El Pacífico como nuevo eje de gravedad

El desplazamiento del eje gravitacional de la política internacional del Atlántico Norte —donde ha estado firmemente anclada desde hace más de medio     siglo— a algún punto todavía indeterminado del vasto Pacífico, dio un paso fundamental la pasada semana.

El eje del desplazamiento, inicialmente centrado en temas económicos y en el sistema productivo mundial, comienza a tener un correlato geopolítico que plantea la inevitable pregunta de cómo se estructurarán las políticas de defensa y seguridad en el siglo XXI. La novedad en el tema es que el debate académico en think tanks y universidades se traslada al tablero de la realidad, en el que Estados Unidos acaba de mover ficha.

Desde el Pentágono, en una aparición poco usual, Obama, Leon Panetta         —Secretario de Defensa— y el General Martin Dempsey—jefe del Estado     Mayor—  anunciaron la última actualización de la US Defense Strategy —el documento rector de la política de defensa nacional—. Se trata de los primeros cambios importantes en la materia que realiza Obama como presidente.

La transformación de mayor peso se ubica en la nueva valoración geoestratégica del mundo. Es decir, en cómo se dividen las nuevas áreas de influencia y, en función de ello, se reubican tropas, recursos y prioridades. “Todas las tendencias, demográficas, geopolíticas, económicas y militares”, dijo Obama, “están moviéndose hacia el Pacífico. Nuestros retos estratégicos surgirán de allí”.

Asia, como era de esperarse, gana peso. Los dos ejes de este cambio son el creciente peso de China y la incógnita de Pakistán. En el primer caso, el Pentágono comienza a delinear una estrategia que aunque no confronta abiertamente al gigante asiático, sí intenta delimitar su influencia (una de las grandes preguntas de la política internacional contemporánea es cómo gestionará Estados Unidos el ascenso chino, tanto en el plano económico como en el militar). En el caso de Pakistán, Estados Unidos se juega la relación con la potencia atómica y buena parte de su estrategia de confrontación al terrorismo islámico.

Oriente Próximo, por otra parte, pasa de un gran monolito pensado para tropas sobre el terreno a diversas subregiones concebidas para las esfuerzas especiales y de contrainsurgencia. En términos estructurales del Ejército, este quizá es el cambio más importante de la política recién anunciada. Asediado por los costes de las dos grandes invasiones de la última década —Afganistán e Irak— y la ineficacia de las operaciones en tierra, el Ejército apuesta por una transformación arriesgada que prioriza operaciones ligeras por aire. En otras palabras, pasar de decenas de miles de tropas sobre el terreno a sistemas que combinen recolección de inteligencia y operatividad.

En términos geopolíticos el otro cambio importante es el repliegue estadounidense de Europa. Aunque no se retira por completo del continente, sí rebaja tropas y, sobre todo, deja de concebirlo estratégicamente como una de las zonas claves para la seguridad internacional —una decisión que pone en verdaderos aprietos a Europa después de 60 años de no invertir debidamente en su propia defensa—.

El Pentágono también comienza a enfocar esfuerzos en un nuevo frente: los ataques cibernéticos. Infravalorados durante años, el frente de las redes y los sistemas que se controlan desde ellas aumentan en importancia. En parte, porque países como China y Rusia están montando verdaderos ejércitos informáticos capaces de espiar, penetrar sistemas y dañar el funcionamiento de infraestructuras clave. En los próximos años se librará una batalla descarnada entre los ejércitos de varios países por establecer una supremacía en este terreno.

Del Atlántico al Pacífico y de los campos de batalla a las trincheras virtuales. Por ahí se ubican las nuevas coordenadas de la seguridad internacional.