El desempleo, nueva y máxima prioridad de Obama

El empleo —o, mejor dicho, la lucha contra el desempleo— se  convierte finalmente en el blanco central del Gobierno.

Después de amagues y titubeos sobre cómo enfrentar el fenómeno, Obama convocó la semana pasada a los dos cámaras del Congreso —la tribuna más solemne— para presentar una iniciativa contra la ralentización económica y sus efectos sobre el paro. 14 millones de desempleados que se convierten desde ya y al menos hasta noviembre del año que viene en el centro de la discusión política.

El Gobierno dudó, y dudó mucho. Lo hizo después de la negociación del último presupuesto y nuevamente después de la batalla en el Congreso para elevar el techo de la deuda. El dilema era claro: utilizar las municiones disponibles para disparar en contra del déficit o hacerlo en la dirección del paro.

La elección, hasta la semana pasada, claramente había sido privilegiar la lucha contra el déficit como prioridad máxima. El empleo, creían los asesores de Obama, comenzaría a repuntar una vez que los nubarrones que lastran la confianza económica se disiparan.

Y así llegamos al verano. Esperando ver un repunte que no ha llegado y que coloca a la administración contra las cuerdas. Porque el fantasma de la doble recesión se asoma y porque la próxima elección presidencial está a la vuelta de la esquina.

El fondo del asunto, aunque complejo en sus imbricaciones, es relativamente sencillo de explicar y nos lleva al fondo de la lucha ideológica que está partiendo a Washington y sus instituciones por mitad. Obama ha sido arrastrado a un debate económico que no tiene sentido ni salida —solo contempla recortes y rebajas de impuestos— en un momento de extrema fragilidad. El consenso económico en este sentido es claro: sí, atajar el déficit es una asignatura clave y pendiente; pero hacerlo en el corto plazo y bajo las condiciones actuales no solo va en contra de la teoría económica más elemental, es evidente que cualquier avance que se haga con el déficit afectaría la recuperación. Cuestión de simples sumas y restas; solo el espesor ideológico actual podría convertir el asunto en un enredado debate partidista.

Esa es la encrucijada en la que se ha ubicado Obama durante buena parte del año. El presidente intentaba evitar la confrontación directa con el Congreso al tiempo que confeccionaba una vía alternativa por medio de la cual se construyera un consenso. Su estrategia no ha funcionado.

Es el famoso y recurrente debate en política de lo deseable vs. lo posible. Si algo se le puede reprochar a Obama en este sentido es la indecisión con la que ha enfrentado la disyuntiva; el tiempo que ha perdido y el espacio político que ha cedido a la oposición para utilizar el tema como moneda de cambio.

Finalmente, el jueves, después de cerrar agosto sin sumar un solo puesto de trabajo, Obama confrontó al Congreso directamente al presentar la propuesta más seria a la fecha para intentar bajar el porcentaje de paro. Un programa de alrededor de 200.000 millones de nuevo gasto que pone el énfasis en la construcción de grandes infraestructuras (autopistas, escuelas, trenes) e incentiva el empleo vía reducciones de impuestos (240.000 millones más). En total, una ley de casi medio billón de dólares que ha sido bien recibida, incluso por aquellos que critican al Gobierno de falta de ambición e imaginación económica.

Mejor tarde que nunca. Cierto. Pero quedan dos grandes incógnitas por resolver. Por una parte, saber cuál será el recorrido de la propuesta en el Congreso. Es decir, cómo la digerirá la oposición, hasta dónde trabajará con Obama y, finalmente, si se aprobará alguna versión de la ley que en un plazo no muy lejano tenga un efecto real sobre la economía. La segunda, puramente política, será valorar su papel en la elección presidencial: cómo será utilizada electoralmente y hasta qué punto se convertirá en el eje del debate y las propuestas.

Porque a catorce meses de los comicios si algo queda claro es que la única rendija abierta para que el Partido Republicano se cuele a la Casa Blanca es el mal estado económico y la consiguiente desesperación ciudadana. Intentará, cueste lo que cueste, sacarle partido y utilizar el desencanto para allanar el camino. Ese será el juego político de los próximos 14 meses.

1 Comentario

  1. John
    Publicado el 14 septiembre, 2011 a las 3:38 | Permalink

    Interesante artículo