Los tres legados de Steve Jobs

La imagen más evocativa del personaje se repetía dos veces al año: el escenario era el Moscone Center de San Francisco; él, en su uniforme militante, vestía invariablemente zapatos deportivos, vaqueros y camisa negra de cuello alto. Se desplazaba de un extremo al otro con las palmas de las manos unidas al frente. Pausado, lacónico, taciturno incluso, presentaba al mundo las nuevas creaciones de su compañía. A punto de finalizar cada una de sus intervenciones, después de dar las gracias y despedir al público, pronunciaba las famosas palabras que ponían nerviosos a sus más fieles seguidores: “There is one more thing”.

Desde este escenario, y durante los últimos quince años, Steve Jobs presentó al mundo uno a uno los productos con los que Apple se convirtió no solo en la empresa tecnológica más grande y rentable del planeta —dejando en el camino a su antigua rival, Microsoft—, sino en todo un símbolo de la economía digital y la era del conocimiento.

Su renuncia la semana pasada como consejero delegado de la compañía pone fin a una de las carreras más brillantes en la historia empresarial de Estados Unidos. Un industrialista de la era de la información que ya comparte honores con los Ford, los Taylor y los Carnegie. Además de su éxito como empresario, Jobs deja en mi opinión tres legados que serán por los que se recuerde al genio de Cupertino.

En orden cronológico, el primero tiene que ver con haber tenido la visión para masificar y democratizar la revolución informática. Sucedió en la segunda mitad de los años setenta del siglo pasado. Cuando los ordenadores eran máquinas gigantescas, costosísimas y utilizadas principalmente en aburridas y rutinarias tareas empresariales. Con la introducción de el Apple II en 1977 y en mayor medida el Macintosh en 1984, Apple plantó cara al modelo informático industrial y abrió por primera vez una ventana al uso masivo de estas herramientas que muy pocos años después se convertirían en la piedra angular de un nuevo sistema económico y productivo. La educación, las comunicaciones, las finanzas, el periodismo, el cine, la música y hasta la propia democracia se verían afectadas por los cambios que introdujo esta revolución lanzada desde un garaje en Palo Alto.

La segunda gran aportación de Jobs vendría casi 15 años más tarde, después de haber sido apartado del mando de la compañía y, en el inter, haber lanzado el estudio de animación más exitoso de la historia, Pixar. Corría el cambio de milenio, Internet se extendía por todo el planeta y había un nuevo reto a resolver: ¿cómo dejar la rigidez e inmovilismo de los ordenadores personales para dar paso a dispositivos y plataformas más versátiles? Parte de la respuesta la daría Apple el 23 de octubre de 2001. El día que presentó la primera versión del iPod. Un reproductor de música digital que se convertiría en mucho más; la primera iteración en un largo proceso que una década después ha transformado no solo a la industria informática, también a la de la música, la telefonía móvil y la distribución de información. Primero el iPod, después el iPhone y finalmente el iPad el año pasado. Pocos saben que antes de que existiera el iPhone existía un proyecto muy avanzado para lanzar una tableta. Fue Jobs el que ordenó invertir las prioridades y salir primero con un teléfono —el tipo de decisiones estratégicas que hacen la diferencia en la ejecución de una compañía de esas dimensiones—. En 10 años, en suma, Apple consolidó un ecosistema móvil —dispositivos, aplicaciones, música, cine— que la convirtió en la compañía de medios más importante del mundo.

Lo que nos conecta con su tercer legado. Menos asentado que los dos anteriores, la transformación que Jobs ha forzado en los medios de comunicación marcará un punto de inflexión. Sobre todo en la prensa impresa. Tuvo que ser Apple la que puso en jaque a una industria complaciente y fosilizada que se negaba a reconocer que Gutenberg ya no tenía la clave de la distribución de la información. Además de la movilidad que aporta Apple, la compañía californiana ha introducido los soportes —físicos— y el discurso —estético, visual, filosófico— para reinventar por completo la forma en la que concebimos el storytelling de la información. Los cambios que hemos visto hasta ahora son solo el principio de un proceso que hará que en retrospectiva Gutenberg parezca un picapiedra prehistórico —el paréntesis Gutenberg, algunos ya lo llamaban—.

Han sido el tesón y la visión de Steve Jobs las que más han aportado para imaginar y darle forma al mundo después de la imprenta.