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Vivian Maier y el Estados Unidos del siglo XX
Una niñera, los suburbios de Chicago, más de 100.000 negativos que permanecieron ocultos durante medio siglo y una de las historias más fascinantes de la fotografía contemporánea.
Son los ingredientes de la vida de Vivian Maier. La fotógrafa completamente desconocida hasta hace poco más de cuatro años que súbitamente ha emergido como una de las miradas estadounidenses más agudas de la segunda mitad del siglo XX. Una mezcla seductora e irresistible de la excentricidad de Diane Arbus, la delicadeza visual de Harry Callahan y la lírica y el simbolismo de Robert Frank.
Tanto la historia personal de Maier como la forma en la que se descubrió su obra bien valen la pena contarse.
De padre estadounidense y madre francesa, nació en Nueva York a finales de los años veinte del siglo pasado. Creció entre Francia y Estados Unidos y se instaló, ya en sus veinte, en la North Shore de Chicago. Un suburbio de clase alta en el que Maier encontró trabajo. Como nanny. Es decir, como cuidadora de niños. En sus ratos libres salía a explorar las calles de la ciudad —sobre todo las de Chicago, pero también ocasionalmente las de Nueva York, San Francisco y otras ciudades del sur del país—. Armada con una Rolleiflex de medio formato, durante más de cuarenta años se dedicó a registrar silenciosamente y en privado el boom americano de la segunda mitad del siglo XX. Las costumbres; las fobias; las filias; las escenas cotidianas de un país que crecía velozmente y exhalaba confianza de sí mismo. Maier las persiguió y captó con una gracia y profundidad que muy pocos fotógrafos de su generación lograron. Una mujer completamente solitaria —no tenía pareja, hijos, familiares cercanos— que se dio a la tarea de documentar exhaustivamente la vida de la posguerra en Estados Unidos.
Lo sorprendente de la estética de Maier es la depuración de estilos. Una suma bien integrada de la mejor tradición fotográfica de los últimos cincuenta años. Sus fotos de Chicago, por ejemplo, son sin duda el registro visual más completo y penetrante de la ciudad. De su gente, de los barrios ricos, pobres, de su arquitectura, marginación y aspiraciones. Las de Nueva York son tan intensas y originales como las de Weegee; al tiempo que logran explorar registros bastante más amplios que los del fotógrafo que santificó el gore.
Su obra, nunca vista hasta hacía unos pocos años —muchos de los negativos, incluso, no se han impreso todavía—, fue descubierta en 2007 por un agente de bienes raíces de 26 años que a manera de hobby hacía investigación histórica de los barrios de Chicago. En una subasta en eBay, John Maloof se topó con las fotos de Maier y compró la mayor parte de su archivo por 400 dólares —la fotógrafa lo conservaba en decenas de cajas apiladas en la habitación que la familia que cuidaba le proporcionaba—.
Maloof, que no tenía conocimiento alguno del mundo de la fotografía, comenzó a circular algunos de los negativos en foros en internet y círculos de expertos en museos de arte contemporáneo en Chicago y Nueva York. Pronto se dio cuenta de que estaba ante uno de los archivos fotográficos más importantes del siglo XX. El teléfono comenzó a timbrar con galeristas, curadores y editores de revistas especializadas interesados en conocer la obra.
Por lo pronto ya se ha publicado el volumen Vivian Maier: Street Photographer y se han montado exposiciones en galerías en Nueva York, Atlanta y en el Chicago Cultural Center. Nada de ello lo pudo ver en persona la propia Maier, que murió en 2009 sin que nadie conociera —o reconociera— el verdadero valor de su trabajo.
Por ahora solo se conoce una parte muy pequeña de los más de 100.000 negativos. Sin embargo, el consenso es claro: Vivian Maier se convierte rápidamente en una de las fotógrafas más importantes del siglo XX. En los próximos años no solo veremos cómo crece su figura, sino también, cómo con cada nueva fotografía que se publique, se revelen nuevos detalles, nuevas capas, nuevas pistas del Estados Unidos de la segunda mitad del siglo XX.
