La floja apuesta de Mitt Romney

Las próximas semanas serán clave en la carrera presidencial. Me atrevería incluso a decir que serán las definitivas. Con las convenciones de los partidos a la vuelta de la esquina y poco más de dos meses para los comicios, serán las tendencias de las próximas tres o cuatro semanas las que, a falta de un evento inesperado a finales de septiembre u octubre —un deterioro significativo de la zona euro, una bajada súbita en la generación de empleo, un bombardero de Israel a Irán—, determinen el ánimo definitivo de los votantes. Sobre todo en un ciclo electoral con un comportamiento muy estable en las encuestas.

A dos meses vista el escenario es bastante claro —mucho más de lo que están dispuestos a reconocer los mainstream media, que pintan la elección como una carrera apretadísima que no se definirá hasta el último momento—. Obama está adelante. Incluso, se podría afirmar, muy por delante. El promedio de promedios de Real Clear Politics —el instrumento demoscópico más consultado— tiene a Obama con una ventaja de casi tres puntos. Aunque pueda parecer un margen ajustado, no lo es. Por varias razones.

Primero, porque ya toma en cuenta la designación del vicepresidente Republicano. El nombramiento de Paul Ryan no ha alterado la tendencia de las encuestas. En este caso, el llamado VP bump —la subida inmediata en las encuestas después de nombrar al compañero de fórmula y energizar a las bases— simplemente no se ha producido. Un síntoma y mal presagio para Mitt Romney.

Segundo, porque en Estados Unidos no se elige al presidente por voto directo. Se hace por medio del Colegio Electoral. Y en él, la ventaja proyectada de Obama es aún mayor. Su mayoría simple en el voto popular se traduce en una mayoría de más de 40 votos electorales. Es decir, de los 270 necesarios para asegurar la presidencia, Obama tiene una ventaja de más de 15 puntos porcentuales. Otra tendencia a favor de Obama es que las encuestas en los llamados battleground states —decisivos— se mantienen estables con márgenes suficientes para que Obama alcance los 270 votos vía varias combinaciones de estados.

Y, por último, la batalla en la arena intelectual. La historia principal de Newsweek esta semana es un ataque del historiador conservador Niall Ferguson al Gobierno de Obama. Un intento por construir desde la derecha un argumento sólido e irreprochable sobre por qué ha fracasado el presidente y por qué Romney representa, en sus palabras, el único camino a la prosperidad. El análisis, no hay otra manera de decirlo, es vergonzoso. Sobre todo, viniendo de un historiador de la estatura de Ferguson. Los argumentos que esgrime, los datos con los que los respalda su tesis, las razones que proporciona para describir a Romney/Ryan como única salida. Ninguno resiste el menor escrutinio.

Algunos ejemplos. Ferguson acusa a Obama de no haber creado suficientes puestos de trabajo. Lo que no dice es que el presidente heredó una máquina de destrucción de empleo que en enero de 2009 estaba enviando al paro a alrededor de 800.000 personas al mes. Hoy la economía está incorporando a la fuerza laboral a entre 100.000 y 150.000 personas al mes. Una diferencia neta de casi un millón de empleos que el historiador obvia.

En política exterior hace la misma crítica ramplona que se hacía hace tres años: Obama solo es capaz de disculparse ante el mundo por los excesos estadounidenses. Obviada, también, está la salida de Irak, la estrategia de seguridad en Afganistán, la intervención en Libia, el realineamiento asiático, incluso el asesinato de Bin Laden —Ferguson, en el colmo de la pereza intelectual y la complacencia, llega a sugerir entre líneas que la Primavera Árabe fue resultado de la política exterior neoconservadora—.

Y, por último, ataca temas fiscales y de presupuesto muy complejos (con cuyos detalles no aburriré al lector) que inmediatamente provocaron reacciones contundentes de expertos en el tema calificando a Ferguson de, en el mejor de los casos, distorsionar deliberadamente la realidad.

Todo esto para decir que, a diez semanas de la elección, la derrota de Obama no se sostiene, ni intelectualmente. Pronto veremos si los electores —y la caprichosa aritmética del Colegio Electoral— están de acuerdo.

Paul Ryan o el extremo derecho de la extrema derecha

Mitt Romney tenía opciones. Pudo haber elegido a David Petraeus: General condecorado, experto en temas de seguridad nacional, arquitecto de la estrategia de retirada de Irak. A Condoleezza Rice: asesora de Seguridad Nacional y secretaria de Estado con George W. Bush, miembro de una minoría racial. O a Tim Pawlenty: ex gobernador de Minnesota, moderado, con amplia experiencia ejecutiva.

Sin embargo, para acompañarlo en el ticket presidencial, Romney eligió a Paul Ryan. Conservador, doctrinario, halcón fiscal, en el extremo derecho de la extrema derecha. Ninguno de estos términos asociados con frecuencia a su nombre terminan de describir plenamente al joven político —42 años— Representante por Wisconsin y ahora candidato a la vicepresidencia de Estados Unidos —o, como dice el dicho, a un latido de corazón del Despacho Oval—. Ryan es un producto sui generis del conservadurismo estadounidense —en sí mismo sui generis— más recalcitrante. Un guardián del dogma y las buenas costumbres del partido; abanderado de una praxis ideológica en la que el alumno no solo supera al maestro, lo reprimenda y corrige.

