La crisis económica que sepultó a la política

Además del desplazamiento del poder económico, uno de los efectos más importantes      —pero no plenamente visible todavía— de la crisis de los últimos cuatro años es el vaciamiento político de muchas de las instituciones que han regido el sistema económico internacional durante las últimas décadas.

No dejaba de resultar sorprendente la semana pasada que Timothy Geithner, secretario del Tesoro, hiciera un discreto llamado a las autoridades europeas para que pusieran su casa en orden. Les sugería, más en concreto y ante el pasmo del Viejo Continente, recetas específicas para aislar la crisis griega y tomar acciones decisivas que eviten el contagio. La sorpresa es producto de un cierto déjà vu que provoca encontrarnos, aparentemente, ante una situación en la que Estados Unidos tendría que ir, nuevamente, al rescate de Europa.

El lunes, era el propio Obama el que recriminaba a los líderes europeos no estar a la altura con la respuesta a una crisis que se ahonda y prolonga bastante más de lo necesario. La crisis europea, decía, “está asustando al mundo”. Asusta, en gran parte, porque Estados Unidos puede hacer muy poco al respecto.

El trasfondo del asunto es claro: han desaparecido los mecanismos que durante las últimas seis décadas dotaron al sistema internacional de una fuerza de reacción política rápida (y decisiva) que brindó seguridad y previsibilidad. Del desmantelamiento del patrón oro en 1971 a la crisis del petróleo en 1973 pasando por las diversas recesiones de la segunda mitad del siglo XX, el sistema contaba con los resortes necesarios para reaccionar y tomar medidas decisivas capaces de solventar grandes —y graves— problemas.

La crisis política tiene su origen, evidentemente, dentro de los propios contextos nacionales. En lo que el economista turco Dani Rodrik llama con atino “la crisis de la imaginación fiscal”. Es decir, la falta de creatividad por parte de los políticos para utilizar a las instituciones del Estado para crear nuevos mecanismos que proporcionen estabilidad económica. De la financiación de largo plazo de la seguridad social a esquemas fiscales flexibles capaces de evolucionar con los tiempos económicos.

Aunque la crisis actual no se pudo haber evitado simplemente con mejor coordinación entre países, la prolongación y ahondamiento que vivimos ahora sin duda tiene todo que ver con la falta de respuestas políticas serias. Tanto en Europa como en Estados Unidos como, en menor medida y de diferente manera, en diversos países emergentes clave.

Hemos pasando, en otras palabras, de un G-7 compacto y razonablemente eficaz, a estructuras  informales como el G-20, los BRIC o, incluso, la Chimérica —o G-2— de Niall Ferguson, que no terminan ni de establecerse ni de, peor aún, mostrar su viabilidad. Digo esto sin nostalgia por el liderazgo del pasado —es más que evidente que hoy día es inoperante—; lo utilizó simplemente como contraste a una coyuntura que destaca, sobre todo, por el desfondamiento de lo político —mucho más que de lo económico—.

Lo que nos devuelve al tema con el que comencé. La crisis ha puesto en evidencia  la virtual desaparición de esa estructura —la pregunta que queda para los historiadores es si la crisis simplemente lo puso en evidencia o si en realidad fue la propia crisis la que dio al traste con los mecanismos—.

En un mundo económicamente hiperconectado pero sin los resortes políticos para hacer frente, incluso una economía como la griega puede provocar el efecto dominó que termine por desintegrar Europa —y hundir al resto del mundo en una depresión—.

Ese era el escenario que se discutía la semana pasada en Washington en las reuniones de otoño del Fondo Monetario Internacional. Ante el impasse político y la necesidad de encontrar salidas rápidas, entre las opciones que se barajan está la creación de un fondo para ayudar al Banco Central Europeo a comprar deuda financiado por los BRIC.

Un escenario impensable hace solo seis meses. Un síntoma de la falta de imaginación política. Una prueba irrefutable de que el mundo ya no es lo que era.