(Fotografía: © 2012 Maloof Collection)
Robert Frank para The New York Times
Pocos saben que en 1958 The New York Times contrató a Robert Frank para hacer una serie de fotografías de la ciudad —un año antes de la publicación de su mítico libro The Americans—. El tema de la comisión era la pujanza económica de Nueva York después de la Segunda Guerra Mundial y el papel del periódico como eslabón publicitario para llegar a las personas con más recursos. Años después, los negativos de esas sesiones se extraviaron y solo fueron descubiertos hasta recientemente. Aquí, el blog de fotografía del periódico cuenta la historia del hallazgo y muestra algunas de las fotografías.
(Fotografía: © Robert Frank)
El futuro de la lectura
John Micklethwait de The Economist, Trip Adler de Scribd y Nick Bilton de The New York Times hablan en Davos sobre el nuevo entorno digital y el futuro de la lectura.
Las primarias republicanas ahondan el cinismo
Cuando todo indicaba que el escenario no se podía complicar más, cuando los insultos, las recriminaciones y divisiones parecían haber alcanzado su límite, la realidad nos sorprende y muestra que se puede estirar aún más.
Con el Súper Martes ya a las espaldas y la indefinición de las primarias del Partido Republicano más palpable que nunca, nos enfrentamos a una verdadera batalla campal hacia adentro de la organización que dejará tras de sí huellas profundas y duraderas. No solo en el partido, sino en el conjunto del país y su cultura política. Cada candidato, a su manera, interpretó los resultados de anoche como un triunfo que le impulsa y le permite seguir luchando.
El último tema en irrumpir inesperadamente en la campaña fue una añeja discusión sobre la separación entre Iglesia y Estado. Sobre el papel de la religión en la política y los límites de la fe en las instituciones públicas. La introdujo Rick Santorum con un comentario sobre un discurso de John F. Kennedy en 1960 en el que el entonces senador defendió la importancia de la separación entre las dos. Santorum, literalmente, dijo que aquel discurso le provocan ganas de vomitar.
Más aún: defendió con vehemencia el papel de la religión en la esfera pública e invitó a revelarse en contra de aquellos que intentan excluirla de las decisiones del Estado —temas como la religión en la enseñanza pública y la presencia de símbolos religiosos en escuelas o cortes de justicia son de extrema sensibilidad en Estados Unidos y se han discutido ad infinitum y ad nauseam—.
La rivalidad Santorum-Romney ha abierto una brecha hacia el interior del partido dividiéndolo por clases (las encuestas de salida de anoche son claras en este respecto), creencias religiosas —Santorum es católico, Romney mormón— y grado de severidad con la que aplican las máximas conservadoras.
El candidato puntero, por su parte, gira cada vez más hacia la derecha y deja claro que su programa político es un manifiesto radical dirigido a la plutocracia. A ese tristemente celebre 1% que concentra buena parte de la riqueza nacional. Mitt Romney ha pasado de intentar camuflar su discurso y hacerlo pasar por el de un reformista moderado a ubicar en el centro de su ideario político una agenda que propone recortar ingresos, redistribuir menos y diseñar políticas que giren en torno a los más ricos — à la trickle-down economics, 30 años después—.
Y aún quedan en la contienda Newt Gingrich y Ron Paul —el primero comenzará a recibir protección del Servicio Secreto a partir de mañana—. Aunque ninguno tiene posibilidades de conseguir la nominación, su permanencia sigue polarizando tanto la batalla entre Romney y Santorum como entre el propio electorado.
Fuera del ámbito de las primarias presidenciales, la decisión la semana pasada de la senadora por Maine Olympia Snowe de no volverse a presentar al cargo es un botón de muestra sintomático. Nos ayuda, sobre todo, a enmarcar y entender mejor la peligrosa deriva ideológica en la que ha caído el sistema político estadounidense. Snowe, la republicana más moderada del Senado, decide no presentarse a la reelección no porque haya descendido su popularidad o no tenga recursos para competir y reelegirse. Lo hace porque ha perdido la fe en la capacidad de la institución para transformar la realidad. “Una atmosfera polarizada y una ideología de ‘a mi manera o no hay manera’ han permeado nuestras campañas e instituciones de gobierno”, dijo Snowe en la carta en la que comunicaba la decisión. Deja el Senado y renuncia a la política porque deja de creer en ella. Estas mismas palabras en la boca de prácticamente cualquier otro senador son retórica vacía; en la de Snowe son un llamado de atención escalofriante.