Carismático y tremendamente versado en los aspectos técnicos más oscuros de la política fiscal y el presupuesto federal, Ryan pertenece a una nueva generación decepcionada por la poca valentía del liderazgo conservador de los últimos 25 años —de Bush padre a la fecha—. Su rol auto conferido es el de hacer cumplir la doctrina y apretar las tuercas del partido para devolverlo a su estado más puro. A pesar de haber llegado a la Cámara de Representantes en 1999 —con solo 28 años—, su nombre saltó a los titulares hasta el 2008, cuando retó a Obama con un presupuesto alternativo que se convirtió en el sueño húmedo de todo conservador de cepa.

Conocido como Path to Prosperity, el presupuesto de Ryan es un proyecto radical de redistribución del ingreso —de abajo hacia arriba— que llega a asustar a muchos dentro de su propio partido. La columna vertebral del proyecto es la reducción del déficit. Cuadrar las cuentas del Estado a cualquier precio. Y para conseguirlo, predica el congresista, solo hace falta reducir los impuestos y dejar libre el espíritu emprendedor estadounidense. El documento, vacío de cualquier análisis económico serio, está lleno de referencias a la Constitución, a Locke, a Durkheim, a Hayek y a Adam Smith. Una propuesta pomposa y grandilocuente que no cuenta con el respeto de economista calificado alguno.

En el semanario New York, Jonathan Chait disecciona al personaje y advierte: “no hay que perder de vista que Ryan fue entrenado en el mundo de los think tanks Republicanos de Washington. Y estos, a su vez, fueron creados desde la convicción de que los economistas mainstream estaban inevitablemente aliados con la izquierda. Crearon un ecosistema intelectual alternativo en el que sus ideas —el planeta no se está calentando, la distribución de la riqueza no es más desigual, etc.— no tienen que ser comprobadas empíricamente”. Ryan, concluye Chait, es el heraldo del dato blando, los seudo-hechos y la imaginación pura.

En los últimos 30 años uno de los coup d’état más espectaculares ha tenido lugar sin que la mayoría de los medios siquiera lo registrara. El asalto al establishment conservador tradicional. Este ha sido reemplazado por una facción más radical ideológicamente, menos respetuosa de las instituciones y sus rivales políticos y obsesionada con una agenda monotemática de degradación de las competencias del gobierno.

En su It’s Even Worse Than It Looks: How the American Constitutional System Collided with the New Politics of Extremism (Basic Books, 2012), Thomas Mann y Norman Ornstein se lamentan: “Uno de los dos partidos principales, el Republicano, se ha convertido en un actor integrista: ideológicamente extremo; en riña con la herencia social y el régimen económico; contrario al acuerdo; indiferente a los hechos, los datos y la ciencia; y desdeñoso de la legitimidad política de la oposición”.

Paul Ryan, mucho más que el propio Romney, es el más fervoroso apologista de esta nueva estirpe.

El testamento vital de Gore Vidal

“La lujuria y el encuentro furtivo era exactamente lo que me gustaba. Lo mismo que le gustaba a Jack Kennedy, a Tennessee Williams y a Marlon Brando. Los cuatro éramos contemporáneos. Y los menciono porque éramos promiscuos de una manera en la que hoy, en la era del sida, ya no es posible”.

Al micrófono, Gore Vidal. En 1995. En entrevista con Charlie Rose. En el ocaso de su carrera como escritor, ensayista, crítico cultural, bon vivant y hombre público inquieto hasta la médula con la vida política de su país. El mismo que murió la semana pasada a los 86 años después de más de 60 de formar parte de esa reducida élite que dicta los términos de la conversación en Estados Unidos.

Obsesionado desde la infancia con la idea de ser presidente, Vidal abandonó el sueño y se dedicó a escribir prolíficamente sobre múltiples aspectos de la vida pública del país. De su historia política a sus miserias partidistas; de guiones para Hollywood  —fue co-guionista del Ben-Hur de William Wyler— a ácidas críticas de sus líderes electos; de crónicas para Vanity Fair a una nutrida correspondencia con Timothy McVeigh, el terrorista de Oklahoma ejecutado en 2001.

Uno de los aspectos más interesantes del personaje era su visión de la sexualidad. Reducirla a un binomio le resultaba chocante, maniqueo, un tanto vulgar incluso. No creía ni en la heterosexualidad ni en la homosexualidad. Si tenía que definirse por algo lo hacía más bien por la bisexualidad. Por una condición quizá post sexual en la que no era necesario definir ni clasificar la identidad y condición sexual del individuo.

