El debate de la inmigración sale de la política

La reforma al sistema de inmigración entra en una encrucijada. En las campañas presidenciales el tema apenas se mueva. Tanto en el bando Demócrata como en el Republicano. Los candidatos lo eluden, lo circunvalan y, sobre todo y por motivos electorales, intentan que no se convierta en un asunto central de la campaña. En otras palabras, buscan mantener el statu quo. Al menos en términos de sus cálculos electorales.

Sin embargo, más allá de la política electoralista, las aguas se mueven. En realidad, se agitan. El sinsentido y la disfuncionalidad del sistema de inmigración estadounidense ha alcanzado tales niveles que ha comenzado a hacer agua por todos sus costados. Hasta hace pocos años el problema se circunscribía —y se centraba políticamente— a la inmigración de los sin papeles y cómo darle salida a los poco más de diez millones de inmigrantes ya en Estados Unidos en esa situación. Ahora ese enfoque ha quedado rebasado por las denuncias de múltiples sectores que con cada vez más frecuencia alertan sobre el “suicidio nacional” en el que se ha convertido la política de inmigración. De la academia a los laboratorios científicos pasando por las empresas de alta tecnología, los llamados se multiplican a favor de que el régimen de inmigración se racionalice y cambie.

Ese consenso es cada vez más claro y contundente. La pregunta, la gran pregunta, es cómo se canalizará políticamente.

Una pista la ofrece Michael Bloomberg y sus esfuerzos por tratar de forzar al Congreso en Washington a acometer la reforma. El alcalde de Nueva York centra su denuncia en dejar en evidencia las diferentes formas en las que las políticas actuales afectan directa e incuestionablemente el desempeño económico del país. Y para Bloomberg no es un tema del desempeño de los productores de carne, de la hostelería o el sector agrícola —sectores que tradicionalmente han empleado a inmigrantes sin papeles—. Bloomberg hace un análisis económico de largo plazo y llega a la conclusión de que las políticas actuales afectan especialmente la posibilidad de que la economía estadounidense se transforma plenamente en una economía del conocimiento. Es decir, el efecto último es sobre la transformación estructural de los cimientos económicos.

El análisis de Bloomberg es poco común en el mundo político. El partido Republicano se sigue refugiando detrás del populismo de la seguridad en las fronteras y un entendimiento ramplón de la cultura de la legalidad —¿cómo abrir un camino hacia la legalización a millones de personas que entraron al país de manera ilegal?, se preguntan muchos de sus miembros sin reconocer que la alternativa tiene aún menos sentido—.

El partido Demócrata por su parte se sigue debatiendo entre apoyar medidas contundentes que desatasquen el tema y no alienar a sectores clave de cuyo voto depende —sindicatos, votantes de regiones específicas, etc.—. El resultado, como le sucede al partido en otros temas, es una mezcla de corrección política con buenas intenciones que las más de las veces termina diluyendo la fuerza política de sus posiciones.

Por tanto, lo que en realidad está moviendo el tema es la presión de la sociedad civil. La sociedad civil organizada y empresas —sobre todo tecnológicas— que comienzan a levantar la voz y exigir soluciones. Movimientos como Define American de Jose Antonio Vargas o incontables otros esfuerzos a nivel local están aumentando la presión desde fuera del sistema político. Microsoft, Google y otras empresas del sector hacen su parte mostrando el coste económico y la productividad perdida que representan las políticas actuales.

Académicos como Fareed Zakaria, por ejemplo, intentan dotar la discusión de un marco más inteligente y actualizado. En un artículo reciente explica por qué la reunificación familiar no debería ser el eje rector de la política de inmigración —algo a lo que se opone el Partido Demócrata—. Organizarla en torno a principios de educación y capacidades personales —como ya lo hacen países como Australia, China, Canadá— podría dotar al país no solo de una política más sensata en términos políticos, sino también más alineada con sus necesidades económicas futuras. Zakaria recuerda que dos terceras partes de las residencias permanentes otorgadas por Canadá se rigen por este criterio; en Estados Unidos, en cambio, es exactamente a la inversa: el 60% de los inmigrantes llegan por reunificación familiar.

La gran reforma al sistema de inmigración que se ha buscado desde hace más de una década todavía tardará en llegar. Pero el tema, qué duda cabe, ha encontrado un nuevo cauce. Se mueve al margen de la política. Ha llegado el momento de que todos aquellos con intereses en el asunto afronten esta nueva realidad y recalibren sus posiciones.

