Tampa radicaliza al Partido Republicano

La convención Republicana en Tampa oficializa el arranque de las campañas. Además de la nominación del candidato y los cuatro días de atención interrumpida que recibe el partido, lo más relevante del encuentro es la presentación del programa oficial. Es decir, la plataforma con la que propone gobernar durante los próximos cuatro años.

Aunque el candidato ya estaba en campaña desde hace meses, la posición final del partido se establece hasta la convención. La principal sorpresa es que la letra pequeña de las propuestas ubica al Partido Republicano todavía más a la derecha de la posición que el candidato había adoptado a lo largo de los últimos meses.

La particularidad de Mitt Romney como candidato es el viraje político que ha hecho a lo largo de su carrera y que nadie termina de entender. De respaldar posiciones típicamente Demócratas o de centro —reforma del sistema sanitario, una postura flexible respecto al aborto, posiciones fiscales de centro— ha pasado al ala más dura de su partido. En su edición más reciente, The Economist reta a Romney en portada formulando una simple pero incómoda pregunta: “Entonces, Mitt, ¿en qué crees realmente?

A dos meses de las elecciones y con el candidato en el centro de las miradas desde hace tantos más, la respuesta sigue siendo elusiva y poco clara.

Nadie sabe, por ejemplo, exactamente qué piensa sobre el tema de los inmigrantes sin papeles y la reforma al sistema de inmigración. Romney se ha refugiado detrás de algunos de los tópicos de su partido en el tema: más seguridad en la frontera, no a la legalización, condena a cualquier propuesta legislativa que pretenda desatascar el asunto. Mientras tanto, en Tampa, el partido ha incorporado a su plataforma oficial lo que se conoce como “self-deportation”. En otras palabras, la propuesta oficial del Partido Republicano afirma que el problema de la inmigración se resolverá mediante la auto deportación de todos aquellos que no tengan papeles. No es broma.

Algo similar sucede con un tema como el de la salud reproductiva de las mujeres. En términos generales, el discurso del partido condena temas como el aborto o la educación sexual. Lo hace en un plano vago en el que por lo general no se especifican detalles. Sin embargo, la letra pequeña de las propuestas presentadas en Tampa lo llevan mucho más lejos. Buscan eliminar cualquier tipo de financiación pública en temas de educación sexual; restringir lo más posible el acceso al aborto por medio de leyes imbricadas que parecen permitirlo pero que en la práctica lo impiden; e incluso buscan endurecer penas para desincentivarlo. Romney, como candidato, no toma posición. Solo asegura que nominará a jueces al Supremo que se opongan al aborto. En el matrimonio homosexual, más de lo mismo. La plataforma, tampoco es broma, directamente propone un régimen mucho más estricto para perseguir la “pornografía y el material obsceno”.

El Partido Republicano saldrá de Tampa con una apuesta redoblada: si por alguna vía puede colarse y ganar la elección de noviembre será desde un programa radical de derecha claramente contrastado con la candidatura de Obama. Llevar las propuestas a esos extremos es, por una parte, un síntoma de lo radicalizado que está el partido y, por otra y en última instancia, una constatación del mal estado de la candidatura de Romney. ¿Por qué apostar por llevar la plataforma a ese extremo si fuera adelante en las encuestas?

Lo hace porque no lo está y porque la apuesta fundamental de convertir la elección en un referéndum sobre el desempeño de Obama ha fracasado. En todas las cifras duras publicadas por incontables encuestas, Romney aparece por debajo en términos del manejo económico, de temas de género, de carisma personal y varios aspectos clave más.

La única vía para un triunfo Republicano es doble: necesita sacar a sus bases a la calle en grandes cantidades el 6 de noviembre y, en última instancia, que una carambola en el Colegio Electoral lo ponga por encima de los 270 votos necesarios por un margen muy ajustado.