El ‘cul de sac’ de la inmigración

En un nuevo esfuerzo por parte de la Administración Obama por generar apoyos y crear los impulsos políticos necesarios, el presidente viajó ayer a El Paso, Texas —su primera visita a la frontera con México desde que asumió el Gobierno— para intentar presionar y conseguir lanzar finalmente la reforma al sistema de inmigración.

Un nuevo (y modesto) intento que tiene lugar en un momento político complicado en el Congreso: por una parte, después de evitar el cierre del Gobierno en el último minuto, las duras negociaciones en torno al presupuesto, el déficit y el techo de endeudamiento continúan; por otra, las campaña por la reelección ha comenzado, cada decisión, apoyo y voto legislativo se mide y analiza cuidadosamente.

Y, lo cierto al día de hoy, es que la reforma al sistema de inmigración no sólo no es una prioridad para el electorado estadounidense, sino, en muchas encuestas sigue siendo una minoría la que la apoya —sobre todo si entendemos por reforma centrar los esfuerzos sobre los más de 10 millones de indocumentados; las cifras cambian si el objetivo es abrir el mercado laboral altamente calificado—.

La iniciativa lanzada por Obama en Texas busca sobre todo capitalizar el éxito  reciente de su política de control de fronteras —que ha logrado disminuir los flujos—. Mostrar sus éxitos, contrastarlos con esfuerzos anteriores y enviarle un mensaje al Congreso: la solución completa del problema no sólo compete al Ejecutivo, pasa necesariamente por aprobar un paquete legislativo que aborde un sinfín de temas que muy pocos en el Capitolio han tenido el valor hasta ahora de encarar.

Sin embargo y a pesar de los intentos realizados por Obama —y, para tal caso, por Bush durante ocho años— las posibilidades de que el tema avance en el Congreso son pocas. Muy pocas. Y Obama lo sabe. Entonces, ¿por qué volver a recorrer este camino? Sobre todo y como ya lo había mencionado en varias ocasiones en este espacio, porque la reforma al sistema de inmigración se ha convertido en un tema no solo táctico, pero también estratégico de la política estadounidense.

Otra versión que circulaba ayer en Washington de fuentes fiables sugería que el presidente había decidido dar el discurso en El Paso ya que de cualquier manera estaría en Texas en un evento electoral de recaudación de fondos y de esa manera reduciría la cantidad que la campaña tendría que reembolsar al Gobierno por el viaje.

Con millones de hispanos incorporándose a las urnas en cada nuevo ciclo electoral, ningún partido o grupo de interés en Washington puede ignorar el hecho y dejar de hacerlo parte de sus plataformas, tanto sus componentes tácticos de corto plazo, como los estratégicos de largo. Ello, sin embargo, no quiere decir que hoy los hispanos sean el gran bloque influyente al que muchos le atribuyen la capacidad de poner patas arriba elecciones y marcar agendas. En números brutos —absolutos— sin duda que tienen peso —son ya la primera minoría del país—. Pero, eso no se debe confundir con su influencia política real: medida en el cuerpo a cuerpo de las discusiones, la formulación de agendas y la demarcación de los ámbitos de influencia. Allí, la historia es distinta.

Carecen de fuerza colectiva y, muy en especial, de capacidad de actuación política. De saber utilizar el engranaje institucional para hacer avanzar sus intereses y ser competitivos en el complejísimo sistema de influencias que es la política estadounidense.

Lo que Obama está intentado con este nuevo esfuerzo es renovar su compromiso con el tema —que formó parte de sus promesas de campaña— y lanzar un mensaje a los electores (a los hispanos particularmente) sobre el origen del impasse. El lunes, en un comentario en su blog en el Washington Post, Ezra Klein cifraba en cero las posibilidades de que surja en el Congreso una discusión de fondo sobre la reforma. Pero lo que sí podría conseguir Obama, aclara, es librarse de la mayor parte de la responsabilidad del incumplimiento de la promesa —un movimiento eminentemente táctico con vistas a noviembre de 2012—.

Pese a su impactante peso demográfico —roza ya los 50 millones—  y poder económico, sigue siendo un cuento chino el relato del imparable empoderamiento político de la comunidad hispana. La prueba más clara de ello es cómo, intento tras intento, la reforma clave para medir su influencia sigue siendo eludida por una clase política que, sencillamente, pasa de ella.