La guerra cibernética como nuevo frente exterior

Desde hace años se especula con el uso de armas cibernéticas por parte de los estados. De su uso como una ficha más en una estrategia más amplia de ofensiva y desestabilización; de la posibilidad de luchar guerras y ganar batallas desde las redes. O, lo que es lo mismo, de trasladar las trincheras físicas del campo de batalla a los nuevos espacios virtuales.

Ya en 1983 Hollywood jugaba con la posibilidad en War Games, una historia en la que una máquina no puede distinguir entre simulación y realidad y desata una serie de eventos que sobrepasan el control humano y amenazan con desencadenar una tercera guerra mundial. El mensaje de la película, en plena recta final de la guerra fría, era claro: la destrucción mutua asegurada no solo se consigue desde el aire o enfrentando a batallones; existen nuevos frentes que pueden resultar igual o más inquietantes.

Desde hace décadas el Pentágono y las agencias de inteligencia cuentan con divisiones especializadas en temas cibernéticos —la idea de Internet y su infraestructura básica surgió de un proyecto secreto del Departamento de Defensa—. Aunque los programas eran secretos se sabía de manera general hacia dónde apuntaban las nuevas formas bélicas.

Lo que no sabíamos hasta el viernes pasado era el grado de sofisticación e importancia que han alcanzado este tipo de programas en el arsenal de guerra del Departamento de Defensa; hasta dónde se han desarrollado y la importancia que han alcanzado en la jerarquía militar. Y por la jerarquía militar me refiero a su círculo más alto: el comandante en jefe y sus principales asesores militares. Sí, Obama, de la mano de algunos de los generales de más alto rango han dirigido y decidido los detalles de la ofensiva cibernética más estructurada de la que se tiene noticia hasta la fecha. Una operación dirigida en contra de Irán y su central nuclear en Natanz, en el centro del país. El viernes, en una investigación especial, el New York Times revelaba por primera vez que un virus informático tremendamente sofisticado y destructivo que infectó millones de sistemas en 2010 era obra de nada menos que el Pentágono. Del Pentágono y de la inteligencia israelí. Un esfuerzo conjunto de los dos países por utilizar la guerra cibernética para hacer frente a los esfuerzos iraníes de desviar su programa de energía nuclear a otros fines. Las nuevas revelaciones las conocemos gracias a una extensa investigación de David Sanger, el corresponsal especial del diario en temas de seguridad.

Aunque la ofensiva cibernética comenzó en los últimos años de la administración Bush, Obama no solo decidió continuarla, sino que apostó firmemente por otorgar el poder necesario para que el Ejército la ampliara y buscara nuevos frentes de aplicación. Conocido como Stuxnet, el virus estaba diseñado específicamente para introducirse en los sistemas de control de la central nuclear y, en una primera fase, enviar información de vuelta sobre las características de la instalación; en una segunda, buscaba directamente tomar control de los reactores nucleares.

El programa militar ultra secreto se estrelló en 2010 cuando un error en la programación del virus llevó a que este se reprodujera fuera de los sistemas iraníes e invadiera múltiples otras redes. Fue entonces cuando se supo por primera vez de la existencia de Stuxnet. Lo que muy pocos sabían entonces era quién estaba detrás y con qué objetivos se había creado.

La revelación del Times la semana pasada es importante porque nos ubica en la dimensión real que está adquiriendo este nuevo frente en la estrategia global del Ejército estadounidense. La guerra cibernética junto con los ataques de aviones no tripulados (drones) se están convirtiendo en dos de los pilares de lo que quizá pronto se denomine la doctrina militar Obama. Una doctrina que, en caso de afianzarse, plantearía una serie de problemas éticos, de seguridad y de cumplimiento de las normas de la conducta de la guerra de la mayor gravedad.

Posdata
Las cifras de desempleo publicadas el viernes por el Bureau of Labor Statistics son simplemente desastrosas para Obama. 69.000 nuevos empleos en mayo. 80.000 por debajo del número considerado necesario para conseguir la reelección en noviembre. Se encadena el segundo mes en el que las expectativas de crecimiento no se cumplen. Se confirma el escenario más temido por la Casa Blanca: tercer año consecutivo en el que después de un comienzo de año con crecimiento económico fuerte, la primavera lo ralentiza. A diferencia de los últimos dos años, en 2012 esta tendencia por sí sola bien podría forzar el relevo en la Casa Blanca.

La geometría electoral Obama-Romney

Semana tras semana se van asomando detalles, destellos, globos sonda, de cómo se está constituyendo desde el cuartel general de Chicago la estrategia de reelección de Obama. Se ha hablado ya de la importancia que tendrá la economía —sobre todo el aumento o descenso en la creación de empleo—, la política exterior, el papel de las bases de los partidos, incluso, del rol de las nuevas tecnologías.

