La floja apuesta de Mitt Romney

Las próximas semanas serán clave en la carrera presidencial. Me atrevería incluso a decir que serán las definitivas. Con las convenciones de los partidos a la vuelta de la esquina y poco más de dos meses para los comicios, serán las tendencias de las próximas tres o cuatro semanas las que, a falta de un evento inesperado a finales de septiembre u octubre —un deterioro significativo de la zona euro, una bajada súbita en la generación de empleo, un bombardero de Israel a Irán—, determinen el ánimo definitivo de los votantes. Sobre todo en un ciclo electoral con un comportamiento muy estable en las encuestas.

A dos meses vista el escenario es bastante claro —mucho más de lo que están dispuestos a reconocer los mainstream media, que pintan la elección como una carrera apretadísima que no se definirá hasta el último momento—. Obama está adelante. Incluso, se podría afirmar, muy por delante. El promedio de promedios de Real Clear Politics —el instrumento demoscópico más consultado— tiene a Obama con una ventaja de casi tres puntos. Aunque pueda parecer un margen ajustado, no lo es. Por varias razones.

Primero, porque ya toma en cuenta la designación del vicepresidente Republicano. El nombramiento de Paul Ryan no ha alterado la tendencia de las encuestas. En este caso, el llamado VP bump —la subida inmediata en las encuestas después de nombrar al compañero de fórmula y energizar a las bases— simplemente no se ha producido. Un síntoma y mal presagio para Mitt Romney.

Segundo, porque en Estados Unidos no se elige al presidente por voto directo. Se hace por medio del Colegio Electoral. Y en él, la ventaja proyectada de Obama es aún mayor. Su mayoría simple en el voto popular se traduce en una mayoría de más de 40 votos electorales. Es decir, de los 270 necesarios para asegurar la presidencia, Obama tiene una ventaja de más de 15 puntos porcentuales. Otra tendencia a favor de Obama es que las encuestas en los llamados battleground states —decisivos— se mantienen estables con márgenes suficientes para que Obama alcance los 270 votos vía varias combinaciones de estados.

Y, por último, la batalla en la arena intelectual. La historia principal de Newsweek esta semana es un ataque del historiador conservador Niall Ferguson al Gobierno de Obama. Un intento por construir desde la derecha un argumento sólido e irreprochable sobre por qué ha fracasado el presidente y por qué Romney representa, en sus palabras, el único camino a la prosperidad. El análisis, no hay otra manera de decirlo, es vergonzoso. Sobre todo, viniendo de un historiador de la estatura de Ferguson. Los argumentos que esgrime, los datos con los que los respalda su tesis, las razones que proporciona para describir a Romney/Ryan como única salida. Ninguno resiste el menor escrutinio.

Algunos ejemplos. Ferguson acusa a Obama de no haber creado suficientes puestos de trabajo. Lo que no dice es que el presidente heredó una máquina de destrucción de empleo que en enero de 2009 estaba enviando al paro a alrededor de 800.000 personas al mes. Hoy la economía está incorporando a la fuerza laboral a entre 100.000 y 150.000 personas al mes. Una diferencia neta de casi un millón de empleos que el historiador obvia.

En política exterior hace la misma crítica ramplona que se hacía hace tres años: Obama solo es capaz de disculparse ante el mundo por los excesos estadounidenses. Obviada, también, está la salida de Irak, la estrategia de seguridad en Afganistán, la intervención en Libia, el realineamiento asiático, incluso el asesinato de Bin Laden —Ferguson, en el colmo de la pereza intelectual y la complacencia, llega a sugerir entre líneas que la Primavera Árabe fue resultado de la política exterior neoconservadora—.

Y, por último, ataca temas fiscales y de presupuesto muy complejos (con cuyos detalles no aburriré al lector) que inmediatamente provocaron reacciones contundentes de expertos en el tema calificando a Ferguson de, en el mejor de los casos, distorsionar deliberadamente la realidad.

Todo esto para decir que, a diez semanas de la elección, la derrota de Obama no se sostiene, ni intelectualmente. Pronto veremos si los electores —y la caprichosa aritmética del Colegio Electoral— están de acuerdo.