El 8,3% que podría reelegir a Obama

La cifra es la última actualización al índice de desempleo; la señal más contundente a la fecha de que la economía comienza a mostrar síntomas de fortalecimiento; y el baremo clave para entender los términos en los que se configurará la batalla política del año: la presidencial del otoño.

Cuando el Departamento del Trabajo anunció la semana pasada que la economía había creado 243.000 nuevos puestos de trabajo en enero —100.000 por encima de lo esperado en Wall Street—, se confirmaron dos cosas. Por una parte, las señalas de vida que lanza la economía más grande del planeta son fuertes y comienzan a consolidar una recuperación intersectorial importante. 50.000 nuevos puestos de trabajo en manufactura; 33.000 en el sector salud; 70.000 en servicios profesionales. En otras palabras, creación de empleo diversificada que no se había visto desde el comienzo de la crisis en 2008. Por otra, la cifra pone de cabeza el argumento político que ha vertebrado el discurso republicano y su estrategia para jubilar a Obama en enero. Hasta el momento, la oposición ha apostado por el catastrofismo económico para construir su agenda; la tendencia actual no solo desacredita ese argumento, podría hundir por completo cualquier candidatura republicana.

Aunque la nueva cifra de desempleo solo reduce el índice en una décima porcentual, el consenso económico apunta a que estamos viendo las primeras señales contundentes de que las políticas de los últimos tres años surgen efecto y que, de no alterarse drásticamente las condiciones actuales, el crecimiento se consolida.

En los próximos doce meses, ¿qué podría alterar drásticamente esa trayectoria? Principalmente, el empeoramiento de las condiciones en Europa. Podría ser simplemente la mala gestión política de la crisis —y  sus efectos sobre los mercados— o, peor aún, si las condiciones en alguno de los países en riesgo empeoraran considerablemente. Como bien señala Ezra Klein del Washington Post, en estos momentos la reelección de Obama depende sobre todo de lo que suceda en capitales como Atenas, Roma, Madrid o Berlín.

Además de lo que nos dice la cifra de desempleo sobre la recuperación económica y la elección presidencial de noviembre, hay otro aspecto menos comentado que me gustaría abordar brevemente. El desempleo estructural y el giro en el modelo productivo.

Hace unos días y con motivo de la tan esperada salida a bolsa de Facebook, The Economist publicaba un gráfico revelador que pone de relieve cómo se está transformando el tejido de la vieja economía industrial del siglo XX.

Al hacer el anuncio, Facebook presentó los números de negocio más detallados a la fecha. En resumen, se trata de una compañía con 3.200 empleados, ingresos por 3.700 millones de dólares y beneficios de 1.000 millones. El mercado valora la compañía en una franja de entre 75.000 y 100.000 millones.

El polo opuesto lo ofrece una empresa como McDonald’s. Con una capitalización bursátil similar, el gigante de la comida basura emplea a nada menos que 1.700.000 personas. O Boeing, la compañía por antonomasia asociada al emprendimiento y la innovación durante buena parte del siglo XX. La compañía aeroespacial emplea a 172.000 personas y su valor en bolsa es de 56.000 millones, prácticamente la mitad de Facebook.

En años recientes la penetración de las tecnologías de la información en el tejido económico ha comenzado a establecer una relación inversamente proporcional entre la capacidad de una corporación para atraer recursos y el tamaño tanto de su fuerza laboral como de su planta física.

¿Qué hacer? ¿Culpar a los mercados y sus caprichos? No en esta ocasión. Es más que evidente de dónde está surgiendo y de dónde surgirá la innovación en las próximas décadas. La respuesta es tan clara como tremendamente complicada para llevar a cabo: repensar las estructuras políticas (sí, todas) para una economía de la información. La naturaleza del desempleo estructural cambia; la forma de añadir valor a la economía se transforma; la política, por ahora, se atrinchera.