Pero poco se ha hablado de la estrategia en sí misma —de la forma y los preceptos que utilizarán Obama y su campaña para intentar derrotar a Mitt Romney—. Y eso se debe a que, después de una primaria mucho más extensa de lo habitual, la estrategia de reelección apenas comienza a emerger. Es hasta ahora cuando comienza a tomar forma y convertirse en parte de los discursos, de las acciones —u omisiones—, de la toma de posiciones.

El marco amplio de la estrategia parte de no permitir que la elección se convierta en un referéndum de los últimos cuatro años. Sobre todo, del desempeño económico de los últimos cuatro años. Hace pocos días y de manera muy ilustrativa, Romney intentaba enmarcar la contienda en esta serie de preguntas políticamente capciosas: ¿Le resulta más fácil llegar a fin de mes? ¿Es más fácil vender su casa o comprar una nueva? ¿Puede ahorrar lo necesario para jubilarse? ¿Paga menos en combustible? El reto para Obama es claro: alejarse de este tipo de planteamientos. Intentar ampliar el debate a una serie de temas que aborden desde la filosofía sobre el rol del gobierno en la economía a temas sociales clave a cómo enfrentar la seguridad nacional. En ensanchar, en otras palabras, lo más posible la discusión. La geometría electoral es clara en esta contienda: a menor circunferencia menores posibilidades.

El tema de fondo es cómo conseguirlo. Y aquí Obama se enfrenta a un dilema. La campaña de 2008 se ancló, además de a la idea genérica de la esperanza (hope), a  practicar un tipo de política distinta. Es decir, a no recurrir a las mismas estrategias partidistas divisivas de siempre. A no utilizar como arma arrojadiza los temas fríamente estudiados (wedge issues) que, además de dividir a la ciudadanía, más que sumar votos a su causa buscan restar los del rival. El tipo de campaña, en suma, que practica la mayor parte de aquellos que compiten por la reelección de un cargo público.

El ejemplo por antonomasia de este modelo es Bush en 2004. Un presidente poco popular, inmerso en dos guerras que no marchaban bien y enfrentado a un senador ampliamente reconocido con experiencia bélica de primera mano (John Kerry). ¿La estrategia? Lo que en inglés se denomina character assassination. Es decir, en destruir la percepción pública del personaje y su agenda de gobierno. Bush ya había seguido un guión similar en 2000 cuando arrebató la nominación del Partido Republicano de las manos de John McCain.

Una estrategia, en suma, a la que Obama simplemente no puede recurrir. La clave, en primer término, estará en marcar los contrastes sin que parezca el tipo de candidato al que siempre ha criticado. En ser capaz de establecer los términos del debate sin ir calculadamente en contra de las ideas o postulados de su rival. En otras palabras, el reto para Obama estará en dejar que Romney se defina solo.

Por ahora el experimento más interesante de la campaña gira en torno a la idea de pintar a Romney como candidato de otra época. Caracterizarlo, directa o indirectamente, no solo como un político conservador, sino como un resabio de otro tiempo. Como alguien que busca restablecer un statu quo y unos valores sociales que ya desaparecieron. “Representa los valores de los cincuenta, es retro, tiene una visión retrógrada” definió recientemente un alto cargo de la campaña. “Si eres mujer, hispano, eres joven o perteneces a un grupo desfavorecido, verás a Romney y dirás: ‘este es el candidato que quiere regresarnos a las formas de siempre. ¿Y adivina qué? A mí nunca me han gustado’”.

Se trate de ideas económicas, visión del papel del gobierno o valores sociales, Obama intentará enmarcarlo como una elección entre pasado o futuro, tradición o modernidad, continuidad o ruptura. En términos electorales una estrategia atípica, arriesgada; en términos políticos, el esbozo de un legado presidencial.

La tragedia griega y la reelección de Obama

Todas las miradas se centran en Europa. Convergen, más en concreto, sobre Atenas y Madrid. Incluso la de Obama. El lunes, desde Chicago, desde la cumbre de la OTAN, llamó al Banco Central Europeo a comprar deuda española y así ayudar a recapitalizar a los malheridos bancos del país. Un llamamiento, como mínimo, extraño. El presidente de Estados Unidos, en plena campaña de reelección, sugiriendo cómo resolver un problema de capitalización bancaria en Europa. Raro.

El llamado, sin embargo, tiene una explicación perfectamente lógica. Pone de relieve tanto uno de los factores clave para la elección presidencial de noviembre como una de las dinámicas más determinantes de la economía global moderna.

