En defensa del estado

¿Qué hacer en medio de la tempestad? Cómo enfrentar un temporal que no remite: la fuerza de los mercados arrasa al tiempo que la política se muestra incapaz no solo de enfrentar el fenómeno, sino simplemente de identificarlo y diagnosticarlo correctamente.

La respuesta más obvia, la que siguen la mayor parte de las economías desarrolladas, son las medidas de choque de manual de economía: recortes, reformas laborales, austeridad pública. Las ventajas y desventajas de esta aproximación son múltiples y no son tema de esta columna, están ampliamente abordadas en la literatura económica.

Lo que sí me interesa aquí es centrar la mirada sobre aquellos que están pensando más allá de la crisis; en aquellos que intentan descifrar las lecciones que deja el vendaval a su paso e imaginar el mundo que viene.

David Held de la London School of Economics lleva ya algún tiempo hablando del “cosmopolitismo” como alternativa para enfrentar la creciente complejidad de un sistema económico que carece de un correlato político. En un ensayo reciente titulado “From the American Century to a Cosmopolitan Order”, Held actualiza su ideario incorporando al cóctel tradicional de globalización y mercados los efectos de las tecnologías de la información en la política.

El argumento de Held, en síntesis, es que la raison d’état como lógica operativa del estado ha dejado de servir a los intereses del…estado. La lógica de la visión es estrecha —no mira más allá del estado— y, en mundo conectado en red, se vuelve peligrosa e inoperante. ¿Qué hacer? Actualizar la definición de lo que significa el interés de estado.

Anne-Marie Slaughter de la universidad de Princeton —ex directora del departamento de Planeación Política del Departamento de Estado—, por otra parte, es una de las académicas más activas desarrollando nuevos conceptos que ayuden a enfrentar el mediano y largo plazo. A Slaughter le preocupa sobre todo la escaza flexibilidad del estado y sus instituciones: de acción, de adaptación, de capacidad de corrección. Le preocupa que las fuentes tradicionales de gobernanza están siendo socavadas por nuevos mecanismos —información bidireccional, nuevas vías de participación política, fórmulas de rendición de cuentas más eficaces—. La solución, le queda claro a Slaughter, no pasa por intentar mitigar los cambios, sino por la adaptación de las instituciones.

Para ello, ha acuñado brillantemente el término “estados Lego”. Esto es, la transformación del estado pesado y monolítico que ha dominado la vida de las naciones durante los últimos siglos a uno más versátil e intercambiable que se reconfigure dependiendo de las necesidades del momento.

La propuesta, que no se malentienda, no tiene nada que ver con la dieta de adelgazamiento del estado tradicionalmente predicada por la derecha. El punto, en este caso, no es reducir el tamaño del estado como fin en sí mismo. Se trata, más bien, de buscar mecanismos que lo doten de agilidad, relevancia, capacidad de reacción. Si para ello se requiere eliminar ministerios, se eliminan; si se necesitan más ingresos, se elevan los impuestos; reorientar competencias, se transfieren.

Slaughter va más allá de la lógica nacional e imagina un escenario internacional en el que la calidad de la gobernanza proviene de la agilidad con la que estas piezas reconfigurables se relacionan e interactúan. Más que alianzas o bloques de países —la OTAN, el Pacto de Varsovia, el G-7, G-8, G-20…—, la configuración de un nuevo orden internacional podría depender del éxito o fracaso que tengan los estados para fomentar este tipo de interacción entre sus instituciones.

Desde hace algunos años mi propio trabajo de investigación juega con la idea de lo que llamo “estados modulares”. Surgido de la funcionalidad con la que el diseño (sobre todo escandinavo) resuelve temas de mobiliario y espacios físicos, el concepto propone repensar el diseño institucional del estado para que se asemeje más a un sistema de módulos intercambiables que se integren mejor y complementen sus funciones. En sumar múltiples piezas ligeras, versátiles y multifuncionales que supondrían lo opuesto al bloque burocrático e ineficaz en el que se ha convertido el estado.

Porque a pesar de su crónico mal desempeño, el estado continúa siendo sin ninguna duda el núcleo rector más eficaz para resolver los conflictos sociales.