Los movimientos de ocupación en contexto

Mucho se ha debatido en las últimas semanas sobre los movimientos de ocupación: sus orígenes, métodos, objetivos; su eficacia política y blancos principales. Algunos incluso preguntan: ¿son la primavera árabe del mundo occidental? Más aún, ¿dónde ubicar a estas protestas en el contexto más amplio de los efectos que las tecnologías de la información están trayendo a la organización política y las nuevas dinámicas de la esfera pública?

Después de la protesta mundial del 15 de octubre, The Economist incluso enfrentó a la primavera árabe con Occupy Wall Street y determinó que el movimiento en Estados  Unidos era “la primera verdadera revuelta de las redes sociales”. Una afirmación que no solo es tendenciosa, confunde términos al comparar peras con manzanas.

Con el fin de poner orden en este debate y aclarar algunas confusiones, propongo tres categorías para analizar y entender los distintos tipos de movimientos que hasta ahora han utilizado con éxito el nuevo arsenal de medios y formatos de comunicación para avanzar una agenda política.

Por trillado que suene en 2011, Barack Obama fue el primero que supo utilizar e implementar una estrategia que aprovechó plenamente las ventajas de los nuevos formatos. Obama estableció los parámetros de cómo los partidos y los cargos electos utilizan las nuevas vías de comunicación para relacionarse con sus electores. En su iteración más reciente, Obama 2012, la campaña se encuentra experimentando con tecnologías que en 2008 muy pocos habían siquiera escuchado. Data science y micro targeting vía los historiales de navegación de los usuarios son dos ejemplos. Sin embargo, el paso de los años ha demostrado que el alcance de este modelo se circunscribe a la política electoral (recaudación de fondos, circunvalar a los medios de comunicación, retar a las estructuras tradicionales de un partido, organización electoral sobre el terreno, etc.)

El segundo modelo, lanzado desde las calles del mundo árabe, se ubica en las antípodas de la versión Obama. En Túnez, Egipto, Libia y en menor medida Siria y Yemen, las tecnologías de la información fueron utilizadas para ayudar a provocar un corto circuito en el proceso político. Sirvieron como acelerador de la indignación social al punto que la fuerza y velocidad que tomó el propio proceso provocó la implosión inesperada en la cúpula de los regímenes.

En cuanto a las formas específicas en las que se utilizaron las tecnologías de la información, la primavera árabe fue un modelo mixto de nuevos y viejos medios que se contagiaron unos a otros en un círculo virtuoso. Primero vía Al Jazeera y después a través de una variedad de nuevos canales que amplificaron y extendieron el mensaje. El elemento clave —y nuevo— en este caso es la explosividad que puede provocar la mezcla de conflictos sociales arraigados con formas de comunicación más rápidas, ubicuas y bidireccionales. La debilidad política en contextos autoritarios cobró todo un nuevo significado.

Por último, los movimientos de ocupación. La diferencia más importante en este caso es que surgieron en democracias asentadas. Primero en España y después en Estados Unidos —los dos movimientos con más fuerza hasta el momento; ninguna relación ni con los disturbios del verano en Reino Unido ni con las protestas estudiantiles de Chile, dos casos que con frecuencia se incluyen de manera equivocada en esta ecuación pero que sin embargo tienen una naturaleza y origen muy distintos— la indignación ciudadana encontró la fuerza de la esfera pública en red. El elemento verdaderamente nuevo de estas protestas es su composición —es decir, cómo se estructuran—. Personas de ámbitos muy diversos unidos en  una causa política amorfa y poco definida en la que importa más el valor mismo de la manifestación que la especificidad de la agenda de reivindicaciones. En palabras del filósofo Slavoj Žižek, en esta nueva lógica de participación, se “ocupa primero, después se exige”.

A pesar de su corta existencia, estos movimientos ya han tenido éxitos importantes. Comenzando por la reincorporación de la creciente desigualdad económica al discurso político y continuando con haber puesto en evidencia el hambre ciudadana por un proceso democrático distinto al actual. El proceso, mucho más que el sistema económico, está en la diana de la indignación. Al final de cuentas, dice Jan-Werner Mueller de Princeton, “se trata de una reafirmación de la democracia liberal, y no de una revolución antisistema, mucho menos de nihilismo político”.

En última instancia, la importancia de los indignados en España o de Occupy Wall Street radica en una idea tan abstracta como potente: la desacralización de la política. De las formas, ritos, tiempos y espacios cooptados por los políticos profesionales y su proceso. El objetivo es evidenciar la disfunción de la construcción del consenso político y desmitificar las alternativas. Para Glenn Greenwald de Salon, se trata de “instigar una dosis saludable de miedo en las elites”. En otras palabras, de devolver a la política al centro del espacio público.

Tres modelos, tres experiencias, tres claves sobre el futuro de la política.