El Super Martes ha alargado la larga sombra que dejan tras de sí las primarias republicanas. Por ahora, la víctima principal es precisamente la creencia en la política como el proceso por antonomasia que rige la transformación de la realidad.
Wikileaks, Stratfor y los encantos de la prostitución
La última filtración de Wikileaks el pasado lunes pone de relieve tanto el ocaso de una organización que mostró el camino en el nuevo ecosistema de los medios de comunicación como algunas de las claves para entender las formas que dominarán la diseminación de información en el siglo XXI.
El capítulo más reciente de la saga Wikileaks se remonta a Noche Buena. El grupo Anonymous penetró los sistemas informáticos de la compañía de inteligencia privada Stratfor (una organización sui generis a medio camino entre agencia de inteligencia, think tank y consultoría que opera desde Austin bajo el mando de un personaje aún más sui generis, George Friedman). Además de robar la lista de clientes de la compañía (más de 300.000, que incluyen a universidades, bancos, corporaciones, ministerios y gobiernos), Anonymous copió correos y otras informaciones confidenciales.
Una buena parte de los archivos extraídos terminaron en manos de Wikileaks, la organización responsable de filtrar los cables del departamento de Estado y documentos confidenciales del Ejército estadounidense, entre otras informaciones. La misma organización que dejó claro en 2010 que el modelo de medios de comunicación del siglo XX (emisores centralizados que diseminan información de manera unidireccional y vertical) se había roto para siempre.
Wikileaks titula la última filtración The Global Intelligence Files. Correos electrónicos entre los directivos de Stratfor y compañías a las que asesoran. Los correos publicados hasta ahora (en total son 5.000.000, por el momento se han publicado 200) no revelan nada especialmente valioso. Lo que sí han hecho es mostrar cómo se están ensanchando las fuentes de información tradicionales. El binomio —medios de comunicación y gobiernos— que durante los últimos dos siglos había controlado los flujos de información está siendo penetrado por nuevas formas de comunicación más dinámicas, versátiles y especializadas.
Stratfor, establecida desde el comienzo como una plataforma en línea a mediados de los años noventa, combina las funciones de consultoría, think tank, recolección de información sobre el terreno e, incluso, el pago a informantes. Todo ello estructurado alrededor de una plataforma en línea a través de la cual la compañía distribuye su información (por medio de suscripciones, que pueden alcanzar hasta los 40.000 dólares anuales, o por medio de servicios de consultoría corporativa).
Podríamos decir, incluso, que estamos ante el nacimiento de un nuevo fenómeno: el tráfico de información. Es decir, información secreta, confidencial, privada o simplemente valiosa para un determinado interés comercial o de gobierno se vuelve moneda de cambio que cotiza en un mercado internacional. En otras palabras, la mercantilización de la información, el acceso y su distribución. De diferentes formas, este fenómeno ha existido desde que existe la información; la diferencia ahora es que está mucho más extendido y circula e incide a una velocidad mucho mayor.
Tanto Wikileaks como Stratfor son una manifestación del nuevo fenómeno; una organización en las antípodas de la otra (Wikileaks quiere incidir en el proceso político abriendo y revelando todos los secretos; Stratfor apropiándose de ellos y comercializándolos en un mercado de influencia e información privado). De allí el interés de Julian Assange (líder de Wikileaks) de hacerse de los correos robados por Anonymous y asestarle un golpe a Stratfor.
Riñas personales aparte, la publicación de estos correos no deja de ser un robo de información a una compañía privada distribuida a través de una organización que cada vez distingue menos los límites entre las virtudes de la transparencia pública y el uso indiscriminado de información obtenida por cualquier medio.
Wikileaks ha pasado de abrir valientemente el camino de las nuevas fuentes de información a prostituir por un precio muy bajo el valor de la transparencia.
El Partido Republicano flirtea con la inmolación
¿Podría el Partido Republicano sufrir la derrota más estrepitosa de su historia en las presidenciales del otoño? ¿Estamos presenciando el derrumbamiento del proyecto conservador que, precisamente, se puso en marcha después de la paliza electoral que recibió el partido en 1964 en la elección entre Lyndon Johnson y Barry Goldwater?
Si la trayectoria actual se mantiene y las primarias del partido se prolongan, la posibilidad es más que real.