Algo similar le sucedía en política. Crítico acérrimo tanto de Demócratas como Republicanos, Vidal se ubicaba a la izquierda del centro, a medio camino entre un socialdemócrata europeo y una tradición de corte autoritario. En más de una ocasión llegó a afirmar: “No existe problema humano que no se resolvería si la gente simplemente siguiera mi consejo”. En 1960 se presentó a la Cámara de Representantes y en 1982 intentó cerrar el paso a Jerry Brown —gobernador actual de California— y conseguir la nominación al Senado por ese estado. En ambas ocasiones fracasó.

Sus duelos verbales en televisión con figuras como William F. Buckley —el ideólogo más brillante que ha tenido la derecha estadounidense— y Norman Mailer son materia de leyenda. Insultos, agresiones y sobre todo muchas horas de la mejor discusión acalorada sobre la esencia de la República, el papel del gobierno, la moral en la guerra y el rol del intelectual público. Vidal detestaba rabiosamente la corrección política estadounidense y a sus principales apologistas: los mainstream media.

En los años sesenta comenzó un autoexilio sui generis en un palacete de la costa amalfitana. Se instaló en Ravello, con el Mediterráneo a sus pies y Pompeya y Nápoles a tiro de piedra. Desde allí y durante más de cuatro décadas mantuvo su particular punto de observación de la realidad estadounidense. Al final de su vida y con su pareja de más de 50 años enferma —el secreto para mantenerse juntos, aseguró en varias ocasiones, era “no acostarme con él”—, se mudó de vuelta a Estados Unidos.

Como sucede con casi todo escritor de su estatura —y ego— la sensatez intelectual no siempre fue fiel compañera de Vidal. Partidario de las teorías de la conspiración llegó a afirmar que Roosevelt provocó deliberadamente el ataque japonés a Pearl Harbor y que George W. Bush tenía conocimiento previo de los ataques del 11 de septiembre. ¿Cómo llegó a estas conclusiones? La respuesta y la evidencia se las llevó a la tumba.

En esa misma entrevista de 1995, Charlie Rose le preguntó: “¿Qué te enorgullece más de tu obra: las novelas, los ensayos, qué?” La repuesta de Vidal sintetiza tanto su obra como su vida. “A lo largo de mi vida conseguí que la gente viera de una manera muy distinta tanto el sexo como la República Americana. Cada cierto tiempo conseguí cambiar el sentido de la conversación en estos dos temas fundamentales”.

Sexo y política, pues, entrelazados en su más sofisticada expresión.

La visión exterior de Mitt Romney

¿Mitt Romney estadista? La proposición parece cada vez más improbable —si es que en algún momento llega a liderar el país—. En su primer viaje al exterior como candidato Republicano se ha encargado de dejar claro que no solo no tiene la sensibilidad internacional para manejar asuntos de estado, más importante todavía, ha dejado claro que su agenda exterior es un rosario de incongruencias políticas.

De la frivolidad a la sustancia.

Su primera parada, Londres, fue un desastre de relaciones públicas en toda regla. La visita buscaba aprovechar la inauguración Olímpica —la credencial que más utiliza Romney, que se vende como el eficaz organizador de las olimpiadas de invierno en 2002— para acércalo a líderes internacionales y darle credibilidad en el tema. El resultado fue terrible: se ganó el rechazo del primer ministro británico al decir que los juegos estaban mal organizados y los ingleses no mostraban suficiente entusiasmo; dio a entender que iba a Londres porque el caballo de su mujer participaría en las olimpiadas, sin embargo no sabía en qué fecha; y reveló una reunión con el jefe de la inteligencia británica que debía permanecer secreta.

La falta de experiencia de Romney en el escenario internacional no es novedad. Lo que sí es desconcertante es ver al candidato —y posible inquilino del Despacho Oval a partir del 20 de enero— moviéndose con esa torpeza en ámbitos clave para los intereses estadounidenses. No solo es que Romney no tenga experiencia ejecutiva en este terreno —Obama tampoco la tenía—, su mal manejo ha sido la nota destacada.

Y continuamos a Oriente Medio. La segunda escala de la gira, Israel —foto en el Muro de las Lamentaciones incluida—, puso en evidencia la superficialidad de los postulados que vertebran la visión exterior de Romney. “Tenemos el deber solemne y el imperativo moral de impedir que Irán cumpla con sus malévolas intenciones”, afirmó el candidato en Jerusalén. “No debemos engañarnos a nosotros mismos y pensar que la contención del problema es una opción”. Cualquier parecido retórico con administraciones pasadas es coincidencia. O, como lo dice Gideon Rachman en Financial Times, si te gustaba George W. Bush te encantará Mitt Romney.

Para el candidato la solución a la encrucijada nuclear iraní —y por tanto a un amplio número de temas de la política de la región— pasa por defender el derecho de Israel a un ataque preventivo. La posición más al extremo derecho y la que más tensa la cuerda de la política internacional. “Si Israel tuviera que tomar acciones por cuenta propia [otra forma de decir al margen de las instituciones y el derecho internacional], Romney las respetaría”, dijo un portavoz del candidato durante la visita. La afirmación carece por completo de un respaldo doctrinario y del desarrollo de un visión más amplia sobre cómo se acomodarían el resto de las piezas ante un cambio tan importante en la política exterior de Estados Unidos.