“Si hay problemas en Madrid”, ya adelantaba Obama el fin de semana desde la cumbre del G8 en Camp David, “hay problemas en Milwaukee”. El llamamiento al rescate de los bancos españoles, ergo, no es altruista. Es, ni más ni menos, uno de los factores clave para conseguir la reelección.

La estabilidad —o falta de— de la economía global en los próximos seis meses será el factor determinante para saber si Obama se mantiene como inquilino de la Casa Blanca o se suma a la lista de líderes expulsados por hartazgo popular (Papandreou, Zapatero, Berlusconi, Sarkozy). Así, la suerte de Obama depende de la buena gestión de una serie de complejos mecanismos que pasan por Atenas, Madrid, Berlín y Fráncfort.

Aunque sabíamos de la exposición de Obama a la inestabilidad europea desde hacía tiempo, su implicación directa en los últimos días indica una nueva valoración por parte de la campaña de hasta qué punto su reelección depende de este factor. Con las primeras semanas de la batalla entre Romney y Obama ya recorridas, queda claro que la estrategia Republicana se reduce a, por una parte, atacar la gestión económica del presidente y, por otra, alentar la frustración ciudadana con las condiciones económicas actuales. Y poco más.

El escenario clave para Obama, por tanto, es evitar a toda costa lo que se conoce como “Grexit”. O, lo que es lo mismo, la salida de Grecia del euro. De producirse en las próximas semanas —o meses— el potencial desestabilizador para la economía mundial es enorme. No por la salida griega en sí misma (el país representa menos del 2% del PIB europeo). Si no por las consecuencias que tendría, como efecto dominó, sobre España, Italia, Francia y, también, Estados Unidos.

Las nuevas elecciones griegas a mediados de junio y la respuesta de Berlín y Fráncfort a la crisis de la capitalización de la banca en España (el problema español está ahí, y no, a diferencia de Grecia, en el despilfarro estatal) serán las claves de los próximos meses. Es en este proceso en el que pretende interceder Obama. Conseguir que Merkel relaje algunas de las posiciones sostenidas por su gobierno y alejar lo más posible el fantasma de la debacle del euro.

De manera más amplia, la propia discusión electoral en Estados Unidos comienza a girar en torno al modelo de capitalismo necesario después de la Gran Recesión. Es decir, cómo afrontar el dilema de crecimiento y control presupuestario de una manera socialmente útil y sostenible. Romney —y su trabajo al frente de Bain Capital— representa el lado ultra liberal del debate: el de los recortes, la reducción de los impuestos y la eficacia productiva sobre cualquier otro factor. Obama, por su parte, intenta —aunque todavía no lo consigue del todo— articular una posición que logre dotar de una serie de reglas y mecanismos esenciales a un capitalismo menos financiero y guiado por un modelo más social.

Con un poco de suerte y esa será la elección de fondo a la que se enfrenten los electores el 6 de noviembre. ¿Un modelo de capitalismo liberal que funciona para unos pocos o un capitalismo de instituciones fuertes regulado para servir a la mayoría? Si el fondo de la elección presidencial de noviembre se logra enmarcar así, habrá merecido la pena.

El dogma y el libre mercado

Si hubiera que resumir el nuevo libro de Paul Krugman en una frase, me quedo con esta —concisa, reveladora y que va en contra del consenso económico actual: “la política y la confusión intelectual —y no la realidad económica sobre el terreno—  han bloqueado” la salida de la crisis económica más importante desde la Gran Depresión.

Krugman es claro y contundente: la crisis era evitable; la ciencia económica contaba con el conocimiento y la experiencia necesarios para reaccionar con rapidez y decisión y evitar así los peores efectos del estallido. No se hizo. Principalmente por una combinación de ideología, testarudez política y, quizá lo peor, un orgullo intelectual que se resiste a toda costa a reconocer errores en los planteamientos predicados durante las últimas tres décadas.

Esta y otras muchas cosas las cuenta el economista de Princeton en End This Depression Now!, su último libro. Un llamamiento enérgico a corregir curso y tomar acciones efectivas que alejen a la economía mundial del abismo. Que ahorren sufrimiento a millones de personas que están pagando las consecuencias de una crisis surgida en la intersección de la especulación financiera y la falta de regulación económica —y no en el despilfarro estatal o el agotamiento del modelo productivo—.

Aunque muchos de sus argumentos no son nuevos —aunque sí propios, los desarrolla dos veces por semana en las páginas del New York Times— en el libro los sistematiza por primera vez y pone en contexto.

