Obama y el engranaje político de Oriente Próximo

El discurso de la semana pasada sobre Oriente Próximo y el futuro de la política exterior de Estados Unidos hacia la región es el ejemplo más reciente del sello político tan particular de Obama: cauteloso, metódico, paciente y, al mismo tiempo, desafiante.

El jueves por la noche y como respuesta a los acontecimientos recientes en Oriente Próximo y norte de África, Obama dedicó un segundo gran discurso al tema en el que incorporó plenamente la complejidad del conflicto árabe-israelí —la clave para desenmarañar el nudo gordiano de la región— . Lo hizo para posicionarse y también para intentar aprovechar la sacudida social que ha representado la Primavera Árabe. El objetivo es mover, en pequeños pasos incrementales, el engranaje del complejo mecanismo que rige la política de la región.

La Administración parece que comienza a abordar el problema de manera más amplia y holística. Recientemente, tanto la secretaria de Estado, Hillary Clinton, como David Petraeus, futuro líder de la CIA, identificaron la irresolución del conflicto como la principal causa detrás de las amenazas terroristas dirigidas a Estados Unidos.

Hablando desde el Departamento de Estado en Foggy Bottom —un gesto poco común que acentúa la centralidad para la política exterior—, Obama delineó una serie de sutiles cambios con doble objetivo: presionar al Gobierno israelí en puntos clave y, simultáneamente, endurecer su postura hacia los regímenes autoritarios que insisten en mantener el statu quo.

En el primer caso Obama abordó de manera directa y sin paliativos un tema que resulta especialmente irritante para el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu: las fronteras de 1967 como punta de partida de la negociación y base del futuro Estado palestino.

Estados Unidos cree, dijo Obama, que las negociaciones deben tener como resultado “dos estados, con fronteras palestinas permanentes con Israel, Jordania y Egipto; y fronteras israelíes permanentes con Palestina. Estas fronteras deben tomar como base las establecidas en 1967”.

Una cuidadosa formulación de las palabras. Aunque no representa un rompimiento con posturas estadounidenses previas, volver a poner el tema sobre la mesa desde la tribuna presidencial sí podría sacudir y destrabar el impasse alcanzado en los últimos años —por la vía, sobre todo, de la intransigencia del actual Gobierno israelí—.

Algunos de sus asesores esperaban incluso que Obama fuera más lejos. Sin embargo, los cálculos internos y la presión que ejerce el lobby judío en Estados Unidos se lo impidieron. Al menos por el momento. Entre otras cosas, porque existe un esfuerzo concertado por parte de los Republicanos de alejar a algunos de los donantes judíos claves del Partido Demócrata. Y eso, como pocas otras cosas, es algo que en términos electorales el partido del presidente simplemente no puede permitir. Aunque existen incontables aspectos por resolver todavía (por ejemplo: cómo incorporar a Fatá y Hamas en las negociaciones, algo a lo que Netanyahu se opone con vehemencia pero resulta indispensable), el discurso de la semana pasada es una hoja de ruta razonable.

En el segundo caso, el anuncio de sanciones en contra del Gobierno sirio de Bachar al Assad muestra a un Obama más seguro de sí mismo que busca una fórmula para posicionarse de la manera más inteligente frente a los inesperados cambios en el mundo árabe. Es decir, formular una política de palos y zanahorias efectiva que le permita mantener el paso ante el vertiginoso ritmo de cambio. Obama tiene la nada fácil tarea de disuadir rápidamente a los regímenes autoritarios a no tomar el camino de la represión o impedir la libre expresión de la sociedad civil.

Estos primeros pequeños pasos tienen como objetivo provocar en el mediano plazo una serie de transformaciones que cambian el escenario y permitan, en un futuro no muy lejano, emprender la tan ansiada negociación y resolución del conflicto. Obama, en otras palabras, está sembrando sobre el fértil campo de la Primavera Árabe. Y lo hace con la intención manifiesta de él mismo, pasado 2012, recoger los frutos.