La posición de Romney es más el resultado de la adopción de políticas de grupos marginales dentro del Partido Republicano que de un pensamiento político propio. Desde antiguos asesores de Bush hijo hasta grupos evangélicos que se han convertido en los más acérrimos —e intransigentes— defensores de Israel. Eso y los grandes donantes: uno de ellos por sí solo —el magnate de los casinos, Sheldon Adelson— ha aportado más de 100 millones de dólares de su propio bolsillo a las arcas del partido. No es sorpresa que Adelson sea también uno de los principales defensores de Israel en Estados Unidos. Sobre todo financiando la compleja trama de lobbies y congresistas que atan e inmovilizan cualquier intento de cambiar el statu quo.

Y el último tramo del viaje: Polonia —Romney quería Alemania, Merkel se disculpó diciendo que estaría de vacaciones; comenzó en Gdansk, cuna del movimiento Solidaridad—. Allí, el discurso de Romney fue libertad y democracia, al más puro estilo de Reagan y la Guerra Fría. Se vilifica a Rusia; Europa del Este se convierte en estandarte del cambio posible; y Estados Unidos se erige como facilitador y garante. Bonito guión, solo que el escenario y los personajes han cambiado.

En fin, política exterior reciclada en un momento clave de transformación en el que Estados Unidos, como en pocos otros momentos a lo largo del último siglo, necesita de toda su capacidad e imaginación para reinventar su lugar en el mundo.

El Partido Republicano vota su filosofía de gobierno

En los márgenes del Partido Republicano comienza a surgir un debate que me parece bastante más interesante del que tiene lugar en su centro, en ese espacio que ocupa su candidato presidencial, los think tanks más influyentes y parte de las bases del partido. Un debate que nos ayuda a poner en perspectiva a la organización y situarnos en las implicaciones y consecuencias que tendrá para su futuro la elección de noviembre, la gane o la pierda.

En una columna perspicaz hace unos días Ezra Klein escribía en Bloomberg sobre el gran candidato que Romney pudo haber sido. En lugar de caer en la retórica vacía y los tópicos, escribe Klein, el candidato pudo haber explicado “que la razón por la que la economía estadounidense es más fuerte que la de otros países desarrollados es porque es un país poco sentimental; que tiene un mercado laboral flexible…y permite que compañías poco competitivas mueran”. Y añade Klein: “en lugar de simplemente alabar al libre mercado y a los que toman riesgos, pudo haber reconocido que la economía moderna muchas veces no es justa y en ocasiones incluso es cruel. Que la solución no es hacer a nuestras empresas menos competitivas. Si no, a nuestro gobierno más compasivo, más eficaz a la hora de ayudar a aquellos que se rezagan”.

Y sin embargo, Romney ha tenido el discurso que ha tenido: ramplón, engañoso y solo a la búsqueda de maximizar su popularidad. Es decir, de defender las posiciones que de antemano se asumen más populares entre el mayor número de personas —crear empleo, reducir el déficit, bla bla bla—.

Así, mientras la retórica electoral de Romney se neutraliza a sí misma por el abuso de tópicos, fórmulas cansadas y falta total de perspectiva crítica del tema central de la elección —el futuro económico del país—, diversos políticos e intelectuales a la derecha del centro han comenzado —aunque sea en las palabras— a intentar devolver al partido una sensatez mínima que lo sitúe en la realidad. En la realidad económica de cómo llegamos hasta aquí y también en la realidad a la que se enfrentará Estados Unidos en las próximas décadas en un ambiente internacional hipercompetitivo en el que nadie tiene el futuro asegurado (incluyendo la economía más grande del planeta y el país más poderoso).

La idea más interesante e incisiva en este debate la expuso Francis Fukuyama en el Financial Times hace unos días. El académico de Stanford era claro desde el título del artículo: The right must learn to love the state again. La frase va al corazón del problema Republicano: ser conservador en Estados Unidos se ha convertido en símil de estar en contra del Estado. En cualquiera de sus manifestaciones. Una forma peculiar de leer la tradición conservadora que en su manifestación actual se ha convertido en una posición por demás radical.

“El modelo para el futuro del conservadurismo en Estados Unidos es claro”, escribe Fukuyama, “la renovación de la tradición de Alexander Hamiliton y Theodore Roosevelt que aboga por un Estado limitado pero fuerte, que utiliza su poder para apuntalar los grandes intereses nacionales”. La agenda que defendería, explica el académico, estaría encabezada por la defensa de la propiedad privada y un sistema capitalista competitivo, la responsabilidad fiscal y una política exterior basada en una definición clara de los intereses nacionales, en lugar de un ideal internacional inalcanzable. La diferencia clave, concluye, estaría en ver al Estado como un facilitador en lugar de un enemigo de estos objetivos.

Olympia Snowe, senadora por Maine que se retirará al final de esta legislatura debido a su frustración con el sistema político, llega a una conclusión similar desde una trayectoria muy distinta. “El nuevo conservadurismo se ha movido ideológicamente a la derecha, y ha abandonado la creencia histórica de que existe un rol legítimo para el Gobierno ayudando a potenciar la iniciativa individual”.

