El bricolaje político de Washington fracasa

Vaya semana en Washington. Un espectáculo de acrobacia de alto riesgo que se salda —una vez más en la prórroga— con un acuerdo que evita la suspensión de pagos de la economía que le ha dado solidez y solvencia al sistema internacional durante al menos el último medio siglo.

Un complicado acuerdo alcanzado después de meses de negociación, la ratificación en las dos Cámaras por claras mayorías y, finalmente, la firma de Obama. Crisis evitada, la casa en orden, ¿no? Pues no. Bastante más complicado de lo que parece. Tanto en las impredecibles repercusiones políticas que tendrá como en sus consecuencias económicas. De corto y largo plazo.

En el plano económico las consecuencias del acuerdo pueden ser particularmente desastrosas. Ezra Klein del Washington Post lo describe como un acuerdo “terrible, inoperante, malo” que incluye lo peor de dos mundos. Por una parte, fuertes recortes en el corto plazo que podrían tener efectos devastadores para una economía anémica que en términos netos sigue destruyendo empleo. Por otra, medidas de largo plazo que no solucionan el problema de la deuda galopante (14,3 billones que están a punto de alcanzar al PIB del país). En otras palabras, una solución política a un problema económico mal orientada; un pacto que ha perdido de vista las lecciones económicas más elementales al pasar por el bricolaje parlamentario de dos partidos que simplemente han dejado de entenderse.

Una de las áreas más castigadas por el acuerdo, sorprendentemente, es defensa. Recortes masivos al gasto militar que, aunque en las condiciones correctas podrían ser bien recibidos, mal aplicados podrían incluso poner en riesgo la ventaja estratégica con la cuenta el país —uno de sus activos más importantes—. Recortes, también, en la construcción de infraestructuras —una área en la que visiblemente Estados Unidos pierde terreno— y en todo tipo de prestaciones sociales. En fin, consecuencias económicas negativas por todos los sitios a las que solo hace sombra una disfunción política aún más grave.

En este apartado no hay ni por dónde empezar. Dos partidos —uno de ellos completamente ideologizado— incapaces de brindar la certeza política que ha distinguido a Estados Unidos de prácticamente cualquier otro país en las últimas décadas (una amigo en misión en Brasil para una organización internacional estadounidense me relataba cómo tan pronto aterrizaba en Brasilia sus contrapartes pedían explicaciones sobre la situación en Estados Unidos). La negociación del techo de la deuda consumió al país durante meses y puso en evidencia la desconexión de los partidos con los problemas reales del país.

La obsesión (política) del partido Republicano con la reducción del déficit no solo se ha mostrado hueca, peor aún, ha quedado claro cómo la utiliza como herramienta táctica al servicio de un juego más amplio cuyo fin último es la defensa de los intereses de una muy, muy pequeña minoría. Los demócratas, como partido, han puesto en evidencia nuevamente su torpeza estratégica en la mesa de negociación; su desacierto para funcionar con eficacia como bloque y traducir su agenda política en acciones y políticas de gobierno reales. Y Obama, entre la espada y la pared (tenía tres malas opciones: pactar con el diablo, subir el límite de la deuda unilateralmente arriesgando un juicio de impeachment o permitir que el país, bajo su mando, se declarara en suspensión de pagos), aceptó unas condiciones que estaban muy lejos de su punto de partida en la negociación.

La situación es tan confusa que el propio resultado de la crisis se muestra elusivo. Difícil determinar ganadores y perdedores claros. Las interpretaciones —las sensatas— van desde la de Paul Krugman en un extremo (que ha perdido toda esperanza en Obama) a Andrew Sullivan, que hace una lectura a mi juicio más inteligente y matizada. El desenlace, en el marco amplio de los acontecimientos, lo considera una derrota pírrica para Obama. Con el paso del tiempo le dará no solo la llave de la reelección, también allanará el camino para dejar en plena evidencia el instinto irresponsable, destructivo y anti gubernamental de los Republicanos.

Lo único cierto es que la crisis ha dejado a muchos —no solo a los políticos brasileños— con dudas y preguntas. Dudas y preguntas para las que por ahora simplemente no hay respuestas; dudas y preguntas que se pudieron haber evitado.