Los fundamentalismos también son políticos

El juego político en Washington, en esencia, se ha reducido a esto: el Gobierno necesita más ingresos y la oposición hace oposición negándoselos. El Partido Demócrata ha intentado por diversas vías poner en marcha una tímida agenda de reformas que desatasquen al país. Del estímulo económico con el que Obama inauguró su presidencia pasando por diversos planes que buscan balancear nuevas fuentes de ingreso con un régimen impositivo que recaude de maneras más eficaces. Del otro lado del espectro político, el Partido Republicano se ha erigido en una barrera infranqueable que aboga por una sola cosa: seguir reduciendo, a cualquier coste, los ingresos —muy por encima de la reducción del gasto, una trampa conceptual—.

El impasse viene a cuento porque conforme avanza el proceso de selección del candidato presidencial del Partido Republicano queda más claro que la elección de 2012 no se centrará en los problemas reales del país.

El ascenso de Michele Bachmann como la nueva favorita y el cierre de filas que reducen las posibilidades de la nominación a la congresista, a Rick Perry y a Mitt Romney, dejan de manifiesto desde el inicio del proceso que, lejos de abrirse y ensancharse, el partido se enclaustra e ideologiza.

Cierra filas sobre los ejes más parroquianos de su visión política: el rechazo visceral a cualquier tipo de impuesto y el repudio al Estado como rector de los asuntos públicos. Tomemos a Bachmann como ejemplo.

La congresista de Minnesota ha construido su candidatura —y popularidad— no sobre un programa político claramente definido y distinto al del presidente. Lo ha hecho sobre el rechazo a una serie de temas que saltan del aborto al gasto público a las políticas de protección al medio ambiente. Un perfil reciente en el semanario The New Yorker documenta detalladamente la cadena de supuestos falsos y medias verdades que han ido hilvanando la cara pública de Bachmann. Sus orígenes familiares —con los que juega políticamente—, la autoridad con la que habla del gasto público —fue empleada de bajo rango del fisco— e, incluso, las preferencias sexuales —junto a su marido fundó un centro cuya misión es “curar” la homosexualidad—. En fin, un popurrí de posturas que llevan a que una de las propuestas más serias y populares de su campaña sea bajar el precio de la gasolina a dos dólares por galón. Como legisladora, la única propuesta por la que se le conoce es una ley que intenta prohibir cualquier medida que obligue a utilizar focos de bajo consumo energético —lo considera una transgresión a la libertad individual—.

O, si las posiciones de Bachmann no bastaran, tomemos las de Rick Perry, sucesor de George W. Bush como gobernador de Texas y flamante nueva adición al proceso de nominación. Quizá el más extremista de los candidatos, Perry busca tomar por asalto la nominación desde la certitud moral del gobernante experimentado que se autoproclama como la solución a los problemas de liderazgo del país. Gobernador desde finales de 2000, ha sido el arquitecto de lo que algunos llaman el “milagro de Texas”: uno de los estados que más empleos ha creado desde que estalló la crisis. Esa carta —junto a su cristianismo evangélico recalcitrante— será el eje de su candidatura. Sin embargo, la aseveración tiene diversos matices. Sobre todo respecto al tipo de empleo que se ha generado en el estado (varios economistas consideran el tipo de empleo creado precario e insostenible en el mediano plazo) y hasta dónde se puede emular esa política a nivel nacional (parte del éxito ha radicado en ofrecer estímulos fiscales a empresas con operaciones en otros estados). Es decir, mucho más que una propuesta de desarrollo económico concreta, novedosa y nacional, Perry utilizará lo que hizo en Texas para vender su nominación y prometer lo que Obama no ha conseguido.

Días antes de lanzar la candidatura y ante un público de más de 30.000 personas, Perry convocó un mitin en Houston para orar por el país y la crisis de la deuda en el Congreso. En medio de una soflama partidista e incendiaria que entremezclaba ataques a Washington y sus líderes con pasajes de la Biblia, Perry se detenía para pedir un rezo por la situación económica del país. En silencio, ojos cerrados y cabeza agachada, el aspirante a la presidencia lanzaba el mensaje más claro hasta la fecha sobre el tipo de liderazgo que piense ejercer.