El quid de la cuestión para el partido está allí: ¿existe o no un papel fundamental para el Estado en su filosofía de gobierno? El tema también va a las urnas en noviembre. La respuesta, implícita en la elección del presidente, tendrá importantísimas consecuencias para la evolución y sostenibilidad de ese gran proyecto político llamado Estados Unidos de América.

La importancia del escrutinio público

Las campañas presidenciales en Estados Unidos tienen una característica que las ubica por encima de la mayor parte de los procesos electorales: el escrutinio mediático. Profesional, exhaustivo e implacable con los candidatos. Sean del partido que sean. Una de las razones por las que las campañas se extienden a lo largo de tantos meses es para que la prensa haga esa labor. Y, las más de las veces, la hace. Con rigor, seriedad y, más importante, desenterrando facetas desconocidas de aquellos que aspiran a gobernar el país. En otras palabras, gracias a la prensa, la vida de los candidatos se convierte en un libro abierto. Un elemento fundamental del proceso democrático.

Eso, precisamente, es lo que está sucediendo con Mitt Romney en los últimos días. Su vida profesional, que ha intentado blindar y esconder de la luz pública —rehúsa, por ejemplo, presentar sus declaraciones de impuestos de los últimos años, como es práctica habitual entre los candidatos que aspiran al Despacho Oval— está siendo revelada capa a capa por investigaciones especiales de la prensa.

El eje de las críticas al candidato se centran sobre sus actividades en Bain Capital, la compañía financiera que dirigió y convirtió no solo en su mina de oro personal, sino también en una de las empresas más eficaces del ramo. ¿Qué hace Bain? Sus actividades se ubican a medio camino entre la gestión de capital de riesgo, los fondos de inversión y la restructuración empresarial. Una compañía que se especializa principalmente en hacer más eficaz la gestión de las propias empresas. De reinventar procesos: contables, financieros y operativos.

El escrutinio público —de los medios de comunicación y más recientemente de la campaña de Obama— gira en torno a las prácticas empresariales de Bain y el tipo de capitalismo que Romney favorecería como presidente.

Desde hace meses diversos medios han investigado a Bain y encontrado una empresa que opera muy cerca de los márgenes de la ley. En esas zonas grises en las que fácilmente se transgrede y en las que sus prácticas —sobre todo para un aspirante a un cargo público— resultan más que cuestionables. El tipo de operaciones por las que Bain se ha caracterizado a lo largo de las últimas dos décadas son precisamente de ese capitalismo financiero de alto riesgo que entró en desdicha después de la caída de Lehman Brothers en 2008.

Compañías tapadera en paraísos fiscales; deudas colosales financiadas por complejos mecanismos que blindan legal y financieramente las pérdidas a las filiales en Estados Unidos; políticas de outsourcing siempre a la búsqueda del mínimo denominador común; y esquemas contables en los que en muchos casos el pago de impuestos en Estados Unidos es prácticamente inexistente. ¿Ilegal? No. Pero sí cuestionable para un aspirante a la presidencia.

Y, ahora —y aquí viene a cuento la importancia del escrutinio público de la prensa—, el candidato republicano se intenta alejar tanto de su papel como presidente de la compañía como de las prácticas instituidas. En las últimas semanas hemos visto una lucha sin tregua entre la campaña Republicana —que intenta esconder datos sobre las actividades de Romney— y una prensa que indaga como sabueso en los detalles y documentos más oscuros y olvidados. Así, recientemente nos enteramos que en 1999 Romney informó a la Securities and Exchange Commission que dejaba todos los cargos de responsabilidad en Bain. A lo que no renunció durante los siguientes años fue a las recompensas económicas de la compañía. Y en 2002, con el ojo puesto en avanzar su carrera política como gobernador de Massachusetts, Romney aseguró tener residencia legal en el estado debido a sus cargos en la compañía cuando en realidad no vivía allí.

El efecto puede ser letal. Pocos días después de que se hicieran públicos estos hechos, el número de búsquedas en Google por Bain y su situación fiscal se dispararon exponencialmente. Sobre todo en los estados denominados indecisos.

La prensa de investigación, pues, se ha anotado un tanto y ha hecho la primera gran revelación de la temporada electoral. La figura y solidez moral de Romney muestran grietas. Grietas que con el debido tiempo bien podrían derrumbar al candidato. Porque en algunos países, lo que investiga y revela la prensa, sí tiene consecuencias.

El desempleo y la reelección de Obama

La cifra de nuevos empleos anunciada el viernes es más que un balde de agua fría para Obama y sus posibilidades de reelección. El agua, en este caso, es gélida. El nuevo dato es doblemente malo: se ubica muy por debajo del crecimiento necesario para volver a los niveles de empleo anteriores a la crisis y encadena el tercer mes consecutivo en el que el mercado laboral no crece al ritmo necesario —entre 150.000 y 175.000— para llegar a noviembre con un escenario favorable para el presidente.