El balance es catastrófico. Tanto del daño a la economía real como el de las perspectivas de crecimiento futuras. Krugman se toma la molestia de hacer varios cálculos que pocos medios o analistas económicos han hecho. Estima, por ejemplo, la cifra acumulada que, según sus números, ha dejado de producir la economía. Según el Nobel, en 2012 la economía estadounidense funciona 7% por debajo de sus posibilidades. Esto es, deja de producir un billón de dólares al año en productos y servicios. A la fecha, tres billones que pudieron haberse producido y nunca se materializaron —de recursos reales, no de papel intercambiado en parqués bursátiles—. Una contracción que no solo deprime los salarios y el consumo actual, sino que daña el potencial de crecimiento de mediano y largo plazo —afectando sobre todo la perspectiva de la generación que recién ingresa en el mercado laboral—.

Analiza, también, otra estadística fundamental para entender el alcance y magnitud real de la crisis. El Labor Force Participation Rate, un baremo que valora de manera más amplia el paro —más amplia que la estadística normalmente utilizada para medir el desempleo—. Se ubica en el 63,6%. El porcentaje más bajo de los últimos 30 años y un mal presagio, nuevamente, para el crecimiento económico futuro.

Entre los varios leitmotivs del libro, me quedo con este. Con la insistencia de Krugman de que además de los efectos actuales de la crisis, las medidas de austeridad y recortes están, mucho más que saneando las cuentas, allanando el camino para una etapa prolongada de crecimiento ralentizado (fuerza laboral desestructurada, mayores desigualdades económicas, menos ingresos fiscales, menos infraestructuras…).

De manera muy resumida, el quid de la cuestión se ubica en la pugna entre las dos grandes escuelas de pensamiento macroeconómico: entre los llamados economistas de agua salada y los de agua dulce (los primeros, profesores en universidades de las costas; los segundos en la universidad de Chicago y otras más del interior). Krugman culpa a los segundos de buena parte de los males económicos recientes. “Los economistas de agua dulce”, asegura, “son esencialmente puristas del laissez-faire. Creen que cualquier análisis económico debe partir de la premisa de que las personas son racionales y los mercados siempre funcionan”.

Solo que, a veces, no funcionan. El libro da cuenta de qué sucede cuando los fallos del mercado se intentan corregir desde la Congregación para la Doctrina de la Fe del libre mercado.

Romney y Obama suben al cuadrilátero

La campana de la pelea Obama-Romney ha sonado. Se intercambian las primeras palabras, surgen las primeras fricciones, tenemos la primera idea clara sobre qué tipo de campaña veremos a lo largo de los próximos seis meses. Aunque desde hace semanas era inevitable que la elección de noviembre se disputara entre los dos candidatos, ha sido hasta días recientes cuando hemos podido atestiguar el salto de los contendientes al cuadrilátero.

La campaña presidencial comienza con varios datos duros que vale la pena repasar.

Obama llega a la reelección con el índice de desempleo más alto en varias décadas; con un índice de aprobación que bordea peligrosamente la frontera de la minoría; y con una economía que hoy por hoy no queda claro en qué estado llegará a noviembre —la aceleración del crecimiento de principio de año se ha visto ralentizada por unas cifras de creación de empleo en marzo muy por debajo de lo esperado—.

Romney, por su parte, comienza la campaña después una larguísima lucha interna que le ha dejado marginado en sectores clave de su partido; tocado en imagen ante una opinión pública que duda de su autenticidad e intenciones; y ante el reto de construir en pocos meses una infraestructura de campaña a nivel nacional que vaya más allá de los bastiones republicanos.

Los primeros intercambios entre los candidatos arrojan luz sobre los ejes temáticos en torno a los cuales gira la campaña. En orden de importancia, los tres principales son la economía, el papel y tamaño del gobierno y la seguridad exterior —que no la política exterior—.

El tema económico, sin duda, será el eje. Romney atacará frontalmente —y parece que sin escrúpulos— para intentar desacreditar por cualquier vía posible las políticas de Obama. Del estímulo económico de 2010 —clave para evitar la doble recesión— al exitoso rescate de Ford y General Motors, pasando por la estrategia para estimular el crecimiento y atajar el déficit. El candidato republicano, en otras palabras, intentará destruir la reputación de Obama como líder competente en temas económicos y ofrecerse como la única salida a la encrucijada económica (digo sin escrúpulos porque varias de estas políticas han sido indiscutiblemente exitosas, y porque Romney en algún momento apoyó posiciones muy similares).

