El siglo XX según Judt

Hace unos días comencé Thinking the Twentieth Century, el libro póstumo de Tony Judt escrito en conversación con Timothy Snyder —todos los jueves durante casi un año, Snyder cogía el tren en New Haven y bajaba a Nueva York a conversar a lo largo de la jornada con un Judt ya gravemente enfermo—. El libro es un apasionante recuento personalísimo de cómo se fueron configurando las ideas políticas a lo largo del siglo. Por razones obvias, la cuestión judía está a flor de piel a lo largo del texto; este se divide, en líneas generales, en torno a diferentes etapas de la vida de Judt. La infancia multicultural en Londres (padres inmigrantes; abuelos polacos y rusos; conversaciones en yiddish, hebreo, inglés); la adolescencia a caballo entre la Inglaterra de los años sesenta y los kibutz en Israel, el socialismo agrario y el sionismo que finalmente le terminaría decepcionado tanto; los primeros contactos con Estados Unidos (con California), a donde llegó inicialmente siguiendo los pasos de su primera mujer; y así a lo largo de diferentes episodios de su vida. Precisamente sobre Estados Unidos, Judt nos entrega esta joya de reflexión histórica sobre la conformación del pensamiento económico actual. Poco he leído recientemente que con tanta lucidez explique la deriva ideológica —la trampa en realidad— en la que ha caído la mayor parte del pensamiento conservador contemporáneo:

Hayek, writing quite consciously against Keynes and from the Austrian experience, argues in the The Road to Serfdom that intervention—planning, however benevolent or well-intentioned and whatever the political context—must end badly. His book was published in 1945 and is most remarkable for its prediction that the post–World War II British welfare state already in the making should anticipate a fate similar to that of the socialist experiment in post-1918 Vienna. Starting with socialist planning, you would end with Hitler or a comparable successor. For Hayek, in short, the lesson of Austria and indeed the disaster of interwar Europe at large boiled down to this: don’t intervene, and don’t plan. Planning hands the initiative to those who would, in the end, destroy society (and the economy) to the benefit of the state. Three quarters of a century later, this remains for many people (especially here in the U.S.) the salient moral lesson of the twentieth century.