El dato clave del viernes son 80.000 nuevos empleos creados a lo largo del mes de junio. Previsiones pesimistas de Goldman Sachs y otros observadores apuntaban a la franja de 100.000 a 125.000. Un mes más en el que no se cumplen las expectativas mínimas. La cifra confirma el estancamiento generalizado de la economía y entierra por completo la hipótesis de algunos economistas que aseguraban que el mercado laboral estaba creciendo a un ritmo más rápido del reflejado por las cifras oficiales debido a ajustes estacionales que no estaban contemplados en los modelos de medición.

El empleo y su mal estado han cambiado ya el clima electoral. Las previsiones de principios de año que apuntaban a que se podría llegar a noviembre con un índice de desempleo por debajo del 8% hoy parecen virtualmente imposibles de cumplir. Obama está ante un dilema: ¿cómo defender una gestión económica que sigue siendo aceptada por la mayor parte de los economistas pero que no ha dado los resultados esperados? En esta pregunta radica, en mi opinión, la clave electoral del mensaje de Obama. Será su capacidad para explicar a un electorado frustrado y decepcionado la enorme complejidad de las medidas económicas tomadas en los últimos tres años lo que hará que gane o pierda la elección. Tendrá que saber enmarcar con suficiente amplitud —y detalle al mismo tiempo— la realidad económica del país y las medidas de corto y largo plazo tomadas para desatascar el empleo. En Ohio, la semana pasada, lo intentaba explicar así: “Quiero volver a los tiempos en los que la clase media y aquellos que  buscan ingresar en ella tengan seguridades básicas. Tenemos que enfrentarnos a lo que ha estado sucediendo en las últimas décadas”.

Sin decirlo explícitamente —en parte en ello radica la complejidad del mensaje que debe transmitir— Obama apunta a un proyecto de reconstrucción económica nacional de la clase media en un país en el que cualquier esfuerzo federal es recibido con escepticismo y desconfianza. El reto principal, en otras palabras, radica en desmontar los mitos económicos con los que se ha regido el país durante los últimos 30 años de una manera entendible y clara para el votante promedio de clase media sin que le resulte amenazante.

Romney, por el momento, se limita a lanzar la trillada y vacía interrogante típica de cualquier oposición: ¿más de lo mismo o cambio verdadero? Sin abordar la verdadera problemática económica a la que se enfrenta Estados Unidos, el candidato Republicano receta impuestos bajos y mínima intervención del gobierno como fórmula universal e infalible para resolver sus problemas. Se limita, sin más, a atribuir el pobre desempeño económico a la gestión política de los últimos tres años.

Será en el contexto de la lucha entre estas dos visiones donde los candidatos disputarán el mayor número de votos. Para cada uno, el objetivo fundamental será acercar —o alejar— el análisis de los acontecimientos en relación a las premisas antagónicas de las que parte cada uno.

Por lo pronto, la mala tendencia en el empleo ya se asoma en las encuestas. Ayer, el Washington Post y ABC cifraban en 47% la intención de voto tanto para Obama como para Romney. Y aunque todavía es pronto para otorgarle demasiada importancia a la demoscopia, sin ninguna duda la ventaja con la que partía Obama a comienzos de año se ha recortado. También, sin ninguna duda, la variable fundamental marcando el movimiento de esta tendencia es la oscilación de la cifra del empleo.

La reforma sanitaria se vota en noviembre

¿Victoria clara y rotunda para Obama o una decisión dividida y demasiado imbricada para poder establecer una conclusión contundente? Esa es la pregunta que flota sobre Washington desde el viernes pasado, cuando la Suprema Corte de Justicia se pronunció sobre el Affordable Care Act o, como se conoce popularmente, Obamacare. La reforma sanitaria, la apuesta legislativa más importante del Gobierno, fue impugnada por varios estados y llevada hasta la máxima instancia judicial.

Pocas decisiones han provocado tal expectativa y dividido tanto al país; pocos temas nos llevan de manera tan clara al corazón de la confrontación política en Estados Unidos.

La decisión del viernes tiene dos implicaciones importantes. La primera, estrictamente política, gira en torno a determinar si la apuesta de Obama por transformar el sistema y la estructura sanitaria es legal. Es decir, si la apuesta política más importante del presidente, en la que invirtió buena parte de su capital inicial y en la que pasó el mayor número de tiempo trabajando, era respaldada por el Supremo. La resolución de la corte, en términos amplios, fue que sí: la ley es legal y no vulnera ninguno de los principios impugnados por los estados que demandaron al Gobierno. Mucho estaba en juego para Obama en esta cuestión simplemente porque, de haber sido derribada toda o parte de la ley, la percepción de su liderazgo hubiera cambiado de manera inmediata: un presidente que invirtió tanto tiempo y esfuerzo en una iniciativa que termina siendo tumbada por el Supremo, hubiera sido percibido como naif.

Resuelto el tema político, la segunda y más importante cuestión es cómo se implementará una ley tremendamente compleja que busca brindar cobertura sanitaria a más de 40 millones de personas. Aquí, la resolución de la Corte es más complicada y existen múltiples interpretaciones sobre el significado último de la resolución y qué podría suceder entre ahora y 2014 —cuando la mayor parte de las estipulaciones de la nueva ley tendrían que entrar en vigor—. Tanto detractores como partidarios han declarado que la sentencia del viernes es un triunfo para su causa.

