El Partido Republicano vota su filosofía de gobierno

En los márgenes del Partido Republicano comienza a surgir un debate que me parece bastante más interesante del que tiene lugar en su centro, en ese espacio que ocupa su candidato presidencial, los think tanks más influyentes y parte de las bases del partido. Un debate que nos ayuda a poner en perspectiva a la organización y situarnos en las implicaciones y consecuencias que tendrá para su futuro la elección de noviembre, la gane o la pierda.

En una columna perspicaz hace unos días Ezra Klein escribía en Bloomberg sobre el gran candidato que Romney pudo haber sido. En lugar de caer en la retórica vacía y los tópicos, escribe Klein, el candidato pudo haber explicado “que la razón por la que la economía estadounidense es más fuerte que la de otros países desarrollados es porque es un país poco sentimental; que tiene un mercado laboral flexible…y permite que compañías poco competitivas mueran”. Y añade Klein: “en lugar de simplemente alabar al libre mercado y a los que toman riesgos, pudo haber reconocido que la economía moderna muchas veces no es justa y en ocasiones incluso es cruel. Que la solución no es hacer a nuestras empresas menos competitivas. Si no, a nuestro gobierno más compasivo, más eficaz a la hora de ayudar a aquellos que se rezagan”.

Y sin embargo, Romney ha tenido el discurso que ha tenido: ramplón, engañoso y solo a la búsqueda de maximizar su popularidad. Es decir, de defender las posiciones que de antemano se asumen más populares entre el mayor número de personas —crear empleo, reducir el déficit, bla bla bla—.

Así, mientras la retórica electoral de Romney se neutraliza a sí misma por el abuso de tópicos, fórmulas cansadas y falta total de perspectiva crítica del tema central de la elección —el futuro económico del país—, diversos políticos e intelectuales a la derecha del centro han comenzado —aunque sea en las palabras— a intentar devolver al partido una sensatez mínima que lo sitúe en la realidad. En la realidad económica de cómo llegamos hasta aquí y también en la realidad a la que se enfrentará Estados Unidos en las próximas décadas en un ambiente internacional hipercompetitivo en el que nadie tiene el futuro asegurado (incluyendo la economía más grande del planeta y el país más poderoso).

La idea más interesante e incisiva en este debate la expuso Francis Fukuyama en el Financial Times hace unos días. El académico de Stanford era claro desde el título del artículo: The right must learn to love the state again. La frase va al corazón del problema Republicano: ser conservador en Estados Unidos se ha convertido en símil de estar en contra del Estado. En cualquiera de sus manifestaciones. Una forma peculiar de leer la tradición conservadora que en su manifestación actual se ha convertido en una posición por demás radical.

“El modelo para el futuro del conservadurismo en Estados Unidos es claro”, escribe Fukuyama, “la renovación de la tradición de Alexander Hamiliton y Theodore Roosevelt que aboga por un Estado limitado pero fuerte, que utiliza su poder para apuntalar los grandes intereses nacionales”. La agenda que defendería, explica el académico, estaría encabezada por la defensa de la propiedad privada y un sistema capitalista competitivo, la responsabilidad fiscal y una política exterior basada en una definición clara de los intereses nacionales, en lugar de un ideal internacional inalcanzable. La diferencia clave, concluye, estaría en ver al Estado como un facilitador en lugar de un enemigo de estos objetivos.

Olympia Snowe, senadora por Maine que se retirará al final de esta legislatura debido a su frustración con el sistema político, llega a una conclusión similar desde una trayectoria muy distinta. “El nuevo conservadurismo se ha movido ideológicamente a la derecha, y ha abandonado la creencia histórica de que existe un rol legítimo para el Gobierno ayudando a potenciar la iniciativa individual”.

El quid de la cuestión para el partido está allí: ¿existe o no un papel fundamental para el Estado en su filosofía de gobierno? El tema también va a las urnas en noviembre. La respuesta, implícita en la elección del presidente, tendrá importantísimas consecuencias para la evolución y sostenibilidad de ese gran proyecto político llamado Estados Unidos de América.