Las primarias republicanas ahondan el cinismo

Cuando todo indicaba que el escenario no se podía complicar más, cuando los insultos, las recriminaciones y divisiones parecían haber alcanzado su límite, la realidad nos sorprende y muestra que se puede estirar aún más.

Con el Súper Martes ya a las espaldas y la indefinición de las primarias del Partido Republicano más palpable que nunca, nos enfrentamos a una verdadera batalla campal hacia adentro de la organización que dejará tras de sí huellas profundas y duraderas. No solo en el partido, sino en el conjunto del país y su cultura política. Cada candidato, a su manera, interpretó los resultados de anoche como un triunfo que le impulsa y le permite seguir luchando.

El último tema en irrumpir inesperadamente en la campaña fue una añeja discusión sobre la separación entre Iglesia y Estado. Sobre el papel de la religión en la política y los límites de la fe en las instituciones públicas. La introdujo Rick Santorum con un comentario sobre un discurso de John F. Kennedy en 1960 en el que el entonces senador defendió la importancia de la separación entre las dos. Santorum, literalmente, dijo que aquel discurso le provocan ganas de vomitar.

Más aún: defendió con vehemencia el papel de la religión en la esfera pública e invitó a revelarse en contra de aquellos que intentan excluirla de las decisiones del Estado —temas como la religión en la enseñanza pública y la presencia de símbolos religiosos en escuelas o cortes de justicia son de extrema sensibilidad en Estados Unidos y se han discutido ad infinitum y ad nauseam—.

La rivalidad Santorum-Romney ha abierto una brecha hacia el interior del partido dividiéndolo por clases (las encuestas de salida de anoche son claras en este respecto), creencias religiosas —Santorum es católico, Romney mormón— y grado de severidad con la que aplican las máximas conservadoras.

El candidato puntero, por su parte, gira cada vez más hacia la derecha y deja claro que su programa político es un manifiesto radical dirigido a la plutocracia. A ese tristemente celebre 1% que concentra buena parte de la riqueza nacional. Mitt Romney ha pasado de intentar camuflar su discurso y hacerlo pasar por el de un reformista moderado a ubicar en el centro de su ideario político una agenda que propone recortar ingresos, redistribuir menos y diseñar políticas que giren en torno a los más ricos — à la trickle-down economics, 30 años después—.

Y aún quedan en la contienda Newt Gingrich y Ron Paul —el primero comenzará a recibir protección del Servicio Secreto a partir de mañana—. Aunque ninguno tiene posibilidades de conseguir la nominación, su permanencia sigue polarizando tanto la batalla entre Romney y Santorum como entre el propio electorado.

Fuera del ámbito de las primarias presidenciales, la decisión la semana pasada de la senadora por Maine Olympia Snowe de no volverse a presentar al cargo es un botón de muestra sintomático. Nos ayuda, sobre todo, a enmarcar y entender mejor la peligrosa deriva ideológica en la que ha caído el sistema político estadounidense. Snowe, la republicana más moderada del Senado, decide no presentarse a la reelección no porque haya descendido su popularidad o no tenga recursos para competir y reelegirse. Lo hace porque ha perdido la fe en la capacidad de la institución para transformar la realidad. “Una atmosfera polarizada y una ideología de ‘a mi manera o no hay manera’ han permeado nuestras campañas e instituciones de gobierno”, dijo Snowe en la carta en la que comunicaba la decisión. Deja el Senado y renuncia a la política porque deja de creer en ella. Estas mismas palabras en la boca de prácticamente cualquier otro senador son retórica vacía; en la de Snowe son un llamado de atención escalofriante.

El Super Martes ha alargado la larga sombra que dejan tras de sí las primarias republicanas. Por ahora, la víctima principal es precisamente la creencia en la política como el proceso por antonomasia que rige la transformación de la realidad.