El desempleo y la reelección de Obama

La cifra de nuevos empleos anunciada el viernes es más que un balde de agua fría para Obama y sus posibilidades de reelección. El agua, en este caso, es gélida. El nuevo dato es doblemente malo: se ubica muy por debajo del crecimiento necesario para volver a los niveles de empleo anteriores a la crisis y encadena el tercer mes consecutivo en el que el mercado laboral no crece al ritmo necesario —entre 150.000 y 175.000— para llegar a noviembre con un escenario favorable para el presidente.

El dato clave del viernes son 80.000 nuevos empleos creados a lo largo del mes de junio. Previsiones pesimistas de Goldman Sachs y otros observadores apuntaban a la franja de 100.000 a 125.000. Un mes más en el que no se cumplen las expectativas mínimas. La cifra confirma el estancamiento generalizado de la economía y entierra por completo la hipótesis de algunos economistas que aseguraban que el mercado laboral estaba creciendo a un ritmo más rápido del reflejado por las cifras oficiales debido a ajustes estacionales que no estaban contemplados en los modelos de medición.

El empleo y su mal estado han cambiado ya el clima electoral. Las previsiones de principios de año que apuntaban a que se podría llegar a noviembre con un índice de desempleo por debajo del 8% hoy parecen virtualmente imposibles de cumplir. Obama está ante un dilema: ¿cómo defender una gestión económica que sigue siendo aceptada por la mayor parte de los economistas pero que no ha dado los resultados esperados? En esta pregunta radica, en mi opinión, la clave electoral del mensaje de Obama. Será su capacidad para explicar a un electorado frustrado y decepcionado la enorme complejidad de las medidas económicas tomadas en los últimos tres años lo que hará que gane o pierda la elección. Tendrá que saber enmarcar con suficiente amplitud —y detalle al mismo tiempo— la realidad económica del país y las medidas de corto y largo plazo tomadas para desatascar el empleo. En Ohio, la semana pasada, lo intentaba explicar así: “Quiero volver a los tiempos en los que la clase media y aquellos que  buscan ingresar en ella tengan seguridades básicas. Tenemos que enfrentarnos a lo que ha estado sucediendo en las últimas décadas”.

Sin decirlo explícitamente —en parte en ello radica la complejidad del mensaje que debe transmitir— Obama apunta a un proyecto de reconstrucción económica nacional de la clase media en un país en el que cualquier esfuerzo federal es recibido con escepticismo y desconfianza. El reto principal, en otras palabras, radica en desmontar los mitos económicos con los que se ha regido el país durante los últimos 30 años de una manera entendible y clara para el votante promedio de clase media sin que le resulte amenazante.

Romney, por el momento, se limita a lanzar la trillada y vacía interrogante típica de cualquier oposición: ¿más de lo mismo o cambio verdadero? Sin abordar la verdadera problemática económica a la que se enfrenta Estados Unidos, el candidato Republicano receta impuestos bajos y mínima intervención del gobierno como fórmula universal e infalible para resolver sus problemas. Se limita, sin más, a atribuir el pobre desempeño económico a la gestión política de los últimos tres años.

Será en el contexto de la lucha entre estas dos visiones donde los candidatos disputarán el mayor número de votos. Para cada uno, el objetivo fundamental será acercar —o alejar— el análisis de los acontecimientos en relación a las premisas antagónicas de las que parte cada uno.

Por lo pronto, la mala tendencia en el empleo ya se asoma en las encuestas. Ayer, el Washington Post y ABC cifraban en 47% la intención de voto tanto para Obama como para Romney. Y aunque todavía es pronto para otorgarle demasiada importancia a la demoscopia, sin ninguna duda la ventaja con la que partía Obama a comienzos de año se ha recortado. También, sin ninguna duda, la variable fundamental marcando el movimiento de esta tendencia es la oscilación de la cifra del empleo.