La lente de Peter Sekaer

El International Center of Photography de Nueva York exhibe parte de la obra de Peter Sekaer. Una buena oportunidad para conocer a un fotógrafo danés de época que transita poco fuera de los círculos de expertos. Más aún, una buena oportunidad para adentrarnos en una época de la historia estadounidense marcada por la obsesión por registrar y documentar los duros años de la Gran Depresión.

Sekaer lo hizo con una lente atenta y fresca que le permitió mirar al país con nuevos ojos y develar cómo enfrentaba esos difíciles años que transcurrieron entre 1935 —cuando los efectos de la crisis se habían manifestado plenamente— y 1945 —cuando terminaba la guerra y el país emergía no solo victorioso, sino listo para liderar al mundo occidental—.

Entrenado como pintor de carteles en Dinamarca y solo después habiendo descubierto la fotografía, Sekaer es una rara avis dentro del grupo de fotógrafos que documentaron exhaustivamente y por comisiones del propio gobierno los perversos efectos sociales de la primera gran crisis económica de la era industrial. Entre ellos, Walker Evans, Robert Frank, Berenice Abbott y Dorothea Lange.

Sekaer no solo tiene un perfil más bajo que el resto del grupo, nunca se terminó de reconocer en vida la talentosa mirada con la que viajó por medio Estados Unidos retratando la vergonzante segregación del sur, las reservas indígenas del oeste, las ciudades perdidas del medio oeste.

En la exposición de Nueva York la obra exhibida se centra en el trabajo que hizo para la Farm Security Administration, una agencia federal creada en 1935 por Roosevelt encargada de luchar contra la pobreza rural.

Un aspecto a resaltar de Sekaer —y de varios otros de los fotógrafos mencionados— es que trabajaron bajo los auspicios de diversas agencias del gobierno federal interesadas en documentar la depresión. En un doble sentido. Por una parte, recolectando evidencias que contribuyeran a explicar mejor la realidad sobre el terreno y, por tanto, el diseño de políticas públicas en el futuro. Y, por otra, para dejar un testimonio gráfico de la época —difícil imaginar hoy a una agencia federal interesada en hacer lo mismo, ni siquiera el National Endowment for the Arts—.

Entre varios más, los programas que establecieron a toda una generación de brillantes fotógrafos de entreguerras fueron financiados por la Rural Electrification Administration, la United States Housing Authority, la Office of War Information y la Resettlement Administration. Marcado contraste con la situación actual —en algunos sectores en Washington se debate seriamente eliminar el Departamento de Educación—.

Sekaer viajó durante varios años por algunas de las regiones más inhóspitas y las ciudades más pobres. El French Quarter de la Nueva Orleans de los años treinta es documentado extensamente. Su vida cultural, su arquitectura, los efectos visibles de una crisis que provocaba que sectores enteros de la ciudad se despoblaran. Las calles sin asfaltar en otras zonas (principalmente habitadas por negros) también aparecen. En sus fotografías de la vida rural, Sekaer logra captar la lenta agonía de una forma de vida que no volvería jamás y que al cabo de las siguientes décadas desplazaría a millones de personas a las grandes ciudades en uno de los procesos de transformación social más convulsos.

La gracia de Sekaer —en la estela de fotógrafos como Robert Frank— fue su condición de outsider mirando hacia adentro de una cultura y forma de vida que supo traducir en reveladoras fotografías.

En una de ellas, de 1936, en Cleveland, Sekaer enfoca sobre cuatro mujeres del Salvation Army que tocan música en una plaza para recolectar dinero. El encuadre es preciso, las miradas perdidas reveladoras y el marco amplio de un país en crisis que salía a la calle no solo a mostrarse solidario con el vecino, sino también a reconstruir conjuntamente los lazos sociales, implícito. Sekaer, como pocos, cuenta estupendamente esa fascinante historia.