Las infraestructuras como metáfora

Al hilo de mi comentario de la semana pasada sobre el valor de lo público y la menor importancia que se le atribuye hoy en el discurso político, me centro ahora en aquello que lo une, conecta y vertebra. Las infraestructuras. En el sentido más amplio del término; entendidas como el sistema nervioso que articula los espacios públicos. De las carreteras y calles de las ciudades, a los parques, plazas y aeropuertos. Me centro, más en concreto, en su desastroso estado.

Cuatro viajes recientes en pocos días al aeropuerto Kennedy de Nueva York consiguieron que mi aprecio y admiración por la eficacia y organización estadounidense cayeran a sus niveles más bajos y provocaran dudas sobre hacia dónde se dirige el país cuando no puede mantener en buen estado sus infraestructuras básicas.

El aeropuerto Kennedy me parece una buena metáfora del estado general de un país que ha dejado de lado —tanto en la práctica como en el discurso— la importancia de esos espacios colectivos que además de unir y vertebrar potencian la innovación y el desarrollo económico.

En pocas palabras, Kennedy es un desastre. El estado de las terminales, el transporte entre ellas, las aglomeraciones, los filtros de seguridad, el funcionamiento general y eficacia con la que opera el aeropuerto. Demoras, vuelos desviados, conexiones perdidas. Características que se asocian normalmente a países en vías de desarrollo que nunca han tenido la capacidad institucional para montar y operar este tipo de infraestructuras. Lo sorprendente de Kennedy es que no era así.

Su deterioro es la imbricada historia de la mala gestión pública, las miras de corto plazo y, aunque suene contradictorio, el éxito económico.

Construido en los años cuarenta del siglo pasado, el aeropuerto se convirtió en uno de los más transitados del mundo (50 millones de pasajeros al año) y en un punto clave de la red de comunicación internacional entre América y Europa. Una infraestructura estratégica que se ha ido deteriorando progresivamente ante el pasmo de políticos y autoridades locales que no quieren asumir el coste (político en muchos casos) ni las implicaciones de lo que significaría actualizar y mantener al día un aeropuerto de esas dimensiones.

Sucede lo mismo con las carreteras del país. La red interestatal, construida principalmente a partir de 1956 con el Federal Aid Highway Act de Eisenhower —un proyecto de más de 25.000 millones de dólares y 30 años de construcción—, se encuentra hoy en un estado de deterioro que era inimaginable hace 20 años.

La comunicación entre las ciudades empora, el tiempo que las personas emplean para moverse de un sitio a otro aumenta y la vida económica se ralentiza. Estados Unidos es el tercer país del mundo —detrás de Hungría y Rumanía— en el que las personas pasan más tiempo realizando traslados. En términos de seguridad, el país registra un 60% más de accidentes que el promedio de los países de la OCDE.

¿Cómo explicarlo? En parte, con esta cifra. En 1956 Estados Unidos invertía más del 3% del producto interno bruto en obras relacionadas al transporte. Medio siglo después la cifra se ubica a penas por encima del 1%. Dos puntos porcentuales que cuando se trata de obras de esta envergadura hacen una gran diferencia.

Y así nos podríamos extender con incontables ejemplos más de cómo a lo largo de las últimas décadas el país ha abandonando progresivamente el cuidado de sus infraestructuras. Se trata, insisto, de solo un síntoma dentro de un fenómeno más amplio.

El abandono de lo público. La perdida de confianza en las grandes empresas colectivas. De la falsa noción política de que el desarrollo económico siempre se contabiliza en dólares y centavos.