La frágil libertad de la red

SOPA y PIPA. Son los acrónimos de dos de las propuestas de ley más importantes ahora mismo en el Congreso en Washington. Dos borradores que, de convertirse en ley, cambiarían la estructura económica del país y restringirían de manera importante la forma en la que se comparte el conocimiento.

SOPA (Stop Online Piracy Act) es la versión de la Cámara de Representantes; PIPA (Protect IP Act), la del Senado; en conjunto se pueden caracterizar como la ofensiva más agresiva a la fecha de un grupo de industrias de la vieja economía que buscan recobrar a cualquier precio el control que la irrupción de Internet les arrebató. Las Majors (los intereses del cine), las cadenas de televisión, las compañías de cable, grupos con intereses en la prensa impresa, son algunos de los gremios que han presionado en las instancias más altas de gobierno para que se legisle y restringa el tema.

No se recuerda una ofensiva tan concertada en esta materia desde comienzos de la década pasada, cuando las discográficas, aterradas por la aparición de servicios como Napster, centraron su estrategia de disuasión en perseguir judicialmente —con demandas multimillonarias— a adolescentes y madres solteras que habían descargado contenidos en línea. La estrategia fracasó; y diez años después, la distribución (legal) de música no solo está a la alza, la controla una compañía que no tenía relación con ese mundo pero que se dedicó a innovar.

Así que, una nueva ley para desincentivar las descargas y proteger la propiedad intelectual. Tiene sentido, ¿no? Pues no. SOPA y PIPA son mucho peores que la ofensiva pasada. Lo son porque buscan dotar al sistema judicial de la capacidad para cerrar páginas y bloquear el flujo de información en casos en los que se sospeche se infringen derechos de propiedad intelectual. En su redacción actual se podrían cerrar páginas tanto en casos en los que se oferta directamente material ilícito o simplemente por ser referenciado (es decir, cualquier página que enlace a ellos). Es el uso de la propiedad intelectual como arma arrojadiza para mantener prerrogativas. Wikipedia, entre miles de sitios más, dejarán de funcionar durante toda esta jornada en gesto de protesta.

La cuestión, dice Rebecca MacKinnon, experta en censura y seguridad de la red, “es quién y cómo se decide qué constituye una violación a la propiedad intelectual; si se crea una lista negra de sitios a nivel nacional [en esencia lo que haría la legislación en cuestión] se estaría instalando un mecanismo de censura que es prácticamente idéntico, técnicamente, a los métodos utilizados por gobiernos como el chino o iraní”.

En la era de las redes, cuando buena parte de la comunicación, el conocimiento, e incluso el debate político de una sociedad tiene lugar en una infraestructura como Internet, la restricción o, peor aún, cortar directamente el acceso a partes de la red es un asunto de máxima gravedad.

La Casa Blanca lo entiende y por ello publicó en días recientes una carta en la que retira el apoyo del Ejecutivo y pide a los legisladores que trabajan en las dos propuestas comenzar de nuevo. “Aunque creemos que la piratería en línea es un problema serio que requiere acción legislativa”, afirma la carta, “no apoyaremos ninguna medida que restringa la libertad de expresión, aumente los riesgos de delitos cibernéticos o frene la dinámica de innovación global de Internet”.

Entre líneas, lo que dice esta frase es mucho más de lo que aparenta —además de poner sobre la mesa el veto presidencial—. Constituye toda una declaración de intenciones sobre el debate que viene. El debate sobre cómo se redefinirán  (políticamente ) conceptos que la ubicuidad de la red ha dejado viejos. Libertad de expresión, valor del trabajo, censura, propiedad intelectual, innovación, entre varios más.

La competencia —o falta de competencia— política para abordar estas redefiniciones será clave. Y el tema no solo compete a Estados Unidos. Los países que con ingenio y visión de largo plazo privilegien en sus legislaciones las dinámicas del nuevo entorno digital, tomarán un impulso; los que prefieran defender el antiguo modelo y proteger los intereses de la vieja industria, se dispararán un tiro en el pie.