La naturaleza del segundo tema es filosófica. ¿Gobierno grande o pequeño? ¿Intervencionista o partidario del laissez faire, laissez passer? Una vez más, Romney intentará caracterizar a Obama como el presidente del gasto, la expansión del gobierno y la ineficacia burocrática —será interesante ver si se anima a cruzar la delgada línea que separa el sentido común de la chabacanería y acusa a Obama directamente de ser socialista—. En este caso Romney camina sobre terreno minado. Además de que la mayoría de los estadounidenses apoyan de una forma u otra la participación del gobierno en la vida económica, la elección llega en un momento en el que las desigualdades sociales rozan sus máximos históricos. El debate en este caso —si Obama lo sabe enmarcar— será entre un modelo cuasi plutocrático y un estado liberal moderno que al tiempo que adelgaza ciertos excesos mantiene las prerrogativas necesarias para regular e intervenir en asuntos clave.

El tema de la seguridad exterior será la tercera línea de ataque. El argumento es plano y maniqueo: Obama no es lo suficientemente patriota para resguardar la seguridad de Estados Unidos y sus aliados. Los recortes en el gasto militar, la política hacia Israel y el manejo de la relación con Irán y su programa nuclear serán caracterizadas como posiciones insostenibles e irresponsables que ponen en riesgo la seguridad del país.

A seis meses vista, el escenario más probable sigue apuntado a que la coraza de Obama es lo suficientemente fuerte para resistir los embates.

El elefante, la escopeta y la Viagra

En su largometraje de 2003, Elephant, Gus Van Sant logra hacer algo que pocos directores estadounidenses han conseguido: abordar el tema de los efectos de las armas de fuego sin moralizar, apuntar el dedo o recurrir al histrionismo ramplón para construir la historia.

Lo que sí hace Van Sant es tejer con cuidado las escalofriantes últimas horas de Eric Harris y Dylan Klebold, dos adolescentes de los suburbios de Denver que un buen día de abril de 1999 empuñaron las armas y se pusieron a matar a mansalva a compañeros de escuela. A lo largo de la película, que reconstruye el día de la matanza, flota la pregunta —solo flota, nunca se enuncia— no solo de dónde se ubican los resortes psicológicos que llevan a cometer tal atrocidad, sino por qué un par de adolescentes tendrían fácil acceso a un pequeño arsenal de guerra.

Las estadísticas, para todos aquellos que nos oponemos a la libre circulación de armas, son espeluznantes: 300 millones de armas en manos de ciudadanos: 106 millones son pistolas, 105 rifles (incluyendo de alto calibre) y 83 millones escopetas. Esto equivale a un poco menos de un arma de fuego por habitante.

El tema vuelve a saltar en los medios por dos razones: porque estamos en año electoral (y puede traer consecuencias políticas) y por el asesinato en febrero de un adolescente negro en Florida presuntamente a manos de un policía.

Lo que Van Sant sabe bien —y Obama también— es que abordar el asunto desde la confrontación moral directa no solo no consigue reducir el número de armas en las calles, en muchos casos solo dota de munición a aquellos que reivindican de manera cuasi religiosa su derecho a portarlas; los dota de razones para sentir amenazada su libertad y defenderla con más fuerza. Se aborde desde la cultura o desde la política, el tema es tremendamente complicado. Por muchas razones. Porque el derecho a portarlas está consagrado en la segunda enmienda de la constitución; porque el país tiene una enraizada (e idealizada) cultura de la defensa individual; porque la industria de las armas factura miles de millones en ventas; y porque la National Rifle Association, el lobby de la industria, se ha convertido en uno de los grupos de presión más poderosos y eficaces de la política estadounidense.

Por ello, son pocos los que se empeñan hoy en intentar combatir esta lacra denunciando la posesión o venta de armas. La fallida estrategia del gobierno mexicano, por ejemplo, de intentar involucrar a Estados Unidos en el combate al narcotráfico a través de la denuncia de la venta de armas solo ha conseguido arrinconarlo y que hoy Washington haga oídos sordos a sus llamados.

Incluyendo a la prensa. En un largo artículo publicado la semana pasada sobre la complejidad del tema en el prestigiado semanario The New Yorker, el argumento de México y la venta de armas en la frontera no aparece una sola vez. En The Guardian —el diario británico que intenta abrirse espacio en el mercado estadounidense— un artículo de fondo analizando el debate de la legislación de las armas tampoco consideraba relevante abordar el argumento puesto sobre la mesa por el gobierno mexicano. ¿Por qué? Porque no tiene fuerza política. Porque pensar que con la denuncia se cambiará la visión de los estadounidenses sobre las armas —o, todavía más complicado, la Constitución—, es iluso. Porque el tema se ha denunciado ya hasta la saciedad y en Washington todos lo saben. Todos, en resumen, saben que el elefante está ahí; el problema, el que nadie sabe resolver, es qué hacer con él.