El escenario actual no augura buenos presagios: una elección interna extremadamente rijosa, dos candidatos en la delantera con debilidades estructurales profundas y la posibilidad —remota pero real— de una convención a finales de verano en la que se elija al candidato sin tomar en cuenta las votaciones en los estados (una opción que contemplan las reglas del proceso y por la que interesadamente presiona Sarah Palin; podría emerger, cree ingenuamente la ex gobernadora, como candidata de consenso una vez que el resto se destruyan mutuamente).
En las últimas semanas hemos visto cómo el liderato de Mitt Romney vuelve a ser puesto en duda por un candidato menor que le ataca desde la retaguardia y logra restarle suficientes apoyos para impedir la nominación. Ya lo hicieron en su momento Michele Bachmann, Newt Gingrich y Herman Cain. Ahora, el turno es de Rick Santorum. Un católico ultraconservador que pone en duda las bona fides del conservadurismo de Romney y comienza a aglutinar el apoyo del ala más ultra del partido (del Tea Party y de grupos religiosos cristianos que desconfían del mormonismo de Romney).
Santorum es un político de carrera que fue senador por Pennsylvania durante más de una década. Lo llamativo de su ascenso en las últimas semanas tiene dos facetas. La primera, la debilidad crónica de Romney. Una debilidad que, aunque termine logrando la nominación, le pasará una onerosa factura en la campaña general. La segunda, quizá la más preocupante, es comprobar que las fuerzas centrífugas del electorado republicano empujan al partido más y más a la derecha. Cada uno de los candidatos que ha rebasado a Romney en algún momento del proceso lo ha hecho por el carril derecho.
En las últimas semanas Santorum ha radicalizado el discurso y obligado a Romney a abandonar el ápice de sentido común que tenía su campaña. En un discurso reciente, por ejemplo, Santorum caracterizó al gobierno como una fuerza opresiva que conspira en contra de la libertad religiosa. “Está aplastando a las personas de fe”, dijo el candidato, “cuando marginas la fe en este país, cuando eliminas los derechos otorgados por Dios, lo único que queda es la Revolución Francesa…y lo que sigue es la guillotina”. Con esa profundidad lee el candidato la historia; y esa es la vara con la que se mide al resto.
En otros temas el discurso es igual de extremista y desapegado de la realidad. En una cuestión tan importante como la salud reproductiva de las mujeres, Santorum mantiene la línea más radical de cualquiera de los candidatos: se opone al aborto y solo en casos excepcionales en los que la salud de la madre esté en riesgo acepta algunas concesiones. Una posición contraria al consenso social en Estados Unidos, en donde una clara mayoría está a favor de un régimen legal que deje abiertas varias opciones.
En relación al calentamiento global, la posición de Santorum es, una vez más, la más reaccionaria de todas: no existe, el concepto es un invento de un gobierno que solo tiene interés en controlar a sus ciudadanos y regular a sus industrias. El calentamiento global, dijo recientemente ante mineros de una mina de carbón en Ohio, está basado en estudios falsos sin base científica que tienen la misma autoridad que lo que publica una facultad de ciencias políticas.
El problema de fondo para el partido es que la elección interna se ha distorsionado tanto que será muy difícil llegar a noviembre con un discurso medianamente sensato sobre prácticamente cualquier tema. Aunque las primarias siempre se desarrollan en clave interna, en esta ocasión el corrimiento hacia el extremo se ha llevado demasiado lejos.
Hasta hace pocos meses algunos despistados daban a Obama por muerto; hoy, cobra fuerza la posibilidad de que el proyecto conservador que ha dominado directa o indirectamente la política estadounidense durante los últimos 30 años se inmole.
El legado de Vivian Maier
El archivo de la recién descubierta fotógrafa de calle Vivian Maier sigue siendo escarbado. Y los resultados no podrían ser más alentadores. Entre más se conoce el trabajo de esta mujer franco-americana más se comprueba que la fotografía era mucho más que un pasatiempo —hacía fotografías los fines de semana y en sus ratos libres, cuando descansaba como empleada doméstica en una casa de clase alta en un suburbio de Chicago—.
En una nueva entrega que recoge Lens, las fotos recién publicadas descubren nuevas capas de la artista; nuevos intereses; nuevas capacidades para observar y describir la realidad a pie de calle. Conforme se conocen más detalles y negativos de su obra, dice Jeff Goldstein, uno de los propietarios de su legado, la calidad de su trabajo se revela “mejor y mejor”. Este domingo la revista dominical de The New York Times publicará un ensayo con los descubrimientos más recientes de lo que se está convirtiendo en uno de los archivos fotográficos más valiosos del siglo XX. Una buena razón para salir y adquirir una copia en papel del dominical.
