El Partido Republicano ante 2012

A estas alturas del proceso electoral de 2012 una cosa queda clara ya: las posibilidades de derrotar a Obama en noviembre del año que viene son muy limitadas. No lo digo yo. Lo dicen, por inferencia, la horda de aspirantes Republicanos que, uno a uno, renuncian a las primarias del partido.

No se necesitan más estadísticas, encuestas o información privilegiada para saberlo. El indicador más importante a 16 meses de la elección es el entusiasmo que genera en la oposición la posibilidad que brindan las urnas para arrebatar el poder.

El Partido Republicano ha pasado de la euforia del batacazo de las elecciones de noviembre pasado a un estado de confusión —por no decir directamente falta total de dirección— en el que intenta negar lo obvio: ha perdido el norte político y, en un sistema bipartidista, emplea el desgaste del oponente como única estrategia.

Llama la atención la falta de crítica en los medios estadounidenses a la posición Republicana y el papel que ha jugado el partido en los últimos años. No sólo frente al proyecto político de Obama, sino también en sus aportaciones durante uno de los periodos más difíciles por las que ha atravesado el país en muchos años —tanto en el componente más obvio, el económico, como en el menos visible pero fundamental de encontrar un sitio en la transformación geopolítica por la que atraviesa el mundo—.

El partido sencillamente renunció a formular una agenda política alternativa y ahora comienzan a surgir los primeros síntomas de que se dirige no solo al despeñadero electoral, sino también hacia un desfondamiento político que no le conviene a nadie. Ni siquiera a sus rivales.

De los candidatos que han declarado alguna intención de competir por la nominación ninguno es capaz de hacer un diagnóstico certero de las necesidades del país; mucho menos de articular una visión alternativa de Gobierno. Su éxito radica principalmente en aglutinar pequeños sectores del partido que tienen agendas muy definidas (también conocidos como intereses especiales).

Un magnífico artículo reciente de la revista New York añade una dimensión desconocida al desierto que atraviesa el partido y detalles sobre quién controla de facto los intereses conservadores en Estados Unidos.

Firmado por el cronista de medios Gabriel Sherman, el texto expone con contundencia la implicación Republicana con Fox News. La influencia de Roger Ailes, el enigmático jefe de la cadena de noticias, se conoce desde hace tiempo. Sin embargo, poco se sabía sobre la forma en la que desde su despacho en Nueva York determina el rumbo que sigue el partido. Lo hace, principalmente, determinando a quién y en qué condiciones le da voz en la principal plataforma de influencia conservadora.

Pocos después de la elección de Barack Obama en noviembre de 2008, Ailes echó mano de figuras clave del partido (Newt Gingrich, Sarah Palin y Mike Huckabee); las fichó como comentaristas y se aseguró a sí mismo un papel en la dirección Republicana. Además de exponer la influencia del canal, Sherman pone en evidencia la falta de liderazgo y programa político del partido.

Casi tres años después de la elección de Obama y con el proceso para la selección del candidato ya en marcha, el partido no solo no encuentra al jinete ganador, muestra graves síntomas de agotamiento ideológico que la corrección política de la mayor parte de la prensa estadounidense todavía no se atreve a confrontar (tachada de liberal, teme ofender las sensibilidades conservadoras).

Más allá del resultado de la elección de 2012, el tema más amplio es: ¿dónde está el Partido Republicano? ¿ha desparecido esa corriente de republicanismo reflexivo y moderado que tanta falta hace en el debate político actual? Y, más todavía, ¿podrá romper el partido con la deriva ideológica y extremista que lo ha mantenido secuestrado durante los últimos años? El ciclo electoral en curso despejará de una buena vez estas incógnitas.