No. La solución no pasa por ahí. La posesión y venta de armas no se reducirá en el corto plazo, lamentablemente. El escenario sí puede cambiar, como apunta con atino The Economist, al cabo de una generación. Mayoritariamente, la posesión y compra de armas se concentra en un grupo demográfico: hombres, blancos, que viven por lo general en poblaciones rurales. O sea, WASP. El grupo demográfico que más rápido decrece. Solo hace falta hojear, sugiere el semanario británico, las revistas especializadas en armas. ¿Qué aparece a lado de los reportajes sobre pistolas y bazucas? “Publicidad de productos de jardinería y Viagra”.

Dos modelos de campaña en liza

El cuartel general de Obama en Chicago comienza a poner a punto la máquina. Aunque durante los últimos meses la atención mediática ha girado en torno al Partido Republicano y su proceso interno, la campaña del presidente ha estado metódicamente —y en silencio— confeccionando una de las maquinarias electorales más sofisticadas de la historia.

Y pronto, muy pronto, la pondrá en marcha.

La variable indefinida —el rival— se ha definido y ahora se pueden ajustar los últimos detalles; se están terminando de construir y afinar los instrumentos específicamente diseñados para combatir a Mitt Romney.

La campaña de reelección, capitaneada por Jim Messina, lleva meses trabajando detrás de cámara. Estableció su sede en Chicago —poco común para un presidente que vive en Washington— y comenzó a abrir oficinas regionales en todo el país —tiene ya montada una estudiada red que le da una importante ventaja sobre su rival—.

Lo sobresaliente de la campaña es que se ha hecho exactamente a medida del candidato; a las necesidades específicas de Obama y del rival al que se enfrentará. Si su esfuerzo en 2008 —caótico e improvisado en muchos sentidos— fue revolucionario y rompió con muchos de los paradigmas electorales, las expectativas este año son más elevadas.

La campaña está vertebrada en dos ejes: uno geográfico y otro temático. Por encima, supervisándolo todo, un equipo de análisis de datos sin parangón en política electoral.

Olvídense de Facebook, Twitter, redes sociales y otros clichés electorales de moda entre consultores políticos. La principal innovación de la campaña está en los datos. Por medio de lo que se conoce como análisis granular de datos, el equipo de estrategia es capaz de segmentar el país en todo tipo de maneras: regiones, condados, series históricas de votaciones, nivel de ingreso, aceptación o rechazo de políticas específicas, hábitos de consumo y un largo, largo etcétera.

En la sede de Chicago la campaña está dividida en equipos que trabajan sobre temas muy específicos: voto femenino, minorías, temas relacionados a la reforma sanitaria, por regiones o por estados decisivos. Una de las grandes apuestas estratégicas, por ejemplo, es asegurar el voto femenino desde el comienzo. Después de una larga primaria Republicana en la que los candidatos repetidamente mostraron desprecio hacia temas clave de la agenda de género (aborto, diferencial de salarios entre sexos, participación política de las mujeres, derechos de homosexuales, etc.), Obama intentará adelantar asegurando el voto de las mujeres. Por medio de un análisis detallado de los datos, la campaña organiza eventos, envía comunicados relevantes sobre el tema, informa sobre medidas legislativas pertinentes a este grupo. En otras palabras, la propia campaña se erige como un medio de comunicación especializado en un tema. Y, así como lo hace con las mujeres, lo hace también con los habitantes de una ciudad, los que donaron dinero para una causa específica o los que votaron por el Partido Republicano en 2008.

La campaña de Romney, por el contrario, se espera que siga un libreto mucho más tradicional. Centrado, sobre todo, en publicidad en televisión y ataques negativos —elemento fundamental de su estrategia en las primarias—. En intentar erosionar la credibilidad de Obama y conseguir una combinación de votos en el Colegio Electoral que le de el triunfo en noviembre.

Gallup debutó ayer su encuesta de tendencias diarias que publicará hasta el día de la elección. Sorprendentemente Romney aparece arriba con una ventaja de dos puntos. Por ahora, sin embargo, no prestaría demasiada atención a las cancinas encuestas que veremos aparecer y sobre las que se especulará todos los días. Los números fluctuarán hasta que las dos campañas se pongan en marcha plenamente y comience la interacción directa entre candidatos.

