La visión exterior de Mitt Romney

¿Mitt Romney estadista? La proposición parece cada vez más improbable —si es que en algún momento llega a liderar el país—. En su primer viaje al exterior como candidato Republicano se ha encargado de dejar claro que no solo no tiene la sensibilidad internacional para manejar asuntos de estado, más importante todavía, ha dejado claro que su agenda exterior es un rosario de incongruencias políticas.

De la frivolidad a la sustancia.

Su primera parada, Londres, fue un desastre de relaciones públicas en toda regla. La visita buscaba aprovechar la inauguración Olímpica —la credencial que más utiliza Romney, que se vende como el eficaz organizador de las olimpiadas de invierno en 2002— para acércalo a líderes internacionales y darle credibilidad en el tema. El resultado fue terrible: se ganó el rechazo del primer ministro británico al decir que los juegos estaban mal organizados y los ingleses no mostraban suficiente entusiasmo; dio a entender que iba a Londres porque el caballo de su mujer participaría en las olimpiadas, sin embargo no sabía en qué fecha; y reveló una reunión con el jefe de la inteligencia británica que debía permanecer secreta.

La falta de experiencia de Romney en el escenario internacional no es novedad. Lo que sí es desconcertante es ver al candidato —y posible inquilino del Despacho Oval a partir del 20 de enero— moviéndose con esa torpeza en ámbitos clave para los intereses estadounidenses. No solo es que Romney no tenga experiencia ejecutiva en este terreno —Obama tampoco la tenía—, su mal manejo ha sido la nota destacada.

Y continuamos a Oriente Medio. La segunda escala de la gira, Israel —foto en el Muro de las Lamentaciones incluida—, puso en evidencia la superficialidad de los postulados que vertebran la visión exterior de Romney. “Tenemos el deber solemne y el imperativo moral de impedir que Irán cumpla con sus malévolas intenciones”, afirmó el candidato en Jerusalén. “No debemos engañarnos a nosotros mismos y pensar que la contención del problema es una opción”. Cualquier parecido retórico con administraciones pasadas es coincidencia. O, como lo dice Gideon Rachman en Financial Times, si te gustaba George W. Bush te encantará Mitt Romney.

Para el candidato la solución a la encrucijada nuclear iraní —y por tanto a un amplio número de temas de la política de la región— pasa por defender el derecho de Israel a un ataque preventivo. La posición más al extremo derecho y la que más tensa la cuerda de la política internacional. “Si Israel tuviera que tomar acciones por cuenta propia [otra forma de decir al margen de las instituciones y el derecho internacional], Romney las respetaría”, dijo un portavoz del candidato durante la visita. La afirmación carece por completo de un respaldo doctrinario y del desarrollo de un visión más amplia sobre cómo se acomodarían el resto de las piezas ante un cambio tan importante en la política exterior de Estados Unidos.

La posición de Romney es más el resultado de la adopción de políticas de grupos marginales dentro del Partido Republicano que de un pensamiento político propio. Desde antiguos asesores de Bush hijo hasta grupos evangélicos que se han convertido en los más acérrimos —e intransigentes— defensores de Israel. Eso y los grandes donantes: uno de ellos por sí solo —el magnate de los casinos, Sheldon Adelson— ha aportado más de 100 millones de dólares de su propio bolsillo a las arcas del partido. No es sorpresa que Adelson sea también uno de los principales defensores de Israel en Estados Unidos. Sobre todo financiando la compleja trama de lobbies y congresistas que atan e inmovilizan cualquier intento de cambiar el statu quo.

Y el último tramo del viaje: Polonia —Romney quería Alemania, Merkel se disculpó diciendo que estaría de vacaciones; comenzó en Gdansk, cuna del movimiento Solidaridad—. Allí, el discurso de Romney fue libertad y democracia, al más puro estilo de Reagan y la Guerra Fría. Se vilifica a Rusia; Europa del Este se convierte en estandarte del cambio posible; y Estados Unidos se erige como facilitador y garante. Bonito guión, solo que el escenario y los personajes han cambiado.

En fin, política exterior reciclada en un momento clave de transformación en el que Estados Unidos, como en pocos otros momentos a lo largo del último siglo, necesita de toda su capacidad e imaginación para reinventar su lugar en el mundo.