Iowa: Comienza la caza de Obama

Comienza oficialmente el proceso de nominación del Partido Republicano. El caucus de Iowa celebrado ayer es el pistoletazo de salida del proceso de selección del candidato que se medirá ante Obama el próximo 6 de noviembre. Más de 50 elecciones distintas, cientos de millones de dólares en publicidad, la convención del partido a finales de verano y un puñado de candidatos en liza.

El Partido Republicano llega a las primarias envuelto en una extraña paradoja: por una parte, el bajo índice de aprobación de Obama, la renqueante economía y dos años de profunda división política en Washington apuntarían hacia el fin de ciclo y el subsiguiente relevo en el poder. Por otra, sin embargo, el partido no solo no ha sido capaz de ejercer una oposición propositiva y rica en ideas, ha sido incapaz también de presentar a candidatos a la nominación creíbles capaces de trascender los tópicos ideológicos más sórdidos del partido.

El proceso de nominación ha sido un pendular constante entre lo gracioso y lo peripatético. De tomar con seriedad durante meses —años incluso— las aspiraciones de Sarah Palin a incorporar a las filas de los aspirantes a Herman Cain —un empresario de éxito que proponía simplificar la operación del gobierno con algunas de las fórmulas que le ayudaron a montar una cadena de pizzerías—.

El año y poco más que ha transcurrido en la previa a las primarias se ha consumido sobre todo en batallas ideológicas internas de cada uno de los candidatos que han tenido como único objetivo demostrar su pureza ideológica y su apego a un credo que en momentos ni siquiera la historia del propio partido refleja. No solo ha sido Sarah Palin y sus burdos gestos a la base más conservadora. Michele Bachmann, por ejemplo, aunque disminuida y sin la atención mediática que tuvo durante el verano, sigue en la contienda. La congresista de Minnesota se erigió como estandarte y garante de unos valores conservadores que después el resto de los candidatos han estado obligados a igualar. En otras palabras, hasta ahora la nominación se ha caracterizado por lo que en Estados Unidos llaman “race to the bottom”: bajar el listón de las ideas y propuestas al mínimo denominador común.

Rick Perry, gobernador de Texas, fue otro de los candidatos que cayó víctima de esta dinámica. Se fulgurante ascenso tan pronto lanzó su candidatura fue tan espectacular como su caída. Perry intentó asegurar la nominación rebasando a sus contendientes por la derecha: en sus propuestas sociales, religiosas y, sobre todo, económicas. En este último tema llegó a sugerir la necesidad de abolir la Reserva Federal e incluso amenazó verbalmente a su presidente, Ben Bernanke (nominado al puesto por George W. Bush).

Newt Gingrich, por su parte, ha mostrado la misma inconsistencia como candidato que la que ha tenido a lo largo de su ya larga carrera pública. Gingrich utiliza como baza su experiencia y un ideario político que al menos está basado en propuestas concretas. El problema fundamental de Gingrich —además de los cadáveres políticos acumulados durante más de 30 años en política y tres matrimonios rocambolescos— es su falta de consistencia en su actuación pública. Creativo y flexible en algunos temas —política de inmigración, por ejemplo— es tremendamente doctrinario en otros —valores sociales y temas religiosos—.

Y Mitt Romney. El ex gobernador de Massachusetts que arranca en la delantera. A base de tesón —y muchos millones de dólares de su cuenta personal— se presenta nuevamente como el Republicano sensato y pragmático capaz de devolver al partido a la Casa Blanca. Explota su experiencia gerencial e intenta esconder —con todo tipo de contorsiones y piruetas inverosímiles— sus años como gobernador —donde gobernó desde el centro—. Un candidato que renuncia a la sensatez política —pasó de apoyar esquemas de salud pública y denunciar el calentamiento global a hacer un giro de 180 grados— en favor de apelar a la base más radical del partido.

Sin un claro favorito al comienzo del proceso, todo indica que nos espera un largo invierno y una todavía más larga primavera antes de saber quién intentará convertir a Obama en presidente de un solo mandato.