Wikileaks, Stratfor y los encantos de la prostitución

La última filtración de Wikileaks el pasado lunes pone de relieve tanto el ocaso de una organización que mostró el camino en el nuevo ecosistema de los medios de comunicación como algunas de las claves para entender las formas que dominarán la diseminación de información en el siglo XXI.

El capítulo más reciente de la saga Wikileaks se remonta a Noche Buena. El grupo Anonymous penetró los sistemas informáticos de la compañía de inteligencia privada Stratfor (una organización sui generis a medio camino entre agencia de inteligencia, think tank y consultoría que opera desde Austin bajo el mando de un personaje aún más sui generis, George Friedman). Además de robar la lista de clientes de la compañía (más de 300.000, que incluyen a universidades, bancos, corporaciones, ministerios y gobiernos), Anonymous copió correos y otras informaciones confidenciales.

Una buena parte de los archivos extraídos terminaron en manos de Wikileaks, la organización responsable de filtrar los cables del departamento de Estado y documentos confidenciales del Ejército estadounidense, entre otras informaciones. La misma organización que dejó claro en 2010 que el modelo de medios de comunicación del siglo XX (emisores centralizados que diseminan información de manera unidireccional y vertical) se había roto para siempre.

Wikileaks titula la última filtración The Global Intelligence Files. Correos electrónicos entre los directivos de Stratfor y compañías a las que asesoran. Los correos publicados hasta ahora (en total son 5.000.000, por el momento se han publicado 200) no revelan nada especialmente valioso. Lo que sí han hecho es mostrar cómo se están ensanchando las fuentes de información tradicionales. El binomio —medios de comunicación y gobiernos— que durante los últimos dos siglos había controlado los flujos de información está siendo penetrado por nuevas formas de comunicación más dinámicas, versátiles y especializadas.

Stratfor, establecida desde el comienzo como una plataforma en línea a mediados de los años noventa, combina las funciones de consultoría, think tank, recolección de información sobre el terreno e, incluso, el pago a informantes. Todo ello estructurado alrededor de una plataforma en línea a través de la cual la compañía distribuye su información (por medio de suscripciones, que pueden alcanzar hasta los 40.000 dólares anuales, o por medio de servicios de consultoría corporativa).

Podríamos decir, incluso, que estamos ante el nacimiento de un nuevo fenómeno: el tráfico de información. Es decir, información secreta, confidencial, privada o simplemente valiosa para un determinado interés comercial o de gobierno se vuelve moneda de cambio que cotiza en un mercado internacional. En otras palabras, la mercantilización de la información, el acceso y su distribución. De diferentes formas, este fenómeno ha existido desde que existe la información; la diferencia ahora es que está mucho más extendido y circula e incide a una velocidad mucho mayor.

Tanto Wikileaks como Stratfor son una manifestación del nuevo fenómeno; una organización en las antípodas de la otra (Wikileaks quiere incidir en el proceso político abriendo y revelando todos los secretos; Stratfor apropiándose de ellos y comercializándolos en un mercado de influencia e información privado). De allí el interés de Julian Assange (líder de Wikileaks) de hacerse de los correos robados por Anonymous y asestarle un golpe a Stratfor.

Riñas personales aparte, la publicación de estos correos no deja de ser un robo de información a una compañía privada distribuida a través de una organización que cada vez distingue menos los límites entre las virtudes de la transparencia pública y el uso indiscriminado de información obtenida por cualquier medio.

Wikileaks ha pasado de abrir valientemente el camino de las nuevas fuentes de información a prostituir por un precio muy bajo el valor de la transparencia.