La desigualdad económica se incorpora al discurso

A Tomás Segovia, siempre indignado, a quien la vida inexplicablemente me acercó en sus últimos años.

El mensaje del parque Zuccotti comienza a calar: la desigualdad económica, como hacía mucho tiempo no sucedía, se incorpora al discurso. Al discurso político, al de los medios de comunicación, al de charlas y conferencias, al de discusiones en parques y cafés.

El mundo desarrollado —particularmente Estados Unidos— tiene un problema. La riqueza se concentra cada vez en menos manos. Sobre todo, la riqueza que proviene de nuevas fuentes surgidas en las últimas tres décadas —un amplio espectro que va desde productos financieros extremadamente sofisticados a toda una nueva área de la economía de servicios y productos basados en la información—.

El problema es complejo, profundo y en muchos sentidos inusitado.

Estamos ante un nuevo tipo de desigualdad. La que genera el desarrollo y éxito económico desbordado. Es decir, la economía, en el sentido más amplio y en términos generales, va bien: crece, se diversifica, innova. El problema radica, más bien, en cómo se ha gestionado esa expansión. Sobre todo, desde el estado. En cómo se ha regulado —o dejado de regular—; en cómo se han adaptado —o dejado de adaptar— las instituciones a las nuevas formas de generación de riqueza; en cómo la propia sociedad ha digerido un cambio tectónico y extremadamente rápido en la forma de trabajar, vivir y producir.

En semanas recientes The New York Times ha hecho una gran labor poniendo cifras y nombres a algunos de los fenómenos que describo. Catherine Rampell —joven promesa del periodismo económico—, por ejemplo, se ha encargado de medir e investigar las nuevas formas de desigualdad. Documenta y compara en un ejercicio reciente el crecimiento del PIB a lo largo de la última década y el crecimiento del salario promedio. De Finlandia (,79) a Estados Unidos (,26) a Canadá (,00), el salario promedio creció muy por debajo del tirón del PIB. Sabrina Tavernise, por otra parte, ha investigado cómo los suburbios —tradicionalmente remansos de paz y prosperidad— se están convirtiendo en periferias fantasma —en los últimos años más de siete millones de familias han sido desahuciadas, muchas de ellas en los suburbios de clase media construidos durante el boom de la posguerra—.

Se trata, como decía, de un fenómeno complejo que atañe a la estructura misma del sistema y sus limitaciones. Mucho más que una crisis, recesión o incluso depresión, pareciera que en efecto nos asomamos a un cambio de paradigma que transformará buena parte de la organización social. Escribiendo en ese mismo sentido, The Economist recientemente atribuía los problemas de empleo en Estados Unidos no a un simple bajón económico, sino “a un cambio permanente y abrupto provocado no por la falta de desarrollo tecnológico, sino por un exceso”.

El semanario inglés apunta hacia la falta de capacidad institucional para digerir y darle cauce a estos cambios. Otra manera de verlo es que estamos utilizando esquemas e instituciones de un paradigma anterior para resolver los problemas del siguiente.

La creciente desigualdad económica en las economías avanzadas surge como una primera señal de un problema más amplio que va más allá de crisis estacionales o modelos económicos. Surge como anuncio de los efectos vertiginosos de un extraordinario desarrollo económico y tecnológico mal gestionados.

Es Paul Krugman el que mejor logra enmarcar el significado amplio de esta nueva desigualdad. El problema de fondo, escribe, “es que la concentración extrema de recursos se vuelve incompatible con la democracia verdadera”.

La frase, que dice más de lo que aparenta, es aplicable a Estados Unidos. Es aplicable a las democracias asentadas que no están gestionado bien la transformación. Y es aplicable también a países grotescamente desiguales que se congratulan satisfechos por el simple hecho de convocar a las urnas.