Habemus candidatum

Humo blanco en el cónclave Republicano —bueno, parece humo blanco, en política la dirección del viento es caprichosa—. El partido, finalmente, comienza a cohesionarse en torno a la candidatura de Mitt Romney. Lo hace sin entusiasmo, sin convicción, dividido. Lo hace porque no tiene otra opción; porque noviembre está a la vuelta de la esquina y porque tiene que, al menos, intentar presentar una candidatura creíble con alguna posibilidad de triunfo.

Ha sido la victoria de Romney en las primarias de Illinois la semana pasada y la incapacidad de Santorum de ganar fuera de los feudos ultra conservadores lo que finalmente está generando ese consenso dentro del partido para que se concluya la etapa de selección y comience el proceso de cerrar heridas y preparar el terreno para la general de noviembre.

El reto es enorme y cuesta arriba. ¿Por dónde empezar? ¿Por el descrédito del partido después de correrse al extremo y presentar uno de los debates electorales más cerrados, carentes de propuestas e ideologizados del último medio siglo? ¿Por la debilidad de sus aspirantes que, sin excepción, han demostrado claramente no estar a la altura del papel? ¿O, quizá, por la reveladora afirmación la semana pasada de uno de los principales asesores de Romney en la que comparó al candidato y su agenda con el juego Etch A Sketch, en el que solo hace falta agitarlo para borrar lo ya trazado y comenzar con un lienzo en blanco?

Hagámoslo por la tercera proposición. El uso del juguete infantil como metáfora es mucho más que un lapsus de un asesor que pasa demasiadas horas frente a las cámaras. Es, en realidad, una definición cándida y verosímil del candidato y la forma en la que concibe el quehacer político. Es el cinismo elevado a estrategia electoral.

Romney ha saltado tantas veces de una posición a otra que hoy es difícil saber en realidad qué cree. Siempre he defendido el cambio de posiciones por evolución política; el problema de Romney es que siempre lo ha hecho única y exclusivamente por conveniencia electoral. Primero como gobernador de Massachusetts, después como candidato a las primarias de su partido y ahora amenaza con intentar borrarlo todo y comenzar de nuevo en la elección general.

El triunfo de Romney en la interna republicana, si se llega a consumar, no sería la victoria de buenas sobre malas ideas; tampoco la de un eficaz estratega que supo montar una organización de base; ni siquiera la de un candidato que ha demostrado ser claramente más popular que los demás. Romney ha logrado colocarse a la cabeza esencialmente por dos razones: por la publicidad negativa en televisión con la que ha machacado a sus rivales y porque una nueva ley le permite, a través de organizaciones asociadas a su campaña, un techo ilimitado de gasto —la Suprema Corte de Justicia, con su decisión Citizens United v. Federal Election Commission de 2010, asestó un golpe brutal al sistema de representación en Estados Unidos—.

Si ha habido un leitmotiv en estas primarias es precisamente el nocivo efecto que ha tenido la figura de las llamadas Super PACs (organizaciones autónomas que promueven al candidato sin coordinarse formalmente con la campaña que surgieron a partir de la decisión de la Corte) sobre la dinámica electoral. En otras palabras, el dinero privado ilimitado como nueva moneda de cambio de la representación política.

Faltan asuntos importantes por resolver antes de saber exactamente cómo y con quién llegará el partido en la papeleta a las presidenciales. Las primarias terminan oficialmente hasta comienzos de verano. Si Santorum persiste y no abandona la carrera, Romney se verá debilitado más de lo que ya está. El partido intenta desde la semana pasada convencerle de que ceda espacio y permita que el ex gobernador de Massachusetts se reagrupe.

Si Santorum abandona o no dependerá fundamentalmente de si alcanza un acuerdo con Romney. Al partido, sin embargo, le hará falta mucho más que un pacto entre sus principales aspirantes para salir de la zozobra.