El mito del declive americano

Acaba de aparecer una adición importante al debate sobre el supuesto declive estadounidense en el escenario internacional. Lo firma el académico de la Brookings Institution Robert Kagan (asesor informal de Mitt Romney en política exterior). Autor de, entre otros textos, Of Paradise and Power (2004) y el magnífico Dangerous Nation: America’s Foreign Policy from Its Earliest Days to the Dawn of the Twentieth Century (2007).

El nuevo libro de Kagan, The World America Made (2012), es importante por dos razones: porque nada a contracorriente de la línea de argumentación tan en boga sobre el declive relativo de Estados Unidos; y porque aborda el tema desde una hipótesis novedosa que ataja mejor la complejidad del asunto (una tercera razón menos importante es que ideológicamente Kagan se ubica a la derecha del centro; es de los pocos académicos en ese ámbito realizando análisis inteligente con visión de largo plazo).

Describir con precisión y contexto las razones por las que una potencia se corrompe internamente y entra en declive es una tarea inmensamente complicada que pocos historiadores han logrado construir en relatos convincentes —incluso después de varios siglos transcurridos—. Diagnosticar en tiempo real el colapso de un sistema social complejo es virtualmente imposible.

Kagan lo sabe y ha elegido por ello un punto de partida más realista que el de la mayoría de los textos recientes sobre el tema —del The Post-American World (2008) de Fareed Zakaria al That Used to Be Us (2011) de Michael Mandelbaum y Tom Friedman, pasando, incluso, por el clásico The Rise and Fall of the Great Powers (1989) de Paul Kennedy—. Kagan, en lugar de hacer una exégesis de la decadencia (tarea tremendamente compleja, carente de un marco histórico adecuado para comparar), utiliza el papel de Estados Unidos en la construcción del orden internacional de los últimos 60 años para explicar por qué la salud de ese orden es el mejor baremo de su verdadera influencia.

En líneas generales, la tesis de autores como Zakaria, Mandelbaum y algunos otros, es que Estados Unidos pierde peso relativo en el orden internacional respecto a otros actores que avanzan a mayor velocidad (China, India, Turquía, Brasil). Desde esta visión, en otras palabras, el poder se descentraliza y redistribuye.

Y aunque esto sin duda es cierto en temas específicos (imposible negar el poder financiero chino, la creciente competencia tecnológica india, la influencia brasileña en temas de salud y energía), no lo es en el conjunto de aspectos que apuntalan el orden que se construyó después de la Segunda Guerra Mundial. Ese orden ha sido garante no solo de la etapa de crecimiento económico más rápido (de 1550 a 1950 el crecimiento anual en el mundo promedió 1%; a partir de 1950 el 4%), sino también del periodo menos violento de la historia humana (no lo afirmo yo; tampoco lo asegura Kagan; lo afirma el trabajo serio y bien documentado de un especialista como Steven Pinker y su The Better Angels of Our Nature: Why Violence Has Declined).

“Sin duda hay muchas cosas que siguen funcionando mal en el mundo”, asegura Kagan, “sin embargo, desde una lectura histórica de varios miles de años, en los que la guerra, el despotismo y la pobreza han sido la norma, y la paz, la democracia y la prosperidad las raras excepciones, vivimos en una edad de oro”. Solo la miopía ideológica impide ver la relación entre el establecimiento de ese orden después de 1945, el descenso de la violencia, el crecimiento económico y el papel de Estados Unidos.

¿Quién estaría dispuesto, se pregunta Kagan, a asumir el enorme coste de garantizar la seguridad marítima en las principales rutas comerciales en un mundo “post-americano” (el elemento clave que engrasa el sistema de intercambio comercial que ha sacado a millones de personas de la pobreza)?; ¿O a liderar coaliciones como las que intervinieron en Libia el año pasado y en los Balcanes en los años noventa?; ¿Quién tendría la capacidad —y voluntad— para mantener a raya a un régimen como el iraní? Los candidatos brillan por su ausencia.

La hipótesis de Kagan en el fondo es sencilla: nos dice más la salud y aceptación de ese orden construido después de 1945 que todas las prospectivas sobre el progreso de algunos países y los retrocesos de Estados Unidos. “El orden internacional no es una evolución natural”, dice acertadamente Kagan, “es una imposición. Es el dominio de una visión sobre otras”. Una visión convenientemente aceptada (y aprovechada) hoy día de Londres a Canberra, de Brasilia a Ankara y de Pekín a Nueva Delhi.

Esa aceptación sigue y seguirá siendo el mejor indicador del verdadero poder de Washington.