La rebaja de S&P y el liderazgo en EE UU

La primera consecuencia de la larga —e innecesaria— batalla por elevar el techo de la deuda en Estados Unidos la vimos el viernes por la tarde. Standard & Poors confirmaba lo que se especulaba desde hacía meses: por primera vez en su historia —en realidad, desde 1941, cuando primero la obtuvo— la deuda del país perdía la calificación más alta. La acción ha recibido una atención mediática desmesurada y, sobre todo, ha provocado una retahíla de comentarios sobre el “fin” de Obama, la prueba irrefutable de su “fracaso” como líder y la confirmación de que será un presidente de un solo mandato.

Especulaciones absurdas. Absurdas y mal dirigidas.

Vamos por partes. La rebaja de la calificación de la deuda por parte de S&P tiene dos dimensiones. La primera —y a la que más atención le han prestado los medios— es puramente simbólica: la agencia califica la deuda como guía para que inversores de todo el mundo —en este caso principalmente gobiernos y grandes fondos institucionales— tengan una referencia por países. ¿Cuánta credibilidad tiene la agencia hoy día para llevar a cabo esta tarea? No mucha. S&P —al igual que otras agencias de calificación— estuvo profundamente implicada en la debacle de 2008.

La segunda dimensión, la política, es otra historia. Cómo ya lo he repetido aquí, la crisis  por la que atraviesa Estados Unidos es política, no económica —a pesar de la rebaja, ayer el Tesoro podía seguir emitiendo deuda a un tipo de interés menor al 0,25 % a un plazo de dos años—. En ese aspecto, Standard & Poors mostró un criterio sólido y justificado. “Esta no es la forma en la que los gobiernos mejor valorados se administran”, explicaba John Chambers, jefe de calificaciones de la agencia, al día siguiente. Y añadía: “lo que cambió en nuestra valoración fue la visión que tenemos sobre la gobernanza del país”. También, certero en su juicio.

El impasse al que se enfrenta Washington es cómo resolver la perspectiva económica de largo plazo. Es decir, cómo establecer una estrategia de largo aliento para balancear deuda, déficit y política fiscal; en qué orden, con qué herramientas y con qué prioridades. Y, lo que lo hace aún más complicado, cómo hacerlo desde un crecimiento muy bajo y un índice de paro que supera el 9%. Es allí donde el país ha perdido el norte y la eficacia como sistema político.

¿Quién es responsable? ¿Obama, los Demócratas, los Republicanos, el Tea Party? ¿Es, como ahora se ha vuelto tópico afirmar, la falta de coraje, personalidad y capacidad de liderazgo de Obama lo que ha ocasionado la crisis? El origen de la crisis es complejo y viene de muy atrás. Sin embargo, ubicar el liderazgo de Obama en el centro del problema muestra un profundo desconocimiento tanto de lo acontecido en los últimos dos años y medio como en las competencias y limitaciones de la propia institución presidencial.

Aunque el país nunca había alcanzado la situación actual, el problema de la gobernanza económica se venía parchando desde los años ochenta; como dicen en Estados Unidos, los políticos —de ambos partidos— han ido kicking the can down the road (posponiendo indefinidamente). Obsesionados con los ciclos políticos y las consecuencias electorales, las decisiones importantes se han aplazado y aplazado.

La división que alcanzamos con la negociación del techo de la deuda es inusitada. Es, en palabras de Andrew Sullivan, el modus operandi de la oposición el que ha volado en pedazos el proceso de deliberación política —la razón detrás de la decisión de S&P—; el uso, en las mías, de la guerra de guerrillas como estrategia de oposición.

No, Obama desde un comienzo descartó la táctica del desgaste y la confrontación de corto plazo; eligió una estrategia más amplia que busca convencer y mostrar la virtud y lógica de sus acciones. Una estrategia arriesgada y muy personal —y criticable en varios niveles— difícil de llevar a buen puerto en los limitados plazos políticos del sistema estadounidense. Una estrategia que, en realidad, no se puede valorar plenamente a estas alturas.

Obama ha perdido la batalla del techo de la deuda; pero está muy lejos de perder la guerra. Sacrificó un peón buscando limpiar el camino; por ahora, desconocemos el desenlace de la jugada.