La geometría electoral Obama-Romney

Semana tras semana se van asomando detalles, destellos, globos sonda, de cómo se está constituyendo desde el cuartel general de Chicago la estrategia de reelección de Obama. Se ha hablado ya de la importancia que tendrá la economía —sobre todo el aumento o descenso en la creación de empleo—, la política exterior, el papel de las bases de los partidos, incluso, del rol de las nuevas tecnologías.

Pero poco se ha hablado de la estrategia en sí misma —de la forma y los preceptos que utilizarán Obama y su campaña para intentar derrotar a Mitt Romney—. Y eso se debe a que, después de una primaria mucho más extensa de lo habitual, la estrategia de reelección apenas comienza a emerger. Es hasta ahora cuando comienza a tomar forma y convertirse en parte de los discursos, de las acciones —u omisiones—, de la toma de posiciones.

El marco amplio de la estrategia parte de no permitir que la elección se convierta en un referéndum de los últimos cuatro años. Sobre todo, del desempeño económico de los últimos cuatro años. Hace pocos días y de manera muy ilustrativa, Romney intentaba enmarcar la contienda en esta serie de preguntas políticamente capciosas: ¿Le resulta más fácil llegar a fin de mes? ¿Es más fácil vender su casa o comprar una nueva? ¿Puede ahorrar lo necesario para jubilarse? ¿Paga menos en combustible? El reto para Obama es claro: alejarse de este tipo de planteamientos. Intentar ampliar el debate a una serie de temas que aborden desde la filosofía sobre el rol del gobierno en la economía a temas sociales clave a cómo enfrentar la seguridad nacional. En ensanchar, en otras palabras, lo más posible la discusión. La geometría electoral es clara en esta contienda: a menor circunferencia menores posibilidades.

El tema de fondo es cómo conseguirlo. Y aquí Obama se enfrenta a un dilema. La campaña de 2008 se ancló, además de a la idea genérica de la esperanza (hope), a  practicar un tipo de política distinta. Es decir, a no recurrir a las mismas estrategias partidistas divisivas de siempre. A no utilizar como arma arrojadiza los temas fríamente estudiados (wedge issues) que, además de dividir a la ciudadanía, más que sumar votos a su causa buscan restar los del rival. El tipo de campaña, en suma, que practica la mayor parte de aquellos que compiten por la reelección de un cargo público.

El ejemplo por antonomasia de este modelo es Bush en 2004. Un presidente poco popular, inmerso en dos guerras que no marchaban bien y enfrentado a un senador ampliamente reconocido con experiencia bélica de primera mano (John Kerry). ¿La estrategia? Lo que en inglés se denomina character assassination. Es decir, en destruir la percepción pública del personaje y su agenda de gobierno. Bush ya había seguido un guión similar en 2000 cuando arrebató la nominación del Partido Republicano de las manos de John McCain.

Una estrategia, en suma, a la que Obama simplemente no puede recurrir. La clave, en primer término, estará en marcar los contrastes sin que parezca el tipo de candidato al que siempre ha criticado. En ser capaz de establecer los términos del debate sin ir calculadamente en contra de las ideas o postulados de su rival. En otras palabras, el reto para Obama estará en dejar que Romney se defina solo.

Por ahora el experimento más interesante de la campaña gira en torno a la idea de pintar a Romney como candidato de otra época. Caracterizarlo, directa o indirectamente, no solo como un político conservador, sino como un resabio de otro tiempo. Como alguien que busca restablecer un statu quo y unos valores sociales que ya desaparecieron. “Representa los valores de los cincuenta, es retro, tiene una visión retrógrada” definió recientemente un alto cargo de la campaña. “Si eres mujer, hispano, eres joven o perteneces a un grupo desfavorecido, verás a Romney y dirás: ‘este es el candidato que quiere regresarnos a las formas de siempre. ¿Y adivina qué? A mí nunca me han gustado’”.

Se trate de ideas económicas, visión del papel del gobierno o valores sociales, Obama intentará enmarcarlo como una elección entre pasado o futuro, tradición o modernidad, continuidad o ruptura. En términos electorales una estrategia atípica, arriesgada; en términos políticos, el esbozo de un legado presidencial.