El reto de Obama: cambio y consenso

“Gané capital en esta elección, capital político; y ahora, pienso utilizarlo”. Las palabras son de George W. Bush. Las dijo al día siguiente de su reelección en noviembre de 2004.

Pocos meses después, Katrina, el devastador huracán, golpeaba las costas del Golfo de México y el principio del fin de su presidencia se comenzaba a escribir. Un año después perdía la mayoría tanto en el Senado como en la Cámara de Representantes; las aspiraciones políticas del presidente quedaban sepultadas. A lo largo de su segundo Gobierno, Bush no conseguiría aprobar reforma legislativa de calado alguna.

El calendario político en Estados Unidos es más caprichoso de lo que parece. Sí, en principio, un triunfo en las urnas garantizan a un presidente 48 meses de estabilidad parlamentaria para ejecutar su agenda y trabajar con el Congreso. En la práctica, sin embargo, la ventana de acción es mucho más corta. Especialmente cuando la crispación y división política son tan profundas. Como ahora.

La llegada del nuevo Congreso y el comienzo del segundo mandato de Obama pondrán a prueba como en pocas otras ocasiones las instituciones del país. Los dos retos fundamentales a los que se enfrenta el presidente durante los próximos cuatro años giran en torno a la administración de los tiempos políticos y en demostrar que las criticadas instituciones del país todavía valen para gobernarlo.

Comencemos por la gestión de los tiempos. Aunque Obama no entregará el poder hasta el 20 de enero de 2017, su verdadera ventana de oportunidad política es solo de entre 12 y 18 meses. Es decir, el verano del año que viene como límite. Después, comienzan las campañas de medio mandato al Congreso y el futuro a partir de entonces será todo menos cierto. Históricamente, un presidente en su segundo mandato pierde en las elecciones al Congreso un promedio de 30 miembros de su partido en la Cámara de Representantes y siete en el Senado.

Por tanto, la clave para Obama radica en moverse con rapidez. En saber gestionar el capital ganado en la elección y utilizar los cambios en los puestos políticos clave (en, al menos hasta ahora, tres ministerios de máximo peso: Estado, Defensa y Tesoro) para coger impulso y reorientar prioridades. La agenda de los segundos cuatro años no podría estar más cargada: reforma al sistema de inmigración, legislación para el control de armas, implementación de la reforma al sistema sanitario, Siria, el conflicto de Oriente Próximo, la relación con China y, quizá el tema más controvertido, el diseño de un plan de reducción del déficit público de largo plazo (que implica tanto reorientación de la política fiscal como recortes en la seguridad social).

Lo que nos lleva al segundo gran desafío: las instituciones y la crisis de gobernabilidad. La negociación in extremis a finales de año sobre un acuerdo para evitar la caída en el llamado “abismo fiscal” fue solo el último episodio en una larga lista de instancias en las que las instituciones políticas no han estado a la altura de las circunstancias (el acuerdo alcanzado solo aplazó dos meses el conflicto). The Economist lo llama “el preocupante patrón de disfunción de Washington”. La tendencia, en otras palabras, a poner por encima los intereses ideológicos, de partido o de grupos privados (lobbies) sobre los intereses públicos y los grandes temas estructurales que comienzan a acumularse y amenazar la solvencia del sistema político en su conjunto.

El reto último de Obama —y su legado— será demostrar que las instituciones de gobierno en Estados Unidos siguen garantizando la gobernabilidad eficaz. Más aún, que los complejos —y delicados— mecanismos de checks and balances consagrados en la Constitución (1789) continúan teniendo validez en una democracia mucho más compleja de la que diseñaron los padres fundadores. La modélica división de poderes y el eficiente engranaje institucional por el que se conoce a Estados Unidos han dado paso en la última década a un sistema dividido y atomizado que simplemente no logra cerrar los pactos necesarios.

Se trate de la desigualdad social, los excesos financieros, la tenencia de armas o la arquitectura fiscal, Obama tendrá pronto que demostrar que las instituciones de Gobierno están dotadas de mecanismos que de manera simultanea permitan el cambio y el consenso. Para ello, o desenfunda el revolver y enfrenta a la oposición, o bajo su tutela se enterrarán las esperanzas en un sistema de gobierno radical e innovador que ha sido la referencia durante al menos el último siglo.