La política exterior y sus cambios estructurales

De vez en cuando —con menos frecuencia de lo que debería— la academia logra liberarse del ajustado corsé que la ciñe y producir una lectura que no solo se ajusta a la realidad, sino que le añade textura, volumen y, todavía más importante, le proporciona un marco amplio para entenderla y discutirla.

En un momento particularmente delicado de la política internacional, en el que los focos de convulsión social y política se multiplican, resulta especialmente importante levantar la mirada y no confundir los árboles por el bosque.

Mañana, en su segundo discurso sobre la primavera árabe y la política exterior de Estados Unidos, Obama explicará su visión e intentará hacer una lectura amplia de los acontecimientos. El objetivo, sobre todo, es situar el marco de las acciones del Gobierno y las transformaciones estratégicas que busca.

Y es aquí donde el tema se conecta con una publicación reciente del Woodrow Wilson International Center for Scholars, un think tank en Washington, que se sale de los circuitos tradicionales —y cansinos— de la academia para describir los retos de la política exterior estadounidense y cómo los está enfrentando el Gobierno.

Firmado por Mr. Y —el seudónimo de dos miembros del Ejército—, el breve ensayo se titula A National Strategic Narrative, un intento por llevar la discusión académica tradicional —centrada sobre todo en temas de defensa militar— al campo de las transformaciones estructurales recientes que están cambiando la forma y el fondo de la política exterior.

En pocos años hemos pasado de un sistema bipolar de relaciones ordenadas  claramente jerarquizadas a un sistema ya no solo multipolar, sino interdependiente y amorfo que establece múltiples niveles, jerarquías y puntos de contacto entre los actores involucrados. Hemos pasado de la fórmula de relación Estado a Estado a un complejo cóctel que mezcla Estados, sociedad civil —organizada y desorganizada— y viejos y nuevos medios de comunicación.

Lo llamaría de Tiananmen a Tahrir: dos crisis internacionales recientes que ilustran los cambios y definen bien los contrastes del paso de un modelo a otro.

El ensayo de Mr. Y identifica las áreas principales en las que se han producido estos cambios y describe con agudeza cómo tendría que cambiar la política exterior de Estados Unidos si ha de transformarse en sintonía (las lecciones no son solo para Foggy Bottom; los ministerios de exteriores de alrededor del mundo deberían estar pensando ya en cómo interpretarlas y aplicarlas a sus propios contextos).

De sistemas cerrados a abiertos. El control vertical que ordenó el sistema internacional del siglo XX no funciona más. Ahora, la moneda de cambio es la flexibilidad estratégica y organizativa del Estado, que tendrá que aprender a cambiar y adaptarse constantemente. Pasar de intentar ejercer un dominio permanente a influenciar de manera ad hoc. Entre muchas otras razones, por el simple número de actores involucrados (no solamente más estados, sino también más jugadores dentro de cada estado).

De la certeza a las incertidumbres. El nuevo sistema, por fuerza, es más incierto. Por el aumento de actores, sí, pero también por la volatilidad producto de la aceleración de las comunicaciones y sus efectos sobre la esfera pública (un ejemplo entre cientos posibles, Hillary Clinton el 25 de enero de 2011: “Nuestro diagnóstico es que el Gobierno egipcio es estable y está buscando fórmulas para responder a las exigencias e intereses legítimos de su gente”).

De la contención a la sustentabilidad. El poder en este nuevo sistema no proviene del poder militar absoluto —el baremo utilizado tradicionalmente para medirlo—, sino de una combinación de recursos —sobre todo humanos—, tecnología y visión estratégica que en su conjunto determinan la influencia real.

Aunque todavía es pronto para apreciarlo con nitidez, esta es la dirección en la que Obama intenta llevar a Estados Unidos. Una transformación de gran calado cuyo éxito o fracaso solo se percibirá con el paso del tiempo.