Estados Unidos, a la caza de cerebros

¿Puede un artículo en la revista dominical del New York Times modificar de manera importante el debate nacional en un tema como la reforma al sistema de inmigración? ¿Puede, más aún, cambiar el sentido de esta discusión y llevarla por una vía muy distinta a la que había seguido durante décadas?

No lo sabremos con certeza hasta pasado algún tiempo pero, por ahora, me atrevo a pronosticar que sí.

Si existe una ocasión para conseguir tal hazaña, esta tuvo lugar el domingo, en la portada de la revista del periódico neoyorquino. No se trata de cualquier texto. Es una crónica sui generis de esas que solo se publican de vez en cuando —y que algunos periódicos, increíblemente, se dan el lujo de rechazar—.

La firma Jose Antonio Vargas, un ex periodista del Washington Post —el diario que  en el último momento rechazó publicarla— y el Huffington Post. Coincidí con él en varias conferencias —se especializa en el impacto de las tecnologías de la información en la política— y sabía de él lo que todos sabían: es un inmigrante filipino que rápidamente ascendió los peldaños del sueño americano hasta fichar por los mejores diarios del país.

Compartió un Pulitzer por su trabajo en la cobertura de la masacre de Virginia Tech en 2007 y, el año pasado, el New Yorker le comisionó un largo perfil de Mark Zuckerberg, el fundador de Facebook.

Lo que no sabíamos entonces y sabemos ahora es que Vargas es un inmigrante indocumentado. Llegó a Estados Unidos con 12 años y lo hizo sin papeles; enviado por su madre a vivir con sus abuelos en California. La historia es dramática por la intimidad con la que está contada y, sobre todo, porque viene de un sitio inesperado: un relato en primera persona de un periodista reconocido que ha pasado los últimos 14 años de su vida —desde los 16, cuando descubrió que sus documentos eran falsos al intentar obtener un permiso de conducir— buscando resquicios en el sistema para continuar su vida en el país y no ser descubierto.

Vargas se cansó y decidió contar su historia —y, con un poco de suerte, lanzar un movimiento que ha llamado Define American—. El texto es una meticulosa reconstrucción de las diferentes etapas del periplo y cómo las ha ido enfrentando.

Rescato la historia de Vargas porque se enmarca muy bien en una tendencia silenciosa que he ido documentando de cuando en cuando en este espacio: el giro en el debate de la reforma al sistema de inmigración. De estar centrado durante décadas en los problemas de cómo incorporar una mano de obra no cualificada dado paso a las oportunidades que pierde el país al poner escollos a los altamente calificados. Lentamente, el argumento se ha ido transformando, invirtiendo. Pasamos de la lógica, falsa y nunca en verdad asumida, de que el país colapsaría sin la mano de obra del sur, a la lógica de ni un día más sin los innovadores indios, chinos y rusos tocando a las puertas de sus instituciones.

El tema se comienza a destrabar —como demuestra el estruendo que ha provocado en Washington la historia de Vargas— por dos vías: por la necesidad de múltiples empresas de importar talento —sobre todo en el mundo tecnológico—; y por líderes políticos visionarios —la mayoría regionales— que han trascendido los ejes de la discusión de las últimas décadas y ahora centran el tema en el desperdicio de talento al que está condenada la innovación con las leyes actuales.

El año pasado Michael Bloomberg (alcalde de Nueva York) y Rupert Murdoch (presidente de News Corporation) lanzaron el Partenership for a New American Economy, un grupo de presión diseñado para cambiar la dirección del debate e inyectarlo del más elemental sentido común que desde hace tiempo se perdió en el Congreso.

La solución a la reforma del sistema de inmigración no llegará por la presión de los miles de inmigrantes que cada 1 de mayo salen a manifestarse; tampoco de un acuerdo político súbito en el que se defina si dar o no una ruta a la ciudadanía a los más de 10 millones de sin papeles. Esta vía, una y otra vez, ha demostrado ser insuficiente.

La solución llegará de los Bloombergs, los Murdochs y los Vargas. De los que con sensatez y pragmatismo están demostrando el alto coste económico que tiene para el país seguir centrando la discusión en los mismos temas de siempre.