Dilma, de paso por Washington

La escena, se mire desde donde se mire, es tremendamente sugestiva: la fuerza simbólica del Despacho Oval como marco, una ex líder guerrillera y el presidente de Estados Unidos, sentados lado a lado; departiendo, escuchándose y tocando, también, temas espinosos. Sobre la mesa, los asuntos de los dos países más importantes del hemisferio occidental; el comienzo de un nuevo capítulo en la que tiene todas las posibilidades de convertirse en la relación geopolítica clave de las américas.

El encuentro entre Obama y Dilma Rousseff el lunes en Washington marcó varios hitos. La primera visita de Rousseff a la capital estadounidense; la primera visita de una mujer al mando de Brasil; y, quizá, la primera ocasión en la que Estados Unidos y Brasil se han tratado realmente cara a cara. Con Washington asumiendo plenamente el liderazgo del país sudamericano y Brasilia calibrando mejor y encarando con mayor inteligencia el incontestable peso político de Estados Unidos.

Después de años —décadas en realidad— en los que la relación entre los dos países ha transitado entre las riñas de baja intensidad y la indiferencia (en ámbitos oficiales, en otros estratos es más vigorosa), el encuentro entre Obama y Rousseff se espera sea el comienzo de una etapa de liderazgo político más pragmático que los dos países aprovechen y saquen partido.

La presidenta brasileña, por ejemplo, no se ha contentado con visitar Washington y hacer el típico paseíllo protocolario que incontables otros líderes hacen una semana sí y otra también. Washington, en realidad, era una escala para Rousseff. Más importante que la capital política, era la capital universitaria del país, Boston.

El destino no fue casual. Se trata, nada menos, que de La Meca de la investigación académica de alto nivel. Consciente de las deficiencias de la educación superior de su país —y de las enormes ventajas de la estadounidense—, Rousseff ha convertido en máxima prioridad enviar al extranjero al mayor número de estudiantes posible —algo que China hace desde hace al menos una década con excelentes resultados—. A través del programa Ciência sem fronteiras, dotado de poco menos de 2.000 millones de dólares, Brasil enviará a cerca de 100.000 de sus estudiantes más brillantes a estudiar al extranjero en los próximos cuatro años.

Entre las universidades seleccionadas está Harvard (donde Rousseff dio una charla ayer por la tarde) y el MIT (donde se entrevistó con su rectora). En otras palabras, Brasil ha convertido la educación superior en asunto estratégico de Estado y entrena ya a su próxima generación de científicos, ingenieros y profesionistas aprovechando las ventajas que supone un sistema de educación de élite globalizado.

Por parte de Estados Unidos los gestos de apertura son de otro tipo pero son claros. Obama no solo visitó a Rousseff en Brasilia tan pronto esta asumió la presidencia, también ha cedido en temas clave para las posiciones e intereses brasileños (la cachaza y el etanol son solo dos de ellos).

Para Moisés Naím del Carnegie Endowment for International Peace existen pocas relaciones binacionales en el escenario internacional que prometan tanto en los próximos años. “El potencial es enorme y los obstáculos, aunque reales, podrían ser sorteados por líderes con determinación”, escribió hace unos días en Financial Times.

El tema clave para entender la relación entre los dos países es, irónicamente, la falta de relación o, si se quiere, la relación de baja intensidad que han mantenido a lo largo de las últimas décadas. No se requieren, sin embargo, grandes cambios o una enorme mejoría en la relación entre las dos potencias para que más pronto que tarde la agenda de las relaciones hemisféricas, de la Patagonia al Polo Norte y del Atlántico al Pacífico, se lleve al ritmo del jazz y la bossa nova. Ese, cuando ocurra, será un buen día para las américas.