La tragedia griega y la reelección de Obama

Todas las miradas se centran en Europa. Convergen, más en concreto, sobre Atenas y Madrid. Incluso la de Obama. El lunes, desde Chicago, desde la cumbre de la OTAN, llamó al Banco Central Europeo a comprar deuda española y así ayudar a recapitalizar a los malheridos bancos del país. Un llamamiento, como mínimo, extraño. El presidente de Estados Unidos, en plena campaña de reelección, sugiriendo cómo resolver un problema de capitalización bancaria en Europa. Raro.

El llamado, sin embargo, tiene una explicación perfectamente lógica. Pone de relieve tanto uno de los factores clave para la elección presidencial de noviembre como una de las dinámicas más determinantes de la economía global moderna.

“Si hay problemas en Madrid”, ya adelantaba Obama el fin de semana desde la cumbre del G8 en Camp David, “hay problemas en Milwaukee”. El llamamiento al rescate de los bancos españoles, ergo, no es altruista. Es, ni más ni menos, uno de los factores clave para conseguir la reelección.

La estabilidad —o falta de— de la economía global en los próximos seis meses será el factor determinante para saber si Obama se mantiene como inquilino de la Casa Blanca o se suma a la lista de líderes expulsados por hartazgo popular (Papandreou, Zapatero, Berlusconi, Sarkozy). Así, la suerte de Obama depende de la buena gestión de una serie de complejos mecanismos que pasan por Atenas, Madrid, Berlín y Fráncfort.

Aunque sabíamos de la exposición de Obama a la inestabilidad europea desde hacía tiempo, su implicación directa en los últimos días indica una nueva valoración por parte de la campaña de hasta qué punto su reelección depende de este factor. Con las primeras semanas de la batalla entre Romney y Obama ya recorridas, queda claro que la estrategia Republicana se reduce a, por una parte, atacar la gestión económica del presidente y, por otra, alentar la frustración ciudadana con las condiciones económicas actuales. Y poco más.

El escenario clave para Obama, por tanto, es evitar a toda costa lo que se conoce como “Grexit”. O, lo que es lo mismo, la salida de Grecia del euro. De producirse en las próximas semanas —o meses— el potencial desestabilizador para la economía mundial es enorme. No por la salida griega en sí misma (el país representa menos del 2% del PIB europeo). Si no por las consecuencias que tendría, como efecto dominó, sobre España, Italia, Francia y, también, Estados Unidos.

Las nuevas elecciones griegas a mediados de junio y la respuesta de Berlín y Fráncfort a la crisis de la capitalización de la banca en España (el problema español está ahí, y no, a diferencia de Grecia, en el despilfarro estatal) serán las claves de los próximos meses. Es en este proceso en el que pretende interceder Obama. Conseguir que Merkel relaje algunas de las posiciones sostenidas por su gobierno y alejar lo más posible el fantasma de la debacle del euro.

De manera más amplia, la propia discusión electoral en Estados Unidos comienza a girar en torno al modelo de capitalismo necesario después de la Gran Recesión. Es decir, cómo afrontar el dilema de crecimiento y control presupuestario de una manera socialmente útil y sostenible. Romney —y su trabajo al frente de Bain Capital— representa el lado ultra liberal del debate: el de los recortes, la reducción de los impuestos y la eficacia productiva sobre cualquier otro factor. Obama, por su parte, intenta —aunque todavía no lo consigue del todo— articular una posición que logre dotar de una serie de reglas y mecanismos esenciales a un capitalismo menos financiero y guiado por un modelo más social.

Con un poco de suerte y esa será la elección de fondo a la que se enfrenten los electores el 6 de noviembre. ¿Un modelo de capitalismo liberal que funciona para unos pocos o un capitalismo de instituciones fuertes regulado para servir a la mayoría? Si el fondo de la elección presidencial de noviembre se logra enmarcar así, habrá merecido la pena.