Los detractores (principalmente dentro del Partido Republicano) hacen una interpretación de largo aliento en la que el voto decisivo, del juez conservador y presidente de la Corte John Roberts, sienta las bases para restringir el papel del Gobierno en decisiones futuras. Es decir, interpretan la decisión de cinco votos contra cuatro como una jugada preventiva y brillante en la que aunque ahora no se derriba Obamacare, hará más fácil restringir esta y acciones similares en el futuro. Un columnista del Washington Post lo resumía así: ¿Perdieron los Republicanos la batalla de la reforma sanitaria pero ganaron la guerra?

Para Ezra Klein, uno de los expertos en el tema, el fondo de la decisión del viernes fue una maniobra judicial muy inteligente en la que básicamente la Corte se pronunció sobre los aspectos macro y dejó los micro (los que determinarán al final de cuentas cómo se implementará la ley) para ser resueltos por quien sea que ocupe el Despacho Oval en 2013.

Lo que de facto convierte inesperadamente la reforma sanitaria en el tema estelar de la campaña presidencial. Aprobada en el Congreso en 2010 y sentenciada por la Suprema Corte en junio de 2012, nadie esperaba que la resolución final de la reforma se llevara hasta las presidenciales del otoño y se convirtiera en tema de campaña.

El ganador en noviembre, asegura Klein, “decidirá el futuro del Affordable Care Act. Y no solo eso, muy probablemente tendrá la oportunidad de nominar a uno o más jueces a la Corte, lo que determinará si esta continúa moviéndose hacia la derecha o da un giro a la izquierda. Así que aunque poco cambió con la decisión del viernes, fue un recordatorio de cuánto podría cambiar en noviembre”.

Los dados se cargan todavía más para la presidencial de noviembre. Elegir entre Obama o Romney se convierte también en una elección entre dos filosofías sobre el ejercicio y alcance del poder del Gobierno federal.

El rostro cambiante de la inmigración en EE UU

Tercera semana consecutiva en la que inintencionadamente el tema de la inmigración centra la atención de esta columna. Las noticias se acumulan y los cambios se encadenan a gran velocidad. En esta ocasión me enfoco en un estudio del Pew Research Center publicado la semana pasada que documenta nuevas y muy reveladoras tendencias (dejo la resolución de la Suprema Corte de Justicia del lunes sobre las leyes de inmigración en Arizona para otra ocasión). Las cifras presentadas no solo muestran cómo está cambiando el rostro de la inmigración en Estados Unidos, sino también —y quizá como principal factor condicionante— cómo se están transformando las necesidades y estructuras económicas del país.

El dato fundamental a desgranar es que por primera vez en muchas décadas la inmigración hispana en Estados Unidos deja de ser la mayoritaria. La inmigración asiática la rebasa y se convierte en la fuente principal de nuevos inmigrantes. El estudio, titulado The Rise of Asian Americans, es un mosaico muy amplio que documenta diversos aspectos de la vida de esta comunidad en Estados Unidos. Aquí me centro exclusivamente en los cambios en los patrones de inmigración y su impacto en la economía.

El primer aspecto a tomar en cuenta es la rapidez con la que ha evolucionado la tendencia. En 2000, hace tan solo 12 años, la inmigración hispana en Estados Unidos representaba el 59% del total. La asiática, solo el 19%. A partir de entonces una tendencia inversamente proporcional comenzó a reducir la brecha. En 2006 la proporción ya era de 46% a 29%; en 2008 de 42% a 33%; y en 2010, la última cifra disponible, se había invertido: 31% a 36%.

¿Qué tan grande es y cómo está conformado este grupo? Se calcula que hay alrededor de 18 millones de asiáticos en Estados Unidos. Alrededor del 6% de la población del país (casi 10 puntos por debajo de los hispanos). De estos, la mayoría son de origen chino (4 millones), le siguen los de origen filipino (3,5 millones), indio (3 millones), y vietnamita, coreano y japonés (alrededor de 1,5 millones cada uno).

Entre algunas de las conclusiones del Pew Center, hay una que me interesa particularmente y sobre la que he venido escribiendo en este espacio desde hace algunos años (ejemplos aquí, aquí y aquí). El vuelco fundamental en la tendencia está basado sobre todo en un factor: la demanda de la economía estadounidense de mano de obra altamente calificada. Es decir, en la evolución de una economía que algún día estuvo basada en la agricultura y manufactura a una que hoy se transforma a gran velocidad ya no solo a los servicios, sino a la alta tecnología y el conocimiento.

