J. Edgar Hoover según Eastwood

El último biopic político en aparecer en Estados Unidos cuenta la vida de un personaje fascinante, oscuro y, quizá, el individuo que más peso carga en la historia de la construcción de la cultura del orden y legalidad en el país. Al menos de la historia reciente.

Me refiero, claro está, a J. Edgar, la última película del ya octogenario Clint Eastwood. A John Edgar Hoover lo encarna un excelente Leonardo DiCaprio; el centro de la historia gira en torno a la vida —tanto profesional como privada—del primer director del FBI. Un hombre tímido, metódico, autoritario, homosexual y responsable de montar la estructura de investigación policiaca más importante del país.

Eastwood —que ha centrado su trayectoria en temas tan diversos como westerns de forajidos del Medio Oeste hasta en una de las mejores historias del jazz con la biografía de Charlie Parker— elige un ángulo muy personal para contar la historia de Hoover. A medio camino entre el retrato íntimo del personaje y el contexto histórico de una época. Una época en la que, como dirían en Estados Unidos, the law of the land se iba estableciendo lenta y metódicamente en cada rincón del país. La película nos adentra en un periodo clave de la construcción nacional.

El marco inicial son los años veinte y treinta del siglo pasado. Época de carestía económica, de la ilegalización de la venta de alcohol, de cambios políticos importantes y de, sobre todo, el auge de un crimen organizado capaz de doblegar al Estado prácticamente en cualquier tarea que se proponía. John Dillinger, Alvin Karpis, Machine Gun Kelly y decenas de otros célebres criminales rondaban las calles del país imponiendo su propia ley y burlándose de unas autoridades incompetentes incapaces de seguirles el paso.

Hasta que apareció J. Edgar Hoover.

Primero como cabeza del Buró de Investigación y después como primer director del Federal Bureau of Investigation. Ideó paso a paso y con método de forense las técnicas y competencias legales necesarias para hacer frente a la ola de violencia e ilegalidad que azotaban al país en esos años.

Hoy día, en la era de Google, de los repositorios de información interminables, de las técnicas de identificación personales más sofisticadas, se pierde de vista fácilmente el hecho de que hasta hace poco no solamente estos sistemas no existían, las herramientas con las que contaban las autoridades eran infinitamente más precarias.

Hoover se propuso cambiar aquello. Dotar al Estado de métodos de investigación y competencias que le permitieran enfrentar y perseguir judicialmente a criminales. Puso en marcha con obsesión y ahínco el primer registro central de huellas dactilares y profesionalizó el trabajo de campo y laboratorio en las tareas de investigación policiaca.

La otra cara del personaje es el hombre inseguro, autoritario y dependiente del consejo y aprobación de su madre hasta el día de la muerte de esta. A la par de las instituciones formales, Hoover montó una red secreta de información que utilizó para espiar a enemigos políticos y encumbrarse en los más alto del FBI durante casi 40 años.

Espió a primeras damas —Eleanor Roosevelt—; a fiscales generales —Bobby Kennedy—; e incluso a presidentes —Richard Nixon—. En una escena ya hacia el final de la película, en 1972, cuando Nixon es informado por su secretario particular de la muerte inesperada de Hoover, el político californiano famoso por su propia tendencia a espiar oponentes da instrucciones tan pronto conoce la noticia de que se registren las oficinas del FBI y se confisquen los archivos secretos de su director.

Eastwood combina con habilidad las dos caras del personaje; teje con maestría las historias y como gran fabulador que es termina presentado un complejo retrato de un hombre clave en la construcción de las instituciones políticas del siglo XX. Una historia bien contada carente de los cansinos maniqueísmos morales que tanto entusiasman a aquellos que poco entienden lo que conlleva el verdadero ejercicio del poder.