Asia en el nuevo orden internacional

En la academia, la prensa, incluso en las cancillerías más avispadas, el desplazamiento del poder político —y, de otra forma, el económico— del  epicentro atlántico al pacífico se ha convertido en todo un tópico; en toda una categoría de análisis y diagnóstico de los tiempos que vienen. Europa cae, Estados Unidos pierde poder y Asia sube imparablemente. Según una encuesta reciente, el 70% de los americanos cree que China ya es o muy pronto será la potencia económica y política dominante —disculpemos la ignorancia de la opinión pública estadounidense, las cifras cuentan otra historia—.

El tema se ha convertido, pues, en un estribillo de medios de comunicación y aspirantes a adivinos en la academia cuyo análisis nubla en muchas ocasiones la posibilidad de entender con claridad qué es lo que en verdad ocurre.

En parte, por ello, el artículo que firma la Secretaria de Estado Hillary Clinton en el número más reciente de Foreign Policy representa una buena oportunidad para valorar el tema y entender mejor cómo está analizando en términos estratégicos el ascenso de Asia el Departamento de Estado.

Quizá algunos no lo recuerden, pero Estados Unidos tiene ya un larga trayectoria en Asia. Del delta del Mekong al paralelo 38 en Corea a las más de 50.000 tropas que mantiene al día de hoy repartidas por el continente —sobre todo en Japón y Corea—. Una presencia de más de medio siglo cuyo principal objetivo ha sido indudablemente de índole militar y de seguridad. Una presencia que se diseñó después de la segunda guerra mundial.

El largo artículo de Clinton se podría entender como un resumen de cómo Foggy Bottom está actualizando su pensamiento sobre esta región y cómo, sobre todo, cree necesario darle un nuevo giro a la estrategia. Pasar de la presencia militar y los objetivos de seguridad a una relación más amplia e implicada.

El crecimiento económico de Asia en las últimas dos décadas es indudable. China, sobre todo, ha convertido la modernización económica en su gran proyecto nacional (lejos está todavía, sin embargo, de las cifras y estabilidad necesaria que la colocarían en el nuevo epicentro económico; la historia del ascenso chino, hasta ahora, destaca sobre todo por la rapidez con la que ha sacado a cientos de millones de personas de la pobreza y la habilidad con la que se ha insertado en la cadena de producción mundial). Clinton reconoce este hecho plenamente y llama a construir una nueva arquitectura internacional que lo tome en cuenta.

¿En qué se traduce? En esencia, en mirar más allá de las instituciones creadas después de la segunda guerra mundial. En mirar, en otras palabras, más allá de las instituciones que el propio Estados Unidos construyó para apuntalar el orden internacional después de la guerra. La importancia del texto de Clinton radica principalmente en que se reconoce plenamente esta necesidad y aporta las primeras calves sobre la reconfiguración que viene. Un escenario, dice la secretaria de Estado, pensando a 60 años vista.

Una reconfiguración que será larga y sinuosa pero que tendrá que desembocar más pronto que tarde en un nuevo sistema para gobernar los asuntos globales.

Por lo pronto, Clinton coloca sobre la mesa tres temas prioritarios para Estados Unidos.

La integración económica. Se tendrán que encontrar mecanismos para integrar plenamente a Asia en el mercado mundial. Dotar al continente de derechos y garantías a cambio de poder exigir una serie de responsabilidades de su parte. Temas como los derechos laborales, el respecto a la propiedad intelectual, la política cambiaria y el acceso a los mercados dominan este apartado.

La coordinación militar. China se convierte rápidamente en la única contraparte del ejército estadounidense. Con la claudicación Europea en asuntos de seguridad (la razón principal, en mi opinión, por la que el continente ha perdido poder político) China se perfila como el único otro actor de peso en asuntos militares en el mediano y largo plazo. Por ello, la evolución de la relación entre los dos ejércitos será clave para entender la seguridad en el siglo XXI.

Y, finalmente, la lucha en contra del cambio climático y la búsqueda de un modelo de consumo sostenible y planetario. Aquí también China se convierte en un actor imprescindible. Con más de una séptima parte de la población mundial —Asia tiene más de la mitad—, las soluciones al problema pasan necesariamente por algún tipo de consenso con Pekín. Estados Unidos lo sabe y busca ya mecanismos para abordar el problema.

Una hoja de ruta de largo plazo, en suma, que anuncia una reconfiguración del orden internacional profunda y de largo aliento que ya ha comenzado.