La propiedad intelectual ya no es lo que era

¿Como están cambiando las formas en las que se disemina la información? En las que se intercambia, transmite y, especialmente importante, se regula. No solo en los medios de comunicación, sino también en la academia, la enseñanza, las editoriales, la ciencia, entre muchos ámbitos más.

De todos los cambios provocados por la irrupción de las tecnologías de la información y las sociedades conectadas en red, en la base, en las implicaciones que vertebran el sentido de buena parte de los cambios, está la forma en la que se disemina la información. Es decir, los mecanismos —institucionales y no institucionales— mediante los cuales se transmite el conocimiento.

La importancia del tema ahora es que los sistemas y mecanismos que han regido las distintas formas de transmisión están siendo barridos por nuevos formatos y prácticas para acceder al conocimiento. El problema no se reduce solamente al modelo de negocio de la prensa impresa y si permite o no el libre acceso a sus contenidos. Si nos detenemos a pensarlo, ese mismo dilema manifestado de otras formas se extiende a incontables ámbitos más.

En una charla el lunes en la escuela de derecho de Harvard, Jonathan Zittrain, Lawrence Lessig y John Palfrey —tres académicos que estudian el tema desde ángulos y preocupaciones distintas—, hablaron sobre lo que quizá representa el mayor obstáculo a las nuevas dinámicas de diseminación: la propiedad intelectual. La propiedad intelectual entendida como el marco rígido de reglas y regulaciones que ha sido utilizado hasta ahora para determinar cómo y en qué circunstancias se establece la autoría de una obra y sus vías de explotación y propagación. Se trate de una canción, una vacuna, una información en un periódico o un artículo académico.

La combinación de nuevas herramientas de diseminación y marcos de creación más flexibles están convirtiendo a los esquemas de propiedad intelectual pre digitales en verdaderas barreras al intercambio y difusión del conocimiento. Lo interesante de asistir a la charla fue ver cómo un templo del conocimiento como se considera a sí mismo Harvard, comienza a rendirse lentamente a unas exigencias impuestas por un modelo de distribución radicalmente distinto que le obliga a cambiar.

Irónicamente, la academia —y de manera más amplia la educación— se encuentran a la zaga cuando de apertura e innovación se trata. Los modelos adoptados hace un lustro (o más) por industrias como la de la música, el cine o la informática, tímidamente comienzan a ser ensayadas por una academia cerrada y conservadora que se niega a cambiar.

El ejemplo más concreto —y vergonzante— es de las publicaciones especializadas. Un coto terriblemente restringido que continúa funcionando con los esquemas verticales y centralizados del siglo pasado. La educación superior se niega a adaptarse y abrir su ecosistema de conocimiento a nuevas formas de diseminación.

Aunque a primera visita pudiera parecer como un problema de un ámbito concreto sin implicaciones para el resto, en realidad no lo es. No lo es cuando caemos en la cuenta de que una buena parte de la producción actual pasa por alguna forma de transmisión de conocimiento; cuando el mundo funciona por medio de una compleja red de patentes, licencias y otras formas de control que tienen un impacto directo tanto en la producción de un país como en la influencia que ejerce.

El asunto de fondo es cómo se están enfrentando los gobiernos a esta cuestión. ¿Tienen una estrategia al respecto? ¿Su legislación sobre el tema es ágil y flexible? ¿Incorpora los esquemas más actuales para proteger la propiedad intelectual al tiempo que permite compartir conocimiento y añadir valor sin asfixiar la innovación y el emprendimiento?

Una de las claves del desarrollo económico de las próximas décadas está allí. Se avecina una forma muy distinta de gestionar el capital intelectual. Pocos países se toman el tema con la seriedad debida. Estados Unidos comienza a hacerlo. El resto, como ya es costumbre, marcha por detrás.