Es en esa intersección en la que se tiene que entender la caída de la inmigración hispana y el ascenso de la asiática. En el enorme diferencial en los grados de educación y desempeño escolar que existe entre los dos grupos. En la posibilidad de éxito que puede tener una y otra comunidad en dos modelos económicos muy distintos con exigencias muy diversas para aquellos que pretenden añadir valor (y ganarse la vida en el intento). ¿Esto quiere decir que Estados Unidos no necesita mano de obra barata que recoja fruta y empaquete carne? No, evidentemente la sigue necesitando. Lo que sí quiere decir es que el peso (económico) que tenían este tipo de actividades ya no es el mismo (ese mismo efecto se puede observar en un amplio rango de profesiones que se han estancado en buena medida debido al desarrollo tecnológico).

De muestra basta un botón: el reparto geográfico de la población. Aunque existen comunidades asiáticas en prácticamente todos los estados del país, su presencia se concentra en centros económicos clave: el área metropolitana de Seattle y San Francisco (industria tecnológica); Houston (industria petrolera y hospitales); Boston (academia e investigación biotecnológica); Nueva York (finanzas y servicios).

Unos suben y otros bajan. Y no siempre por los cuentos chinos que nos cuentan. En cuanto a oportunidades y atractivo económico, Estados Unidos sigue siendo Estados Unidos. Lo que en definitiva ha cambiado es quién está mejor posicionado para sacar partido.

Obama reta al Congreso en la inmigración

La semana pasada escribía sobre cómo el debate de la reforma al sistema de inmigración se ha alejado de la política. Dos días después, esta comprobación contundente de la tesis: Obama, utilizando el poder del Despacho Oval, reta y circunvala al Congreso al ordenar directamente a la secretaría de Seguridad Nacional dejar de perseguir a inmigrantes indocumentados que fueron llevados a Estados Unidos por sus padres.

Una decisión unilateral, controvertida —los medios de la derecha titulaban “amnistía encubierta”— y, en última instancia, muestra inequívoca de la disfunción a la que ha llegado la discusión política en torno a la inmigración.

Comencemos por descifrar qué es y qué no es la medida. ¿Amnistía, legalización o reforma inmigratoria encubierta, como acusan sectores conservadores?  De ninguna manera. La medida es un simple memorando —ni siquiera es una orden ejecutiva— que guía y determina prioridades desde lo más alto del gobierno a las diversas agencias federales que tienen competencia en el tema. En otras palabras, ni se está cambiando la ley ni se está promulgando una nueva. Se está decidiendo, únicamente, la forma en la que el gobierno determinará sus prioridades dentro del marco legal ya existente.

¿Entonces, por qué la atención mediática? En primer término porque, como ya decía, Obama toma la decisión en solitario y, en última instancia, lanza en clave interna un reto al Congreso: o se activa la discusión amplia sobre la reforma migratoria o desde el Ejecutivo se tomarán medidas para dejar claro que la parálisis está en el legislativo. En segundo término, porque aunque la medida no cambia la ley ni altera el statu quo, es lo más importante que ha sucedido en el tema en bastantes años. Es un síntoma de que si no es por la vía de la discusión política y el consenso legislativo, el tema avanzará al margen de la política.

Desde el comienzo la administración Obama ha seguido una política en el tema que tiene una doble estrategia. Por una parte, aplica con más rigor la ley actual —de esta forma se cubre el flanco derecho—. Esto necesariamente significa tres cosas: una aplicación más estricta de castigos a aquellos que emplean a inmigrantes indocumentados; un mayor número de deportaciones —el gobierno actual es el que más inmigrantes ha deportado—; y mayor vigilancia en las fronteras. En segundo término, la estrategia ha implicado revisar a fondo la forma en la que se aplica la ley actual. Identificar a los distintos grupos de inmigrantes sin papeles y establecer prioridades en cuanto a cuáles se persiguen. Así, el año pasado por ejemplo, se determinó —de manera similar al anuncio de la semana pasada— que grupos específicos iban a dejar de ser una prioridad para las autoridades. Personas mayores, sus cuidadores, estudiantes y aquellos con títulos universitarios pasaron a un segundo término en la jerarquía de la secretaría de Seguridad Nacional.

El nuevo memorando centra su atención en jóvenes que entraron en Estados Unidos con sus padres con menos de 16 años y que hoy no rebasan los treinta; establece a este grupo como nueva categoría y lo blinda temporalmente rebajando la importancia que tiene en las prioridades de las autoridades de inmigración. Además de blindarlo, permite que los miembros del grupo soliciten permisos temporales de trabajo.

El objetivo de la medida es claro: intentar desatascar las aguas políticas de la gran reforma que se ha buscado desde hace una década al tiempo que Obama se cuelga una medalla —aunque sea simbólica— en un tema que será clave después de la elección de noviembre.

Otra forma de entender el anuncio es enmarcándolo de manera más amplia en los cambios demográficos que está sufriendo el país: desde su configuración racial hasta las nuevas fuentes de trabajo y expansión económica. En días recientes el Pew Research Center daba a conocer que, por primera vez, los asiáticos superaban a los hispanos y se convertían en el grupo que más inmigrantes contribuía a Estados Unidos. Una modificación importante en la composición demográfica y económica del país.

Se avecinan cambios importantes en las políticas de inmigración. Y como lo acaba de demostrar Obama, las reformas se alinearán en base a nuevas y cambiantes prioridades.