Palin, Weiner y los nuevos flujos de información

Dos acontecimientos de los últimos días ponen de relieve la explosividad que contiene el cóctel nuevos medios de comunicación, política y una ciudadanía inquieta e inconforme que cada vez cuenta con más herramientas para saber qué hacen y cómo operan sus líderes electos.

Aunque los casos que mencionaré no tienen relación entre sí, ambos ilustran aspectos distintos pero complementarios de cómo emerge una nueva ecología de la información que cambia las reglas del juego.

El primer caso —rápidamente denominado el primer escándalo político sexual enteramente virtual—, involucra a un congresista del estado de Nueva York aficionado a enviar mensajes con contenidos eróticos a prostitutas, estudiantes universitarias e, incluso, una chica menor de edad.

Lo interesante del caso de Anthony Weiner no es ver (nuevamente) cómo una figura política relevante lanza por la borda su carrera política —se comenzaba a hablar de él como posible sucesor de Michael Bloomberg al frente de la alcaldía de Nueva York—. Tampoco es ver cómo lo medios de comunicación tradicionales convierten el escándalo en interminables paseíllos morbosos que exponen todo tipo de detalles que en el fondo esconden la falta de una agenda informativa real. Lo nuevo, lo interesante, es constatar cómo la nuevas dinámicas de comunicación están cambiando —incluso determinando— el comportamiento de figuras públicas que hoy juegan, aunque no lo sepan, bajo nuevos principios.

Weiner, que comenzó como un congresista poco conocido a nivel nacional, ascendió rápidamente en parte gracias al poder de las nuevas tecnologías y su capacidad para ampliar rápidamente la base de sus seguidores. No solo en el distrito que representaba, sino en diversos sitios del país. Así, por ejemplo, Weiner utilizó estos medios para convertirse en un defensor a nivel nacional del matrimonio entre personas del mismo sexo —con la televisión y los medios de la era analógica le hubiera llevado años construir una reputación en torno al tema; con los medios sociales en Internet lo hizo en poco tiempo—.

En meses recientes y debido al mayor interés suscitado por la figura del congresista, diversos grupos conservadores comenzaron  a monitorizar sus actividades. Rápidamente detectaron mensajes con prostitutas y, recientemente, con la chica menor de edad. Finalmente, el tema estalló la semana pasada cuando una fotografía de Weiner desnudo fue enviada desde Twitter y, posteriormente, filtrada desde allí.

El caso ilustra, entre varias cosas más, cómo la moral pública está siendo transformada desde las propias tripas de las tecnologías de la información. Desde sus tiempos y dinámicas. Ahora, los escándalos sexuales —incluso los virtuales— se desarrollan y valoran desde parámetros distintos.

El segundo caso es el de Sarah Palin y los 24.000 correos electrónicos hechos públicos por el estado de Alaska el fin de semana. Conseguidos por medio de presión periodística y leyes de acceso a la información, son un ejemplo que interesa más por el precedente que establece que por su contenido mismo. Palin, convertida ahora en celebrity conservadora con ambiciones presidenciales, repentinamente se ve sometida a un detallado escrutinio de sus decisiones públicas como gobernadora.

Leyes de acceso a la información eficaces y canales de distribución más directos permiten la difusión masiva e instantánea de miles de comunicaciones que podrían cambiar el curso de la elección de 2012. Si lo hacen o no, por ahora, no es lo que más importa; la importancia radica en que surgen nuevos ámbitos capaces de formar opinión que alteran la manera en la que se forman los consensos políticos.

Ni Weiner ni Palin, por lo que sabemos hasta ahora, cometieron crimen alguno. Ambos, sin embargo, están siendo sometidos a un tipo de escrutinio público completamente nuevo que, más pronto que tarde, cambiará las reglas del juego político. Para bien y para mal, lo privado y lo público ya no son lo que eran.