de la historia. Wikileaks, la elusiva organización anti secretos, y The Guardian, The New York Times, Der Spiegel y, sumados posteriormente, Le Monde y el El País.

Cinco entregas que, desde distintos ángulos y con diferentes niveles de detalle, forman un gran mosaico de la política exterior y las acciones militares de Estados Unidos desde el 11-S.

El vídeo Collateral Murder, los Papeles de Afganistán, Irak, los Papeles del Pentágono y ahora, como si de una serie en capítulos se tratase, la última entrega, los Papeles de Guantánamo. Unas revelaciones de menos importancia que las anteriores que tengo la sensación llevan a un cierre los documentos filtrados por el soldado Bradley Manning —el principal sospechoso de haber copiado cientos de miles de archivos clasificados y habérselos entregado a Wikileaks—.

Si confiamos en el agudo instinto periodístico de Julian Assange, el orden de las entregas no ha sido aleatorio. Y, la de este lunes, claramente tiene menos jerarquía, tanto informativa como en los asuntos e informaciones reveladas. Por ello, concluyo que esta colaboración llega a su fin y nos quedamos con el reto de hacer una lectura amplia de todo lo dado a conocer desde abril pasado —una tarea mucho más exhaustiva de la hecha hasta ahora por los diarios que han publicado parte de los cables—.

Los Papeles de Guantánamo cuentan sobre todo detalles del funcionamiento de la prisión en los años posteriores al 11-S. Tocan cuestiones sensibles, como el hecho de que un número significativo de presos sufrían enfermedades mentales, que la relación entre guardias e internos era eminentemente violenta y la incompetencia con la que el sistema judicial trató el asunto. Revelan también algunos de los criterios que los servicios de inteligencia y el ejército utilizaron para determinar a quiénes enviaban a la prisión. Pero, más allá de estos detalles —que en el marco amplio de la política exterior de Estados Unidos carecen de importancia— los nuevos papeles revelan poco.

Su importancia radica más bien en que llevan a un cierre la serie y, sobre todo, en que ayudarán a consolidar la imagen de rampante incompetencia con la que el Gobierno de George W. Bush manejó el asunto. Muy en especial, la de los responsables de la procuración de justicia —¿alguien recuerda al peripatético Alberto Gonzales, el Fiscal General que intentó darle respaldo legal a las acciones del Gobierno con argumentos falaces que vulneraban el derecho internacional y solapaban acciones que podían calificar como crímenes de guerra?—.

Los papeles comienzan a llenar los huecos dejados por una administración opaca que hizo todo lo posible por ocultar el manejo de muchas de sus acciones después del 11-S, especialmente en Abu Ghraib y Guantánamo.

En un editorial publicado el lunes, The New York Times describe los Papeles de Gunatánamo como un “escalofriante recordatorio del desastre moral y legal creado por el presidente Bush”. Y llama a no olvidar el desprestigio internacional que la prisión en territorio cubano sigue representando para Estados Unidos.

En la era de Twitter y los ciclos de información 24/7, se olvida con facilidad el origen de los problemas y cómo se fueron construyendo determinadas posiciones o conflictos políticos. Después de más de dos años de realizar intentos por cerrar la prisión, el Gobierno de Obama prácticamente se ha dado por vencido debido a la compleja estructura legal que dejó en pie el Gobierno anterior y un sistema político que no le deja mucho margen de maniobra.

Los Papeles de Guantánamo serán útiles, en última instancia, para que algún día los historiadores investiguen y hagan una interpretación amplia y mejor informada de uno de los capítulos más oscuros y vergonzosos de la política exterior estadounidense.