(Fotografía: © Vivian Maier/Jeffrey Goldstein Collection)
El siglo XX de Tony Judt
Uno de los clichés más vacuos de las primarias republicanas consiste en utilizar a Europa —sobre todo a Francia— para comparar y burlarse de las políticas que, según el análisis de varios de los candidatos, sigue el gobierno actual. La administración Obama, dijo Mitt Romney en un discurso reciente, está “convirtiendo a Estados Unidos en un estado de bienestar tipo europeo…envenenando el espíritu del país e impidiendo que continuemos siendo una sola nación bajo el cuidado de Dios”.
A lo que Newt Gingrich respondió con un anuncio en televisión acusando a Romney de…hablar francés. Sí, de conocer la lengua de un país con un Estado central y fuerte; una característica peyorativa que, en la visión de Gingrich, lo descalifica para ser presidente.
Utilizo la pobreza del debate republicano como introducción al tema que en realidad me interesa: el libro póstumo de Tony Judt, Thinking the Twentieth Century. Una conversación entre el historiador británico y Timothy Snyder, historiador estadounidense. Cuando Snyder supo que Judt fue diagnosticado con ELA (esclerosis lateral amiotrófica), le propuso una serie de charlas sobre el intrincado desarrollo de las ideas políticas a lo largo del siglo XX. El resultado es un espléndido texto que cuenta la evolución política del siglo desde la perspectiva personal de Judt.
De su interés precoz por el socialismo agrario francés de principios de siglo al rol del intelectual en la era de Twitter y el déficit de atención ciudadano; de la factura política del sionismo de mediados de siglo al fracaso de la política exterior de Washington al abordar el conflicto palestino-israelí; y del papel de la socialdemocracia en el debate político actual al énfasis perverso que pone la academia estadounidense en lo que Judt llama las “hyphenated identity histories” (la retahíla de áreas de estudio que abordan las universidades sin ningún rigor metodológico).
Un complejo mosaico, pues, con el que el par de historiadores reconstruyen la historia de las ideas del siglo XX y aportan algunas de las claves para entender el actual.
Resulta particularmente interesante —y relevante para el debate actual— el espacio que dedican a hablar sobre el papel de la izquierda europea en el periodo de entreguerras. La falta de imaginación de la “izquierda democrática durante los años veinte y hasta la Gran Depresión”, afirma Judt, “dejó a los fascistas con un cheque en blanco, libres para proponer ideas económicas radicales sin oposición alguna”.
Si extrapolamos algunos de los debates de entonces y los enmarcamos en el contexto de la crisis económica más importante desde la Gran Depresión, surgen interesantes paralelismos entre dos izquierdas a la deriva, carentes de ideas e iniciativa.
En una extraordinaria reflexión que nos remite a la idea con la que comencé, Judt traza las líneas maestras que explican no solo la fobia del conservadurismo estadounidense al modelo europeo y la intervención del Estado en la economía, sino también, el escollo que tendrán que superar las agendas progresistas para recuperar la iniciativa en el discurso económico.
“Hayek, escribiendo desde la experiencia austriaca y en contraposición consciente a Keynes, argumenta en Camino de servidumbre [1945] que la intervención —cualquier tipo de planeación, cuan bien intencionada y en cualquier contexto político— termina necesariamente mal”. Siguiendo este razonamiento, “la planeación socialista en Viena después de 1918 tuvo como consecuencia la aparición de una figura como Hitler…para Hayek, en pocas palabras, la lección austriaca se reduce a esto: no intervengas, no planees. La planeación le cede la iniciativa a aquellos que terminan destruyendo la economía y la sociedad en beneficio del Estado. Tres cuartos de siglo después, esta sigue siendo para muchas personas —sobre todo en Estados Unidos— la lección moral más importante del siglo XX”.
La izquierda —sobre todo en Estados Unidos— volverá a ser relevante cuando logre desmontar esta lección mal digerida. Y esto, dice Judt, solo lo provocará una gran crisis. La de 2008, la implosión económica más importante desde la Gran Depresión, no fue suficiente.


