EE UU pone a prueba su credibilidad internacional

A siete días de que se cumpla el plazo para que el Congreso suba el techo de endeudamiento o Estados Unidos se declare en bancarrota, la tensión y las alarmas en Washington han alcanzado su máximo nivel.

El resto observa estupefacto cómo la clase política se practica el harakiri y hunde al país en una de las peores crisis de gobernabilidad de su historia (la etiqueta #FuckYouWashington se convirtió en uno de los temas más comentados en Twitter durante el fin de semana). Dos partidos políticos en guerra incapaces de utilizar los canales institucionales con los que está dotado el sistema para evitar la caída al precipicio.

Obama y los Demócratas han intentado todo lo que está a su alcance para conseguir que los Republicanos en la Cámara de Representantes aprueben el incremento de la deuda (un procedimiento habitual que hasta ahora se había resuelto fácilmente y sin ningún tipo de confrontación política). A falta de menos de una semana para alcanzar el plazo, y tomando en cuenta que todavía muchas cosas pueden suceder, demos un paso atrás para intentar enmarcar la crisis actual en una perspectiva más amplia.

En un artículo reciente para The Atlantic Monthly, Mickey Edwards, académico y ex congresista, lo resumía bien. Sí, tenemos un sistema de partidos, dice; sí, existe un marco institucional y unas reglas para resolver los conflictos; ¿El problema? Que ambos partidos funcionan más como organizaciones privadas que como representantes de la ciudadanía. El nuestro, dice, “es un sistema que no favorece la resolución de conflictos colectivos, sino la lucha por el poder entre dos organizaciones privadas”. En síntesis y de manera general, ahí se encuentra la clave de la perversión política que nos ha llevado hasta aquí.

Un largo y complejo proceso de privatización de los intereses públicos que, en su versión más reciente, su comienzo data de principios de los años ochenta del siglo pasado. El caldo de cultivo: la llegada de Reagan a la Casa Blanca, el último coletazo de la guerra fría y el debate sobre el nuevo papel que Estados Unidos debía asumir después de cuatro décadas de confrontación que dejaron al país en el pináculo del sistema internacional.

Más en concreto, el giro económico del actor convertido en presidente comenzó una larga transformación cuyos efectos los seguimos viendo tres décadas después. El “supply side economics” de Reagan marcó sobre todo el pensamiento y estilo político Republicano. Lo atrincheró y lo radicalizó (su versión actual es incluso más papista que el Papa; Reagan, al final de cuentas, subió los impuestos).

El elemento más interesante de la ofensiva Republicana ha sido el efecto político que ha tenido sobre sus rivales. Con los cambios impulsados por Reagan comenzó un repliegue Demócrata que tuvo su manifestación más reciente el lunes por la noche con un Obama contra las cuerdas dispuesto a vender su alma al diablo y aun así incapaz de alcanzar los acuerdos necesarios para evitar la catástrofe.

A lo largo de los años noventa vimos cómo de la mano de Bill Clinton y su filosofía que se resume en aquella famosa frase de “the era of big government is over”, los Demócratas de facto se desplazaban al centro y pasaron a ocupar posiciones y políticas anteriormente defendidas por el ala centrista del partido Republicano. Así hasta llegar a la segunda ola. La de George W. Bush y sus dos guerras (tres billones de dólares, hasta ahora), el recorte masivo de impuestos al 1% más rico y la crisis financiera de 2008.

El resultado es un sistema impositivo que tiene la tasa de recaudación más baja de los últimos 50 años (y una de las más bajas de las economías avanzadas), depende por completo de los mercados internacionales para financiar su deuda y, ahora, es completamente incapaz de alcanzar los acuerdos políticos más elementales para garantizar el cumplimiento de sus compromisos económicos. Una crisis del sistema político que se derrama y contagia al conjunto del país.

Independientemente de si se alcanza un acuerdo en el último momento, el daño está hecho. Aunque evidentemente será mucho peor si el país deja de pagar sus facturas a partir de la semana que viene, la herida auto infligida en el corazón de la confianza en las instituciones dejará marcas profundas y duraderas. Marcará un antes y un después.Y que nadie se llame a engaño: no se trata de una crisis interna; estamos ante una grave crisis internacional que afectará tanto dentro como fuera de Estados Unidos.