Bin Laden y el final de una era

Más de una década después ha llegado a su fin la búsqueda más exhaustiva jamás realizada por autoridades estadounidenses. Una meticulosa operación que en su fase final llevó más de ocho meses y que culminó la madrugada del lunes con el abatimiento de Osama Bin Laden por parte de una unidad de élite de los SEALS de la Marina.

El terrorista saudí —el que más ha obsesionado a los servicios de inteligencia occidentales— fue localizado finalmente en agosto por medio de un mensajero de confianza en una localidad a solo 50 kilómetros de Islamabad, a pocos metros de una importante academia militar —poniendo seriamente en duda la credibilidad de las autoridades paquistaníes cuando decían cooperar en la búsqueda de Bin Laden; siempre se había asumido que se encontraba en alguna aldea remota en las zonas tribales que hacen frontera con Afganistán—.

Las lecturas que se pueden hacer de este dramático desenlace son múltiples y seguramente pasaremos años discutiendo los detalles: de cómo se llevó a cabo la operación —y por qué Estados Unidos decidió sin dilación enterrar el cadáver en el mar—, al hecho de que 10 años después del 11-S Al Qaeda ha mutado hasta convertirse en una amorfa organización muy distinta a la que perpetró la matanza en Washington y Nueva York (Bali, Londres, Madrid, Casablanca…).

La captura de Bin Laden se había convertido en una obsesión insatisfecha del Gobierno de George W. Bush; de manera indirecta, incluso, me atrevería a decir que fue quizá el tema que marcó con más fuerza tanto su política en Afganistán como la formulación de su política antiterrorista (del papel de los servicios de inteligencia al espionaje doméstico, pasando por diversos intentos de justificar e intentar institucionalizar abiertamente prácticas que no eran otra cosa que tortura).

Los casi 10 años desde aquella mañana en la que tres aviones comerciales se empotraron y uno más cayó en los campos de Pensilvania, han transcurrido con la sombra de Bin Laden en el imaginario colectivo de muchos estadounidenses. Un icono que para bien y para mal sirvió para encauzar los impulsos de un país incrédulo de lo sucedido y a la búsqueda de alguna forma de justicia (de ahí que el domingo viéramos extrañas celebraciones en la Zona Cero en Nueva York y frente a la Casa Blanca, entre muchos sitios más).

A falta de más detalles sobre la operación del fin de semana que permitan hacer una interpretación más amplia de lo sucedido y ahondar en sus repercusiones de largo plazo, por ahora me limito a decir que el asesinato de Bin Laden zanja de manera simbólica esta etapa de la historia reciente de Estados Unidos. Sin embargo, consigue poco más: ni borra del mapa a Al Qaeda, ni elimina el riesgo latente del terrorismo, ni tampoco logrará desmantelar la peligrosa deriva fanática que engendró dentro del propio Estados Unidos después del 11-S.

Me centro en el espacio que resta en otro aspecto fascinante que los acontecimientos del fin de semana han dejado plenamente al descubierto: el nuevo ecosistema de la información.

La forma en la que comenzaron a circular las primeras informaciones sobre la muerte de Bin Laden confirma el cambio de guardia. De los medios tradicionales, acostumbrados a controlar, marcar los tiempos y establecer las condiciones de cómo se distribuye la información, a nuevos actores que intencionada o inintencionadamente participan del proceso de generación de información.

En este caso, las primeras noticias sobre la operación en contra de Bin Laden las conocimos por un usuario de Twitter que se encontraba a pocos kilómetros de la finca en la que fue abatido el líder de Al Qaeda —escuchó los helicópteros y explosiones, que documentó en tiempo real en Twitter sin saber que el blanco era Bin Laden. Pocas horas después, antes de que Obama confirmara en directo la noticia, otro usuario con acceso a buenas fuentes de información adelantaba, también por Twitter, que Osama había muerto.

En el otro extremo, los periódicos se vieron incapaces de lidiar con la información generada por miles de personas en diferentes partes del mundo que aportaban pequeñas piezas de un gran rompecabezas que ya no logran armar. “Así como [hace 20 años] CNN retó a los periódicos y noticieros de la noche con imágenes permanentes de la Guerra del Golfo”, cuenta Brian Stelter de The New York Times —uno de los pocos diarios que está sabiendo hacer la transformación—, “hoy Twitter y Facebook se han convertido en sistemas de alerta temprana de los acontecimientos más recientes”.

Sistemas de alerta temprana que rápidamente desplazan las trincheras de la información: de las pantallas de televisión y medios impresos a los múltiples nodos de la red que distribuyen, jerarquizan e informan de manera muy distinta.

No hay vuelta atrás: entre varias cosas más, la muerte de Bin Laden viene a confirmar que el genio —la información— se ha escapado de la botella.