El testamento vital de Gore Vidal

“La lujuria y el encuentro furtivo era exactamente lo que me gustaba. Lo mismo que le gustaba a Jack Kennedy, a Tennessee Williams y a Marlon Brando. Los cuatro éramos contemporáneos. Y los menciono porque éramos promiscuos de una manera en la que hoy, en la era del sida, ya no es posible”.

Al micrófono, Gore Vidal. En 1995. En entrevista con Charlie Rose. En el ocaso de su carrera como escritor, ensayista, crítico cultural, bon vivant y hombre público inquieto hasta la médula con la vida política de su país. El mismo que murió la semana pasada a los 86 años después de más de 60 de formar parte de esa reducida élite que dicta los términos de la conversación en Estados Unidos.

Obsesionado desde la infancia con la idea de ser presidente, Vidal abandonó el sueño y se dedicó a escribir prolíficamente sobre múltiples aspectos de la vida pública del país. De su historia política a sus miserias partidistas; de guiones para Hollywood  —fue co-guionista del Ben-Hur de William Wyler— a ácidas críticas de sus líderes electos; de crónicas para Vanity Fair a una nutrida correspondencia con Timothy McVeigh, el terrorista de Oklahoma ejecutado en 2001.

Uno de los aspectos más interesantes del personaje era su visión de la sexualidad. Reducirla a un binomio le resultaba chocante, maniqueo, un tanto vulgar incluso. No creía ni en la heterosexualidad ni en la homosexualidad. Si tenía que definirse por algo lo hacía más bien por la bisexualidad. Por una condición quizá post sexual en la que no era necesario definir ni clasificar la identidad y condición sexual del individuo.

Algo similar le sucedía en política. Crítico acérrimo tanto de Demócratas como Republicanos, Vidal se ubicaba a la izquierda del centro, a medio camino entre un socialdemócrata europeo y una tradición de corte autoritario. En más de una ocasión llegó a afirmar: “No existe problema humano que no se resolvería si la gente simplemente siguiera mi consejo”. En 1960 se presentó a la Cámara de Representantes y en 1982 intentó cerrar el paso a Jerry Brown —gobernador actual de California— y conseguir la nominación al Senado por ese estado. En ambas ocasiones fracasó.

Sus duelos verbales en televisión con figuras como William F. Buckley —el ideólogo más brillante que ha tenido la derecha estadounidense— y Norman Mailer son materia de leyenda. Insultos, agresiones y sobre todo muchas horas de la mejor discusión acalorada sobre la esencia de la República, el papel del gobierno, la moral en la guerra y el rol del intelectual público. Vidal detestaba rabiosamente la corrección política estadounidense y a sus principales apologistas: los mainstream media.

En los años sesenta comenzó un autoexilio sui generis en un palacete de la costa amalfitana. Se instaló en Ravello, con el Mediterráneo a sus pies y Pompeya y Nápoles a tiro de piedra. Desde allí y durante más de cuatro décadas mantuvo su particular punto de observación de la realidad estadounidense. Al final de su vida y con su pareja de más de 50 años enferma —el secreto para mantenerse juntos, aseguró en varias ocasiones, era “no acostarme con él”—, se mudó de vuelta a Estados Unidos.

Como sucede con casi todo escritor de su estatura —y ego— la sensatez intelectual no siempre fue fiel compañera de Vidal. Partidario de las teorías de la conspiración llegó a afirmar que Roosevelt provocó deliberadamente el ataque japonés a Pearl Harbor y que George W. Bush tenía conocimiento previo de los ataques del 11 de septiembre. ¿Cómo llegó a estas conclusiones? La respuesta y la evidencia se las llevó a la tumba.

En esa misma entrevista de 1995, Charlie Rose le preguntó: “¿Qué te enorgullece más de tu obra: las novelas, los ensayos, qué?” La repuesta de Vidal sintetiza tanto su obra como su vida. “A lo largo de mi vida conseguí que la gente viera de una manera muy distinta tanto el sexo como la República Americana. Cada cierto tiempo conseguí cambiar el sentido de la conversación en estos dos temas fundamentales”.

Sexo y política, pues, entrelazados en su más sofisticada expresión.