Mucho más importante será observar cómo arranca una elección con dos modelos de campaña contrapuestos. Será, al final de cuentas, un duelo entre el populismo mediático del siglo XX y la esfera pública en red del XXI. El modelo también estará en liza.

Encarcelamiento juvenil en Estados Unidos

Un gran reportaje gráfico sobre el tema —y problema— del encarcelamiento juvenil en Estados Unidos. Publicado originalmente en Harper’s y retomado aquí por el blog de fotografía de la revista Wired. Estados Unidos tiene, con diferencia, el porcentaje de encarcelamiento más alto del mundo en proporción a su población. Las fotos, de Richard Ross, son el resultado de un trabajo de cinco años en los que el fotógrafo viajó por todos los rincones del país visitando centros de internamiento y documentando sus condiciones de vida. En la imagen, una celda de aislamiento en una prisión en South Bend, Indiana.

(Fotografía: © Richard Ross)

Dilma, de paso por Washington

La escena, se mire desde donde se mire, es tremendamente sugestiva: la fuerza simbólica del Despacho Oval como marco, una ex líder guerrillera y el presidente de Estados Unidos, sentados lado a lado; departiendo, escuchándose y tocando, también, temas espinosos. Sobre la mesa, los asuntos de los dos países más importantes del hemisferio occidental; el comienzo de un nuevo capítulo en la que tiene todas las posibilidades de convertirse en la relación geopolítica clave de las américas.

El encuentro entre Obama y Dilma Rousseff el lunes en Washington marcó varios hitos. La primera visita de Rousseff a la capital estadounidense; la primera visita de una mujer al mando de Brasil; y, quizá, la primera ocasión en la que Estados Unidos y Brasil se han tratado realmente cara a cara. Con Washington asumiendo plenamente el liderazgo del país sudamericano y Brasilia calibrando mejor y encarando con mayor inteligencia el incontestable peso político de Estados Unidos.

Después de años —décadas en realidad— en los que la relación entre los dos países ha transitado entre las riñas de baja intensidad y la indiferencia (en ámbitos oficiales, en otros estratos es más vigorosa), el encuentro entre Obama y Rousseff se espera sea el comienzo de una etapa de liderazgo político más pragmático que los dos países aprovechen y saquen partido.

La presidenta brasileña, por ejemplo, no se ha contentado con visitar Washington y hacer el típico paseíllo protocolario que incontables otros líderes hacen una semana sí y otra también. Washington, en realidad, era una escala para Rousseff. Más importante que la capital política, era la capital universitaria del país, Boston.

El destino no fue casual. Se trata, nada menos, que de La Meca de la investigación académica de alto nivel. Consciente de las deficiencias de la educación superior de su país —y de las enormes ventajas de la estadounidense—, Rousseff ha convertido en máxima prioridad enviar al extranjero al mayor número de estudiantes posible —algo que China hace desde hace al menos una década con excelentes resultados—. A través del programa Ciência sem fronteiras, dotado de poco menos de 2.000 millones de dólares, Brasil enviará a cerca de 100.000 de sus estudiantes más brillantes a estudiar al extranjero en los próximos cuatro años.

Entre las universidades seleccionadas está Harvard (donde Rousseff dio una charla ayer por la tarde) y el MIT (donde se entrevistó con su rectora). En otras palabras, Brasil ha convertido la educación superior en asunto estratégico de Estado y entrena ya a su próxima generación de científicos, ingenieros y profesionistas aprovechando las ventajas que supone un sistema de educación de élite globalizado.

Por parte de Estados Unidos los gestos de apertura son de otro tipo pero son claros. Obama no solo visitó a Rousseff en Brasilia tan pronto esta asumió la presidencia, también ha cedido en temas clave para las posiciones e intereses brasileños (la cachaza y el etanol son solo dos de ellos).

Para Moisés Naím del Carnegie Endowment for International Peace existen pocas relaciones binacionales en el escenario internacional que prometan tanto en los próximos años. “El potencial es enorme y los obstáculos, aunque reales, podrían ser sorteados por líderes con determinación”, escribió hace unos días en Financial Times.

El tema clave para entender la relación entre los dos países es, irónicamente, la falta de relación o, si se quiere, la relación de baja intensidad que han mantenido a lo largo de las últimas décadas. No se requieren, sin embargo, grandes cambios o una enorme mejoría en la relación entre las dos potencias para que más pronto que tarde la agenda de las relaciones hemisféricas, de la Patagonia al Polo Norte y del Atlántico al Pacífico, se lleve al ritmo del jazz y la bossa nova. Ese, cuando ocurra, será un buen día para las américas.