Hitch, el americano

“¿Alguien podría imaginar cómo hubiera transcurrido la primavera árabe si un estado Árabe, rico en petróleo y armado hasta los dientes, con un historial de intervenciones en países vecinos y represión directa en contra de la sociedad civil, fuera todavía propiedad privada de una familia sádica y criminal?”

El que formula la pregunta es Christopher Eric Hitchens. Mejor conocido como Hitch. Perversamente, la lanza en pleno 2011, en un último intento de cuadrar el círculo y encontrar alguna justificación a posteriori de su desquiciada defensa de la invasión de Irak en 2003.

Hitchens, que murió la semana pasada de un cáncer de esófago, fue el epitome del intelectual público: comprometido hasta la muerte con sus causas —llevó durante años la bandera iraquí en la solapa—, severo, multidisciplinar, capaz de abordar y argumentar hasta el cansancio temas tan diversos como el aborto, el rol de la tortura en la guerra —él mismo se sometió a una simulación de ahogamiento para escribir sobre el tema—, el papel de Henry Kissinger en la historia del siglo XX o los tratamientos de belleza en la cultura contemporánea —para ello se rindió ante el spa de un hotel Four Seasons en California en donde le practicaron una depilación brasileña—.

Escritor inagotable que lo mismo le daba firmar un largo perfil de 7.000 palabras para Vanity Fair que una crónica corta para The Nation, una entrada escrita a botepronto para Slate o un devastador ensayo sobre el “fanatismo fraudulento” de la Madre Teresa de Calcuta. Le daba también igual si lo hacía por escrito, en un debate público, en una televisión o en la radio. Heredero de la gran tradición y el gusto por el debate británico, Hitchens no dejaba títere con cabeza. Disparaba contra lo que se le colocara enfrente; y lo hacía con tal gracia e inteligencia que solía trasquilar y dejar expuestos y al desnudo a la mayor parte de sus interlocutores.

Hitchens me interesó sobre todo por lo que llamaría su conexión americana. Es decir, su vínculo y decisión de adoptar a Estados Unidos como país de residencia y eje de su compromiso político. Se mudó a principios de los años ochenta, cuando los cimientos de la revolución conservadora se comenzaban a colocar. Vivió en primera fila el arco que se extendió en un extremo de Reagan y el fin triunfalista de la guerra fría a, en el otro, el pesimismo que se ha instalado en el país al comienzo de la segunda década del tercer milenio. En una entrevista con la BBC en torno a 2002 (que recupero directamente de la memoria), lo recuerdo describir el ambiente asfixiante y cerrado del Reino Unido de aquella época y lo refrescante que le resultó cruzar el Atlántico para instalarse en un nuevo país.

La figura de Hitchens como provocador e intelectual público en Estados Unidos se enmarca dentro de una tradición que admiro y a la que no siempre se le da la importancia que merece. Me refiero a una larga lista de periodistas y pensadores británicos que han participado directamente del debate político interno de Estados Unidos y contribuido de manera significativa a elevar su nivel. Desde los más nuevos: Andrew Sullivan, Niall Ferguson, el propio Hitchens; hasta otros como Paul Kennedy, Simon Schama, Tony Judt, Timothy Garton Ash (que aunque no vive en el país participa activamente), Tina Brown y Harold Evans, entre varios más. Todos precedidos por el iniciador de la gran tradición: Alistair Cooke. El mítico corresponsal de la BBC en Nueva York.

Hitchens, sin embargo, forjó una identidad propia que combinaba vida académica, periodismo, el mundo del jet-set, los medios de comunicación y la alta política de Washington. Las fiestas en su casa de Columbia Road en la zona de Adams Morgan de la capital fueron míticas. Lograba sentar en la misma mesa a figuras tan disímiles como Newt Gingrich, Ian McEwan y Gore Vidal. En varias ocasiones llegué a verle paseando por el barrio con apariencia desubicada y pasos que sugerían que los litros de whisky que algunos aseguraban deglutía religiosamente todos los días eran algo más que leyenda urbana.

Si hubiera que resumir al personaje —Hitchens era sobre todo eso, un gran personaje— en una frase, me quedo con la que utiliza The Economist: “The struggle against bullshit”. Resume su carrera como una batalla permanente por poner en evidencia al tonto, al bufón, por derribar el halo de santidad de líderes y gobernantes que sea por ineptitud, negligencia o tergiversación histórica, Hitchens creía no merecían respeto alguno.

La frase del semanario es perceptiva sobre todo porque tiene una doble intención. Sí, Hitchens persiguió a los hacedores de mierda toda su vida: los cazó, diseccionó y expuso. Pero, en su empeño por navegar contracorriente y aplastar a sus contrincantes en la batalla de las ideas, “la mierda le terminó alcanzado”. Le alcanzó en su férrea —y retorcida— defensa de la invasión de Irak. Pero no solamente. También en otros temas en los que el vicio definitivo de Hitchens —pensar— terminó convirtiéndose en un afrodisiaco tan potente que una y otra vez le hizo confundir la realidad con el éxtasis que puede producir el placer del razonamiento.